Mensaje triunfalista pero cauto

El II Informe, rápido, alejado del otrora besamanos

Ivonne Ortega Pacheco, secretaria general del PRI (en medio), "textea" durante el Informe de Enrique Peña Nieto. Al frente, César Camacho Quiroz, líder nacional del PRI, y Angélica Rivera, esposa del presidente

MÉXICO (Por Olegario M. Moguel Bernal, enviado especial).- Todos los presentes sabíamos, como el resto de los mexicanos, que el mensaje del presidente a la nación se basaría en las reformas impulsadas por su gobierno y aprobadas por el legislativo. No nos defraudó. Desde el principio de su mensaje en el patio central de Palacio Nacional hizo referencia a las 11 reformas aprobadas, para cuya consolidación, dijo, se necesita un cambio cultural en México.

Los términos cambio, transformación, rompimiento de paradigmas, nueva cultura y similares fueron salpicando su discurso a lo largo de hora y media. Un discurso, diríase, optimista: el México que nos espera es mejor, si logramos entre todos consolidar el cambio. Léase, el gobierno está haciendo su parte pero la sociedad debe contribuir. Fue, pues, triunfalista pero cauto, lejos del triunfalismo vacuo de López Portillo y con la cautela del que sabe que el Estado lo formamos todos y el gobierno es sólo una parte.

Nos quedamos con la impresión de que el mensaje del Presidente marca un parteaguas en su administración: los primeros 21 meses fueron para definir y establecer un nuevo marco legal en los temas torales; los siguientes cuatro años y medio se destinarán a consolidar las reformas y sus beneficios para el futuro del país. Buen discurso, mucha expectación. ya veremos la realidad.

Optimista, como el mensaje, fueron el evento y sus asistentes. La crema y nata de la sociedad mexicana tuvo un asiento en el patio central de Palacio, a donde asistieron optimistas, ávidos de que fluyan más recursos. En la entrada, Luis Téllez, presidente de la Bolsa Mexicana de Valores y ex secretario de Estado, concedía una entrevista; más adelante Francisco Gil, también ex secretario y hoy presidente de Telefónica, hizo un arribo discreto. Raymundo Rivapalacio rompió el protocolo al vestir con chamarra de gamusa y no con el riguroso traje oscuro que imponía la ocasión. El archimandrita Antonio Chedraoui Tannous llegó repartiendo abrazos. Por allá Carlos Alazraki saludaba con Roy Campos aquí y allá, y por acá Óscar Cadena buscaba conversación.

Uno tras otro fueron llegando miembros de la vida empresarial, deportiva, de la farándula, de la comunicación y otros gremios a los que ciertos personajes se esmeran en restarles seriedad y darles un toque pintoresco. La mayoría de los que asistieron eran de estos últimos.

Clase política

La clase política apareció faltando 15 minutos para el inicio: en el presídium, el gabinete de un lado y los gobernadores en el otro extremo empezaron a ocupar sus lugares. Rolando Zapata estuvo discreto todo el tiempo, saludando a los colegas que se acercaban. El más activo fue el poblano Rafael Moreno Valle, quien saludó de abrazo a sus 31 colegas. ¿Futureando acaso?

Del lado del público, Manuel Espino, ex presidente del PAN, reapareció en escena, estuvo conversando animadamente hasta que quedó solo, ¿cómo en la política? Llegaron Emilio Gamboa, Manlio Fabio Beltrones, César Camacho, José González Morfín. También reapareció, alegre, animado, el jefe Diego. Se sentó en segunda fila, detrás del presidente del PAN, Gustavo Madero, y junto a la secretaria general del PRI, Ivonne Ortega Pacheco.

La ex gobernadora de Yucatán, ajena a su costumbre, llegó discreta, sin grandes aspavientos y vestida de riguroso negro, también contra su hábito de lucir atuendos llamativos. Hubo una costumbre que no pudo evitar: estuvo chateando durante el mensaje del presidente, mientras todos los que la rodeaban permanecían atentos a las palabras de Peña Nieto. La flanqueaban el jefe Diego y Miguel Alemán Velasco; delante de ella, en primera fila, el jefe de su partido, César Camacho Quiroz, entre Angélica Rivera y su colega Madero, a cuyo lado estaba el Niño Verde. En la misma fila de Ivonne Ortega Pacheco, la segunda, estaban Alejandro Martí, Carlos Slim y Emilio Azcárraga, entre otros sentados detrás de la esposa e hijos del Presidente. Saque cada quien sus conclusiones.

“Si no dan…”

Los aplausos subieron de decibeles cuando felicitó al Ejército y anunció el nuevo aeropuerto, y fueron atronadores al prometer no más gravámenes nuevos ni retiro de beneficios fiscales. Si se tiene en cuenta que todos los asistentes iban para obtener algo, ahí se les concedió una dosis. “Bueno, si no dan al menos que no quiten más”, dijo el de al lado.

Transcurrió hora y media desde que el presidente bajó por las escalinatas adornadas con los imponentes murales de Diego Rivera hasta que se retiró. Fue un evento rápido, contrario a los discursos y besamanos del siglo pasado.

Al retirarnos, los ojos detectaron el peinado desarreglado de Katia D’Artigues, quien habrá ido a sacar chisme político; la figura discreta y ajada de Virginia Sendel, que buscaría apoyo para su fundación pro niños quemados; los lentes de patas rojas de Sergio Sarmiento, los de patas amarillas de Azcárraga; la figura más delgada que lo esperado de Jorge Vergara, dueño de las Chivas; la seriedad de Leopoldo Gómez, vicepresidente de noticieros Televisa, quien seguía discreto a su jefe; la risa de Roberto Hernández Ramírez; los abrazos del archimandrita. Todos se dirigían en oligárquico desfile al gigantesco estacionamiento que era la plancha del zócalo.




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