Mi primer noticiero

María Cecilia Peón, yucateca en el extranjero

-Ceci -me dijo una mañana Sister Paul-. Estoy planeando un noticiero semanal y quiero saber si estarías interesada en el proyecto.

Estaba yo en 6º año y la que así me llamaba era la directora de la primaria del Roger’s Hall.

-¿Un noticiero? ¿Y qué hay que hacer, sister? -pregunté.

-Tienes que preparar un resumen de lo más importante que ha pasado durante la semana y luego leerlo en público. ¿Quieres?

No sólo consideraba aquello un primo honor y gusto sino un llamado al deber: en mis manos estaba darle a conocer al resto de la primaria lo que pasaba en el mundo. Casi sin poder pensar, contesté un “claro que sí, sister”, con mucho entusiasmo. “¿Cuándo comenzamos?” “El próximo lunes en la mañana”, afirmó.

Así, de regreso a casa de mi abuela -en donde pasaba largas temporadas-, combiné carcajadas con suspenso: tiras cómicas -no me perdía Maldades de dos Pilluelos ni Mandrake el Mago ni El Fantasma- con las páginas del Diario, especialmente las internacionales. Lo que más me impactaba eran las noticias acompañadas de foto, y apenas veía algo que pareciera importante, recortaba la nota y la pegaba en una hoja. Recuerdo que las fotos de palestinos e israelíes se encontraban infaliblemente en sus páginas -como hasta ahora- y que las expresiones de los soviéticos reflejaban una evidente dureza -lo que experimenté en carne propia cuando tuve que hacer escala en Moscú en un vuelo de Aeroflot. Cada vez que leía “Agencia EFE” después del lugar del suceso, me preguntaba quiénes eran “la Agencia EFE” y sentía que debía ser muy emocionante formar parte de “eso”, de lo que estaba aconteciendo. Aunque todavía tengo vivas en la memoria las fotografías de Jackie Kennedy, que por esos años solía figurar, nunca lo hizo en mi lista. Esa era noticia de ver.

Y “el próximo lunes” llegó, acompañado de intensos hormigueos estomacales. Sister Paul me preguntó si estaba yo lista: con mis apuntes y notas del Diario en mano, asentí. Desde donde estaba, podía ver a todas las clases de primaria -dos por año-, enfiladas de 2 en 2, con sus respectivas maestras a su frente. En los instantes en que volvía la vista a mis papeles, Sister Paul y mi profesora ajustaron rápidamente el micrófono a mi corta estatura. Comencé y seguí, haciendo puntos y comas: “Roma., Moscú., Cabo Cañaveral”. Podía oír caer un alfiler.

Una vez saboreada la tarea, no volví -como hasta la fecha- la vista atrás: lo que leía en el Diario me llevaba por doquier, me hacía aprehender el mundo externo, ya con risas y magia, ya con figuras mundiales. Es uno de los forjadores y alentadores de mi pensamiento y siempre estaré agradecida de formar parte de “El Diario”.

 

 


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