Aprender a soltar

 

*Por Gabriela Soberanis Madrid

 

“Entre las orillas del dolor y el placer fluye el río de la vida. Sólo cuando la mente se niega a fluir con la vida y se estanca en las orillas se convierte en problema. Fluir quiere decir aceptación, dejar llegar lo que viene, dejar ir lo que se va”.   - Sri Nisargadatta Majarj

 

Fluir es una palabra hermosa. Connota movimiento y cambio a la vez que sugiere paz. Para fluir con la vida necesitamos soltar, aprender a desprendernos… dejar ir. Soltar lo que sea que nos esté impidiendo avanzar es un aspecto vital de nuestra crecimiento. Pero contrario a esto, mucho de nosotros nos mantenemos aferrados porque tememos confrontarnos con nuestra realidad y, entonces, dejamos de estar en sincronía con quienes estamos destinados a ser y a estar.

Cuando nos aferramos, no somos lo suficientemente conscientes de que estamos yendo en contra del proceso natural de la vida. Solo aprendiendo a soltar es que podemos dar espacio a nuevas experiencias, otras personas y mejores cosas para nosotros. Cuando despejamos el camino nos estamos permitiendo recibir, al mismo tiempo que reconocemos la lección detrás de aquello que hemos soltado.

La imagen que le acompaña es abrir la mano, dejar de retener. Desprendernos de todo aquello que ya no tiene espacio en nuestra existencia: objetos materiales que pueden servir a otros, sentimientos que nos lastiman, relaciones que nos impiden crecer, creencias que nos limitan, resistencias y rebeldías que nos absorben. Sufrimos cuando no oponemos al flujo de los eventos que nos presenta la vida. Sufrimos porque no dejamos que las cosas y las personas transiten por nuestro paso sin querer retenerlas y hacerlas nuestras. Nos olvidamos de que en la vida todo es un cambio continuo y que todo es temporal.

Somos responsables de todo lo que aceptamos en nuestra vida, por lo tanto, somos responsables de todo lo que dejamos ir. Soltar no tiene como propósito olvidar o dejar de valorar. No se deja ir por enojo, despecho o resignación. La gran bendición detrás de “aprender a soltar” es que comprendemos su beneficio y trascendencia en nuestro proceso de maduración. Comprendemos que si hemos de soltar algo o a alguien es porque ya no tiene cabida en nuestras vidas. Convencidos de que el tiempo de ese sentimiento, esa experiencia o ese objeto ha caducado, lo soltamos de verdad y lo hacemos con amor.

Entonces ¿por qué algunas veces se nos complica tanto dejar ir? ¿Por qué nos aferramos al punto en que dejamos de sentirnos capaces para emprender nuevas etapas?

Por un lado porque las pérdidas duelen. No importa si se trata de un ser querido, una vivencia, un trabajo o un objeto preciado. Las pérdidas irremediablemente duelen. El duelo puede facilitarse mucho cuando empezamos a ser conscientes de que esa persona, situación o cosa ha cumplido su misión. Que su ciclo en nuestra vida ha terminado. Si nos damos a la tarea de descubrir los regalos que dejó, comprenderemos que también la ausencia y el vacío tienen bendiciones ocultas, enseñanzas y aprendizaje.

Por otro lado, porque hemos llegado a creer que soltar es una tarea difícil, casi imposible. Pero esto solo es cierto en la medida en que tu lo creas así. No hay duda de que soltar no es un proceso sencillo ni tampoco se produce de forma inmediata. Sin embargo, ante las pérdidas o la necesidad de dejar ir, hemos de adoptar una actitud y un lenguaje que despeje el camino, no que coloque más piedras al trayecto. Hemos de reconocer entonces que, en la vida, nada nos pertenece. Así lo queremos creer, pero es lo más lejano a la verdad. Por eso es que nos resistimos tanto. Nos preocupa extrañar la experiencia, la cosa o a la persona. Creemos que no vamos a encontrar nada o a nadie igual. Tememos perdernos en la incertidumbre y tenemos miedo de que nada vuelva a ser como antes. Y eso es cierto: nada volverá a ser igual. Porque de hecho, precisamente de eso se trata el soltar: de renovarnos y dejar que lo nuevo llegue a nosotros. Si esa cosa, experiencia o persona terminó su ciclo contigo es porque estas preparado para vivir una nueva etapa, algo completamente diferente. No es necesario estar comparando lo que tuvimos con lo que tenemos. Cuando hacemos esto nos estamos aferrando a que todo sea como antes y eso nos esclaviza. Así, la idea de dejar ir es encontrarnos con nuevas y mejores oportunidades.

Cuando dejamos ir comenzamos a vivir más ligeros de equipaje, porque comprendemos que todo es temporal. Comprendemos que todo va y viene. Que nada es para siempre. Dejar ir es mucho más que aceptar que todo tiene un tiempo, es un acto de amor, de compromiso y de responsabilidad contigo mismo. Cuando nos hacemos responsables de soltar, es más sencillo aliviar la pena que nos embarga la pérdida. Entre menos nos sintamos víctimas por lo que ya no es o ya no está, más libres somos. Entre más responsable nos hagamos de la situación más sencillo será aliviar el dolor. Comprender esto no nos exime de la pena, pero en vez de que sea más, lo es menos y nos da oportunidad a preguntarnos “¿Y ahora, que sigue?”…

Aprender a dejar ir es reconocer que todas las personas y experiencias nos traen un mensaje. Cuando vivimos la experiencia, recibimos el mensaje, cuando aprendemos la lección reconocemos que no tiene sentido retener al mensajero y que solo nos corresponde quedarnos con la enseñanza.

Piensa en lo que alguna vez dijo Lao Tse “La Naturaleza dice pocas palabras: El viento fuerte no dura mucho. La lluvia torrencial no cae durante mucho tiempo. Si las palabras de la Naturaleza no permanecen ¿Por qué habrían de hacerlo las del Hombre?”

*Dirección General Enfoque Integral

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