Lucha por amor a su hijo

Vecina de Tizimín recibe en su casa a un octogenario

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TIZIMÍN.- María del Carmen Ramírez Pavón, de 79 años de edad, es originaria de Veracruz, pero vive en esta ciudad desde hace muchos años. Su vida no ha sido fácil y lo que la sostiene es el amor por su hijo.

Nunca conoció a su mamá, quien falleció cuando la trajo al mundo. El padre la abandonó. En la infancia padeció abusos y maltrato.

Ahora le da sentido a su vida el luchar por darle de comer a su hijo, Gaspar Osorio Ramírez, de 37 años de edad, quien padece retraso mental. También ayuda a un vecino ciego, Juan Balam Ay, de 84 años de edad.

Desde los 5 años, Carmen Ramírez molía en metate; café, pinole y cocoa. Si se le quemaba el fruto la insultaban y golpeaban.

A los 13 años, una tía la llevó a trabajar a Playa del Carmen, donde conoció a Raúl, un hombre de 35 años, quien abusó de su inocencia y la presionó para irse a vivir con él a Valladolid.

Él la obligaba a trabajar para su cuñada criando cochinos para venderlos; ella nunca recibió dinero por eso; cansada de la situación y con su hijo en brazos entró a trabajar en una tienda de ropa.

Pasados algunos años, falleció su tía, quien le dejó un terreno. María del Carmen puso el terreno a nombre de su cónyuge, quien no la respetaba y metía mujeres a la casa mientras ella salía a conseguir dinero, el cual el hombre derrochaba en alcohol.

Cuando su hijo cumplió 15 años, Raúl los abandonó por otra mujer e intentó vender el terreno de Carmen; afortunadamente el ex suegro se apiadó de ella y le ayudó a recuperar parte del terreno.

Al quedarse sola, el hijo se intentó suicidar por la pérdida del padre, lo cual complicó su epilepsia. Carmen buscó ayuda, pero sólo recibió pretextos del gobierno y demás instituciones.

Cansada de buscar ayuda, no le quedó más remedio que dejar solo a su hijo para ir a vender ropa de segunda mano al mercado.

Un tormento

Para ella los problemas que padece su hijo son un tormento. En una ocasión llegó a casa y un tumulto de niños se encontraba afuera observando a su hijo, quien estaba tirado en la calle convulsionando. Por no dejar solo a Gaspar, abandonó el trabajo.

Sobrevivían con la venta de caimito, fruto que bajaba de un árbol en el patio de su casa. Lo intercambiaba por tortilla o pan. Ahora, ella ya no tiene fuerza para bajar la fruta y ésta se pudre.

Un día escuchó a su hijo platicando con alguien en la puerta de su casa, era un señor ciego que mendigaba y pedía comida en las calles. El hijo le suplicó que lo ayudaran; ante las súplicas, ella decidió acoger al anciano, quien ahora vive con ellos.

Al ver sus necesidades, vecinos comenzaron a apoyarla e inscribieron a Carmen y al invidente al programa de pensión para adultos mayores. Cada dos meses les depositan $1,050 a cada uno. Los vecinos se turnan para retirar el dinero del cajero y llevárselo a Carmen. Con eso, ella compra alimentos, paga la luz, el agua y a veces le sirve para medicamentos. No tienen Seguro Social.

La casa que habitan se ha ido deteriorando y ninguno de los tres puede realizar las reparaciones necesarias. En la cocina se filtra el agua, el techo de donde lava se está desmoronando y no tiene baño. Hacen sus necesidades en el patio, en rústico escusado. Carmen lamenta que no todos sus vecinos sean buenos. A pesar de que Carmen no tiene nada de gran valor y de vivir en precarias condiciones, fue víctima de robo.

La mujer le pide a Dios vida y fuerza para cuidar a su hijo. Espera que algún día los hijos del invidente lo ayuden. Ruega todos los días para que Dios le quite la vida a su hijo antes que a ella para así poder descansar en paz. Los tres viven en la calle 63 entre 50 y 52.- JACQUELINE MEJÍA CASTOR




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