La Sidra Pino, más de un siglo como referente

Historia de un símbolo

La imagen que guardo del Soldado de Chocolate es la de mi madre en la farmacia pagando por la botellita de malteada que sería mi premio —ahora sí que de consolación— por haber aguantado el llanto en el consultorio del médico, quien no sé bien por qué (a lo mejor se trata de un espejismo de la memoria) invariablemente me aplicaba una inyección cada vez que lo visitaba.

Historias de nostalgias similares conozco de personas que me aseguran que en la desaparición del Soldado y de la Sidra Pino no hay sustitución posible. No resulta extraña ni exagerada esta sensación de vacío que nos produce su pérdida si tomamos en cuenta que el imaginario colectivo los ha elevado a símbolos de la identidad yucateca, incluidos, junto con la comida, la trova, el teatro, en esa lista de “marcadores” que hacen diferente a esta región del resto del país.

La Sidra Pino nace en 1888, pero su historia se remonta mucho tiempo atrás. En mitad del océano, el joven capitán José María Pino Rusconni mezcla vainilla, cáscaras de plátano y algunas frutas para preparar una bebida sin alcohol, oscura, de sabor delicioso, que comparte en los largos viajes que lo hacen atravesar el Atlántico en un barco de velas repleto de mercancías desde su natal Canarias hasta la costa occidental de la Península yucateca, donde la isla del Carmen sirve de parada final.

El señor Luis Pino Cardeña, bisnieto de aquel marino, rememora la historia de este refresco convertido en icono, una historia que surca tres siglos y que está llena de aromas, sabores y fascinaciones… Y para contarla la divide en tres actos:

El origen

El capitán Pino Rusconni se olvida del mar tras enamorarse en Ciudad del Carmen de una joven de apellido Domínguez, con quien contrae nupcias.

Hacia 1885, José María y su familia se trasladan a Mérida, donde algunos años más tarde su hijo —quien hereda su nombre y la receta— le propone embotellar la bebida que gustaba tanto en las reuniones familiares para comercializarla en tienditas de Yucatán y Campeche.

Se establece así en el barrio de Santiago, en febrero de 1888, “La Yucateca”, que comienza a producir la bebida —que bautizan como Sidra Pino— en tres presentaciones: negra, cebada y agua mineral. Posteriormente se añaden nuevos sabores —mandarina, naranja, melón, fresa— y nuevos productos: Orange Crush, Canada Dry, etc. A pesar de que logran aceptación, especialmente la mandarina, que fue un hit, no consiguen destronar a la negra como el sabor insignia de la marca”, dice Pino Cardeña.

José María Pino Domínguez funda de esa manera la primera industria embotelladora en el Sureste y a lomo de mulas —a la manera de entonces, cuando todavía no había transporte motorizado— lleva su producto incluso a los sitios más desconocidos y a los lugares menos pensados de Campeche y Yucatán.

Los primeros años. Amanece el Siglo XX con la Sidra Pino como única bebida embotellada en la Península. “Me tocó ver las antiguas máquinas de pedales que usó mi abuelo para taponar los envases de cristal, que tenían una canica para dosificar la salida del refresco.

Eran botellas de 8 onzas, labradas, pues no se acostumbraba ponerles ninguna etiqueta”.

Pino Domínguez se casa con la señorita Inés Domínguez, con quien tiene cinco hijos, Roberto y José María, muertos prematuramente, y Raúl, Víctor y Luis Alfonso, quienes al crecer ayudan a su padre en la embotelladora.

En esos mismos años, “La Yucateca” trajo la Coca Cola a Yucatán. “A la gente no le gusta la nueva bebida porque, aunque también es negra, sabe muy diferente a la Sidra Pino”.

Desde los primeros años la Sidra Pino es un fenómeno que se mueve en dos universos paralelos: por un lado es un objeto de consumo regido por una lógica absolutamente empresarial y por el otro un producto al que la comunidad otorga un valor social y simbólico, convirtiéndolo en parte importante de la noción de “lo local” y “lo nuestro”.

Un éxito inmediato. La misma suerte corre el Soldado de Chocolate, que se lanza al mercado en 1950. “Mi padre, Luis Felipe Pino Domínguez, obtiene de la empresa Citrus Products Company, radicada en Chicago, la concesión y comienza a fabricarlo. Es una sensación, gusta lo mismo a chicos que a grandes por diferente, sano y delicioso, hecho con leche en polvo, cocoa, malta, azúcar y chocolate. Se lanzan también los sabores de fresa y vainilla, pero el chocolate es por mucho el preferido”.

En 1949 muere D. José María Pino —quien unos años antes había vendido la Coca Cola a las familias Vales Guerra y Ponce G. Cantón— y la Embotelladora Sidra Pino pasa a ser propiedad, en partes iguales, de sus tres hijos.

El principio del fin. “Los problemas no tardan en llegar… debido a diferencias familiares, en 1965 mis tíos Raúl y Víctor venden su parte al empresario de origen libanés Halim Gáber. Mi papá nunca estuvo de acuerdo con la operación, pero un mes más tarde, obligado por las circunstancias, no tiene más remedio que hacer lo mismo”.

“Halim Gáber fue muchos años el propietario y sus hijos Felipe y Wílliam estaban a cargo de la embotelladora. Wílliam se casa con la señorita Margarita Erosa Lizarraga y creo que de allá viene la venta de la Sidra Pino a Vicente Erosa Cámara, suegro de Wílliam, que la deja a su hijo Víctor, a quien le estallan todos los problemas.— Mario S. Durán Yabur

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