Del sueño a la realidad

La Unidad Habitacional Cordemex, construida hace 46 años como una “ciudad para obreros”, ha sido uno de los proyectos de urbanismo yucateco más singulares

Luego de un tranquilo viaje en tren —a 20 kilómetros por hora—, los primeros colonos llegaron a poblar la pequeña ciudad que asomaba como islote en medio del verde mar de henequenales.

Concebida como una ciudad para obreros, alejada e independiente de Mérida, la nueva unidad habitacional, que los recién llegados bautizaron sin más como Tapetes o Cordemex (hasta hoy pocos le llaman por su nombre: Revolución) era uno de los proyectos de urbanismo yucateco más atrevidos y singulares del siglo XX.

Esos colonos realizaron el primer trayecto hace 45 años y, de entonces a acá, han cambiado muchas cosas. La zona, absorbida ya por la ciudad central, ha visto cómo la utopía obrera ha dado paso a la realidad capitalista. Ningún otro rumbo de Mérida muestra con tanta elocuencia la evolución de una ciudad que ha escogido el norte para expandirse y que en su afán modernizador permite que la lógica inmobiliaria se imponga a la voluntad ciudadana y la conciencia patrimonial.

Lejos de la ciudad

“En la historia de la zona hay un gran protagonista: Cordemex”, recuerda el arquitecto Héctor S. Durán Castillo, profesor de la Universidad Marista. “La empresa, creada en 1961 y que para ese entonces era ya la entidad económica más importante de la región, decidió construir afuera de Mérida un gran complejo industrial”.

“Poco después, la paraestatal mandó levantar un conjunto de viviendas enfrente, con la carretera a Progreso de por medio, para que los cordeleros pudieran estar cerca de su lugar de trabajo”, continúa.

 Durán Castillo, maestro en Arquitectura por la Uady, recuerda que la Unidad Habitacional Revolución representó un proyecto urbano y arquitectónico sin precedente en Yucatán.

“Sus características constructivas, morfológicas, arquitectónicas, territoriales y sociales respondían a concepciones ideológicas de la época, que ponían como prioridades la higiene, el orden, la sencillez y la economía de las viviendas. Y como medio de organización, un trazado urbano ordenado”, dice.

“La idea era que funcionara como una ciudad satélite, al margen de Mérida, la ciudad central”, dice. “Para que los cordeleros y sus familias no tuvieran que salir, se construyó un conjunto de edificios pensados para cubrir cualquier necesidad: escuela, mercado, iglesia, banco, tienda de abarrotes, biblioteca, campo de béisbol y otras canchas deportivas, cine y un centro cultural.

Ciudad del mañana

Otro rasgo distintivo era el atrevido diseño de sus edificios públicos, basado en un ideal futurista. En ese sentido, Tapetes fue un reflejo de su época, cuando la llegada del hombre a la luna hizo soñar a la humanidad con la conquista del espacio.

“Eran estructuras que asombraban por su estética extravagante, nunca antes utilizada en un entorno habitacional en Mérida y con una clara alusión al ideal de la ‘ciudad del mañana’”, comenta el entrevistado.

“Las paradas de tren y autobús con sus losas curvas y columnas en pirámide, el banco con motivos parecidos a cráteres lunares, el mercado con sus formas curvilíneas, serpenteantes, y la iglesia con sus arcos de concreto y sus tensores fueron edificios de diseño único en la ciudad, pero pensados para responder a necesidades funcionales y espaciales de una comunidad. Muchos de estos edificios han sido modificados o injustamente demolidos”, señala el arquitecto.

Diseño único

 Otra característica singular era el cuidado de la imagen urbana, envidiable. Desde la recolección de la basura hasta el mantenimiento de parques, jardines y espacios públicos, la tarea estaba a cargo de la paraestatal, que la cumplió hasta su desaparición. “Todo lucía limpio y ordenado, muy diferente al descuido de ahora”, recuerdan sus actuales habitantes con nostalgia y amargura.

Hubo algunos antecedentes de conjuntos habitacionales para trabajadores —así fueron concebidas la colonias Alemán y México— pero lo que hizo única a Tapetes “fue la intención urbanística de crear una ciudad obrera autosuficiente, donde al trabajador no le faltara nada, no tuviera que trasladarse a grandes distancias y lograra una vida familiar con orden y armonía”, apunta.

Los años del cambio

En 1991, ante el declive de la industria henequenera, el gobierno cierra la fábrica y liquida a los obreros. Los habitantes de Tapetes entran en un proceso en el que pasan por circunstancias difíciles.

La zona es también objeto de una profunda transfiguración al levantar el gobierno la veda en la venta de los terrenos de la empresa. “El catalizador del desarrollo comercial es La Gran Plaza, inaugurada en 1994”, recuerda el entrevistado. “A partir de ahí comienzan a levantarse en terrenos de la fábrica construcciones como Carreoufur, el Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI y Liverpool. “Con la entrada del nuevo milenio, una zona que fue diseñada con intenciones industriales y de dar al obrero un lugar en el que no le faltara nada se convierte en uno de los puntos de más alta plusvalía, donde priman los hoteles, agencias de autos, plazas comerciales, y muchos otros edificios de alto valor económico”.

¿Cuál es el futuro de Cordemex?, el arquitecto Durán Castillo responde: “Hay dos posibles caminos: uno, la especulación de terrenos llevará a la transformación total de Tapetes y a la desaparición del último rastro de la fábrica, lo que significaría una pérdida irreparable para Mérida… El otro es diseñar un proyecto que integre la parte habitacional con la zona comercial donde están el Museo del Mundo Maya, el Centro de Convenciones, las plazas comerciales, a fin de que obtenga beneficios económicos de esa vecindad. Las autoridades tienen la palabra”.

¿Derrumbar o reutilizar?

Poco queda ya de lo que fue el complejo industrial más grande que ha existido en Yucatán. Indiferentes, asistimos en estos días al desmantelamiento de 10 naves industriales que formaron parte de Cordemex, pese a que constituyen un referente de la arquitectura industrial yucateca y un testimonio de la actividad henequenera, eje rector de la acumulación de capital en la entidad durante más de un siglo.

Buscar un nuevo uso a esas instalaciones, sin modificar sus valores, sería un gran ejemplo de convivencia entre el patrimonio arquitectónico y la evolución de la ciudad. Pero incluso quienes no atienden a razones históricas y culturales harían bien en prestar atención a motivos medioambientales y de sostenibilidad, argumenta el maestro en Arquitectura Héctor Durán Castillo.

“La industria de la construcción es una de las actividades más contaminantes”, dice. “La enorme depredación de los recursos naturales para su uso en construcción y como medio para la producción, la gran cantidad de energía invertida en la transformación de materias primas a materiales que no existen en el medio natural (el concreto, por ejemplo) y la poca conciencia por la reutilización arquitectónica, privilegiando la demolición, generan un costo ambiental muy alto”.

 Responsabilidad

El arquitecto advierte que la reutilización arquitectónica va mucho más allá de la conservación de la memoria histórica, “es un acto de responsabilidad social”.

En otras partes del mundo civilizado, prosigue, el patrimonio industrial —ex fábricas, bodegas y otras estructuras— proporciona la oportunidad de conservar el edificio y los recursos mediante la presentación de propuestas innovadoras.

“Falta que esta conciencia, esta responsabilidad, se aplique con más frecuencia en nuestra ciudad, las bodegas de Cordemex representan un ejemplo inmejorable, que sólo unos pocos han sabido aprovechar, pero que desafortunadamente la mayoría ha dejado pasar de largo”, concluye el profesor de la Universidad Marista.-Mario Durán Yabur

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