Desde México

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Centro metropolitano

 

Jorge Luis Hidalgo Castellanos

                

Caminar en el centro de la capital mexicana es una experiencia. Lo era hace 600 años con los mexicas o hace cuatro siglos en la época virreinal española. Doscientos años atrás, en los albores de la Independencia y seguramente lo fue en la efervescencia revolucionaria de la segunda década del siglo XX. Deambular por esa parte de la ciudad de México hace cincuenta años no era cualquier cosa y en la actualidad su actividad siempre sorprende, para bien o para mal. Así lo ha sido a lo largo del tiempo.

 

La cotidianeidad de vivir o trabajar en el centro de la metrópoli mexicana —entre los ejes 1 Oriente, 1 Poniente, 1 Norte y Av. Chapultepec en el Sur— podría hacer que varias cosas pasen desapercibidas, entre ellas la arquitectura de sus edificios, entre los que se cuentan palacios, templos, museos, teatros, comercios, mercados, plazas y parques, cantinas, restaurantes y taquerías, oficinas —gubernamentales y privadas—. El bullicio y la velocidad de la vida urbana a veces no permiten siquiera ver hacia arriba para conocer y reconocer la belleza de las construcciones. La prisa y las preocupaciones de los citadinos impiden notar el detalle de los zaguanes y pórticos de las vetustas edificaciones o incluso de algunos modernos o recientemente erigidos edificios. Se va a lo que se va.

 

Las calles, estrechas, adoquinadas y caóticas —algunas— muestran tantas cosas que es imposible ver todo lo que en ellas pasa. Puede verse a  vendedores, merolicos, transeúntes y “transas”, policías y ladrones, parejas de novios —incluso del mismo sexo—, acróbatas, payasos, abogados, cantantes y músicos, poetas, darkies y punkies, políticos, ejecutivos, banqueros y diplomáticos. Todos juntos, sin que ellos mismos se vean en una muchedumbre inagotable y agitada, siempre.

 

Andar esas calles y detenerse de vez en cuando para contemplar el paisaje urbano y a su gente llena el “tour” de cualquier persona. Se puede encontrar casi cualquier cosa. Siendo niño o adolescente se le ve con ojos de curiosidad y para un adulto representa mucho en términos históricos, políticos, económicos e incluso religiosos. Allí está la mayor plaza de la nación, el Zócalo, al que algunos llaman la Plaza de la Constitución. En su flanco oriental se ubica el poder central, representado por el Palacio Nacional, sede del Presidente de la República, conocido también como el Poder Ejecutivo (no olvidar que en el centro también despachan varios secretarios de Estado). Y en el lado norte del Zócalo está el mayor templo religioso mexicano, la Catedral Metropolitana, con la que sólo podría competir la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. 

 

Al caminar del Zócalo hacia el Poniente, por las aceras de la calle Cinco de Mayo, se desemboca en el Palacio de Bellas Artes, al que se llega atravesando una gran avenida conocida por décadas como San Juan de Letrán, que corre de Sur a Norte y a la que la modernidad —y algún político inspirado— cambió el nombre por Eje Central o Lázaro Cárdenas.

 

El Palacio de las Bellas Artes es la catedral artística del país, con su arquitectura neoclásica europeizada, museos, galerías y teatro que merece una descripción aparte. Desde su frontón puede verse —cómo evitarlo— lo que durante quince años,  a partir de 1956, fue el rascacielos más alto de América Latina y que por ello y por la aseguradora que lo financió lleva el nombre del subcontinente, la Torre Latinoamericana. Edificio de 204 m de altura que destaca en el primer cuadro de la ciudad de México. Prodigio de la ingeniería civil mexicana, la tecnología usada ha demostrado en más de medio siglo que funciona resistiendo al menos dos terremotos.

 

A un costado de Bellas Artes, continuando hacia el Oeste, la Alameda Central es digna de visitarse. Recientemente remozada —después de décadas—, con sus jardines y añejos árboles saneados, conserva una atmósfera única que permite rememorar la historia, las tradiciones y los sabores de México. Es su parque central, con viejos álamos, fresnos y jacarandas cuyas sombras refrescan la primavera del altiplano mexicano, a los que desde noviembre de 2012 se añadieron lavandas que perfuman las esculturas grecolatinas, bancas, fuentes y quiosco que transportan a  quien lo recorre a otro siglo. Fue establecida en 1592 por un virrey de la Nueva España y se le considera el parque más antiguo de América. Era, en el siglo XVII, el límite urbano occidental de la capital del virreinato. Su costado poniente servía como “quemadero” de la Inquisición novohispana. Está rodeada de sitios históricos, como las iglesias de la Santa Vera Cruz, la de San Hipólito y San Juan. El hemiciclo a Benito Juárez se destaca en su lado sur con la blancura del mármol de Carrara, lugar preferido de manifestantes sociales y políticos, a los que la estatua de Beethoven donada por la comunidad alemana en 1921 observa sin escuchar, quizá pensando en su “heroica” sinfonía.

 

Esto es solamente un breve y corto recorrido de parte de lo que puede verse en el centro de una de las ciudades más grandes y grandiosas del mundo, que los mexicanos tienen la fortuna de tener en su país. Falta, ciertamente, describir mucho de sus calles e incluir muchas muestras artísticas, histórica y cotidianas de esta parte de México.

 




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