Desde México

Desde México

 

Dos diamantes

 

Jorge Luis Hidalgo Castellanos

                      

En febrero (¿en qué otro mes?), en un apartado y sencillo lugar de México como hay muchos, comenzó un capítulo de la historia de una familia y de una región, gracias al amor y la dedicación de sus principales protagonistas, quienes se conocieron en un baile.

Ese año inició casi en fin de semana, un viernes, como anticipando que el Presidente de la República decretaría la desaparición de poderes en el estado de Guerrero, donde vivía la pareja, pero la decisión política no hizo menguar la voluntad y menos el amor de los jóvenes, que coincidió con el nacimiento, en ese mismo mes pero en Estados Unidos, de quien sería un reconocido artista internacional.

Con la ayuda de su amigo el padre Gregorio, él había pedido la mano de Mari pocas semanas antes. Se trataba de evitar que su enérgico y celoso padre la enviara a un internado en la capital de otro estado y, obviamente, perderla, quizá para siempre. Como Frida Kahlo en ese año, cuando se le fue a México.

La boda fue temprano para poder salir a tiempo de la cañada ubicada entre las montañas del Sur, a bordo de una pequeña aeronave al mediodía, rumbo a la ciudad de México. La luna de miel sería en Guadalajara, en el año en que John Ronald Reuel Tolkien publicó los dos primeros libros de la saga de “El Señor de los Anillos” (“La comunidad del anillo”, en el primer semestre, y “Las dos torres”, en el segundo).

En esos días aún nadie se imaginaba que en julio Alemania ganaría su primer mundial de fútbol, en Suiza, al vencer a la favorita selección húngara. Quizá el casamiento era premonitorio, pues a él, trabajador incansable, le decían cariñosamente “el húngaro” debido a su oficio. Menos todavía podía preverse que en Brasil, al cual la pareja se uniría familiarmente por partida doble —por las bodas de sus hijos décadas después— se conocería el suicidio de su presidente, Getulio Vargas, el 24 de agosto, y que cuatro días después se fundaría el Club de Fútbol Universidad de México —los Pumas— en la que los cinco hijos del matrimonio estudiarían diversas carreras.

Los quince primeros años, con las correspondientes vicisitudes, le dieron a la pareja tres retoños, un empleo federal a él, liderazgo en su pueblo a ella y un negocio establecido a la familia: un cine. Él había llevado ya cientos de películas a las montañas con su cine ambulante, al estilo gitano y manejando un jeep todo terreno. Finalmente tenía un salón para exhibirlas y viajaría menos.

Festejaron sus bodas de plata en 1979 con una fiesta en su casa, al lado del cine —en el que trabajaba toda la familia— y con cinco hijos celebrando con baile. Una semana antes Jimmy Carter había estado en México y más tarde el Sha de Irán y Somoza en Nicaragua huirían de sus respectivos países. Al año siguiente, el 24 de octubre un terremoto destruyó el 80% de los pueblos de su región, incluyendo el cine, el negocio familiar. Parecía la ruina.

Tres años después, en febrero también, el cine abrió sus puertas con un nuevo salón construido bajo el diseño, la dirección y las manos del hijo mayor, ya ingeniero a la sazón. Deudas, compromisos, esperanza y fe dieron el “clack” de la pizarra para el siguiente episodio de la saga, con la exhibición de “Sin miedo a la muerte”, estelarizada por Clint Eastwood. Sonaba a su lema, puesto que él nunca sentía temor y jamás reclamaba. Renacía el negocio y el único entretenimiento para todo público en esa cañada olvidada.

Otro mundial de fútbol, en 1986, terminaría con la bonanza del cine, cuando las antenas parabólicas aparecieron en los pueblos para ver los partidos y las videocaseteras caseras para disfrutar las películas. El cine decayó una vez más, herido de muerte. Los siguientes veinte febreros fueron conmemorados discretamente, unidos en familia.

La madura pareja continuó, apoyándose en Luisa, profesora de una secundaria pública. Afortunadamente ya no había hijos pequeños y éstos se ayudaban entre ellos. El 40º aniversario de casados estaría precedido de un levantamiento zapatista en el sur profundo, con el subcomandante Marcos al frente, y resistiría una crisis económica en su país provocada por el “error de diciembre”. Las bodas de oro llegaron y pasaron casi sin sentirse, como el primer año de casados, pero con cuatro hijos viviendo lejos de ellos y un negocio que no lo era más.   

Un mal día él, que era tan fuerte como un roble y nunca se quejó, sufrió un infarto cerebral. Pronto ella se jubiló, con diabetes y algún otro achaque, para dedicarse enteramente a él, bajo los cuidados de sus hijos.

Juntos, siempre unidos, recuerdan frecuentemente a 1954, el año en el que Elvis Presley grabó su primer disco, semanas antes de su boda en Guerrero, celebrada pocos días después de que John Travolta, otro bailador, viera la luz en Nueva Jersey. La pareja cumple ahora sesenta años de vida en común, en los que han vivido alegrías, congojas, sorpresas, enfermedades, abundancia, pobreza, limitaciones, bienestar y muchos obstáculos, casi de todo. Pero, sobre todo, amor.

 Ella, amena y platicadora, le prodiga mimos diariamente, como desde hace seis décadas, independientemente de la suerte. Él, señorial y de vivos ojos pese a haber tenido otros derrames que lo debilitaron, todavía sonríe al verla y le balbucea “Preciosa” cuando los músculos de sus labios lo permiten. Conmemoran así, este 27 de febrero, juntos como siempre, sus bodas de diamante. ¡Lo festejan en familia!, aunque él se excuse de bailar.

 El pueblito donde se casaron hace sesenta años recuerda, asimismo, a la pareja “de cine” que le dio vida a una familia, a la cañada y a una parte de la propia historia de ésta, en un recóndito lugar en las agrestes y atrayentes montañas del sur de México.

 




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