La Red: del uso tecnológico a la labor social y de ayuda a desvalidos

 

En internet cada día que pasa queda demostrado, independientemente de todo el tráfico de imágenes, vídeos, música, programas y softwares y la comunicación cada vez más extendida en redes sociales,  que se pueden desarrollar otras actividades, incluso de labor social y de ayuda a las personas más desprotegidas del mundo.

Kate Anderson, una voluntaria en línea, solía ayudar en una comedor social en Georgetown, Washington D.C., donde “muchas personas simplemente estaban allí sentadas. Eso no ayudaba”.

Ella prefirió registrar solicitudes de subvención desde su casa en Estados Unidos para una organización benéfica en Paquistán, un uso mucho mejor de su experiencia profesional.

Para otros, la inspiración del trabajo voluntario en línea es más personal.

Después de perder a su esposa y a su hermana debido al cáncer, Tony Selman pasó muchas horas ayudando a la organización Cancer Research a analizar información sobre la enfermedad. Usa Cell Slider, un sitio web que pide a miembros del público revisar fotografías microscópicas de muestras de tumores y ubicarlas en diferentes categorías.

“Tengo el conocimiento de lo espantosas que son estas enfermedades. Me senté con mi esposa mientras fallecía. No es un asunto de altruismo. Es el conocimiento de que uno puede contribuir con algo y obtener cierta satisfacción de eso.

“Honestamente, es una de las cosas que me mantienen sano”, agrega.

En 2011, Sam Luk, un diseñador de Manchester, se unió a otros entusiastas en línea para tratar de ayudar al FBI a resolver un caso de asesinato.

Doce años antes, el cadáver de Ricky McCormick fue encontrado en un campo de San Luis, Misuri. Las únicas pistas eran dos cartas encriptadas en sus bolsillos. Incapaz de descifrar los códigos, el FBI los puso en línea, pidiendo ayuda a voluntarios para encontrarles sentido.

“Me interesan los patrones y me encanta Sherlock Holmes”, dice Luk.

Pero también hubo un elemento social en su trabajo. Escribió un blog sobre el proyecto porque deseaba conectarse con personas de ideas afines. “Fue una salida transmitir cosas de las que no puedo hablar con mis amigos”.

Luk pasó horas tratando de descifrar las notas, pero el mensaje lo eludió y el caso sigue sin resolverse.

Para el escritor y teórico de la web Clay Shirky, esta falta de interés en el lucro es comprensible.

Arguye que nos hemos acostumbrado tanto a la idea de que las fuerzas del mercado gobiernan nuestra sociedad que “olvidamos que la mayoría de la gente hace cosas sin que se les pague por ello”.

“Cualquier cosa que me dé la sensación de pertenencia o generosidad me da la clase de retroalimentación positiva que no puedo obtener ganando dinero”, indica.

Shirky cree que la gente educada del mundo tiene un trillón de horas libres al año que puede aportar a proyectos de colaboración, un fenómeno que llama “excedente cognitivo”.

Sitios web como Help from Home animan a la gente a donar al menos unos minutos de su tiempo. Pero algunos voluntarios en línea están dispuestos a emprender proyectos a una escala que supera con creces este “microvoluntariado”.

Wikipedia, por ejemplo, la mayor enciclopedia del mundo, está escrita enteramente por colaboradores que donan su experiencia sin compensación monetaria.

Y ejércitos de desarrolladores comprometidos han armado enormes y complejas piezas de programas informáticos de código abierto, sin cobrar nada.

Brian Behlendorf, pionero de la web que ayudó a crear Apache, una pieza de software que ahora respalda mucho de la red informática mundial, dice que una de sus motivaciones fue la rebeldía contra Microsoft, que se convirtió en una fuerza dominante en el mercado de las computadoras personales de escritorio.

“Había un idealismo”, comenta. “No queríamos que internet siguiera los pasos de la computadora. Sabíamos que el software abierto era lo mejor para todos, excepto una o dos personas en la cima”.

También están los puristas que ven la escritura de códigos no como una forma de arte –puede ser “feo” o “bello”– y esforzarse por lograr formas aún más elegantes del código, según el autor Steve Weber, que ha escrito sobre el éxito del modelo.

“¿Es altruista? Es una interrogante más grande de lo que estoy dispuesto a tomar”, afirma. “Pero creo que sería erróneo asumir que no hay un conjunto significativo de personas que piensan ‘Voy a hacer esto y regalarlo porque es bueno para el mundo’”.

En el Centro Comunitario Kitega, en Uganda, el coordinador de voluntarios David Clemy acepta que quienes ayudan a su organización benéfica desde sus casas en todo el mundo están motivados por una sensación de idealismo.

“Desean cambiar el mundo”, indica. Y no hay duda del valor que dan a Kitega. “Sin los voluntarios en línea, el proyecto tendría 20 años de atraso”.

 




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