Hablar de la violencia, inevitable para párrocos de Michoacán

MEXICO (EFE).— En sus sermones, el padre José Luis Espinosa, párroco del municipio de Buenavista Tomatlán, Michoacán, podría limitarse sólo a hablar de pasajes de la Biblia, pero no puede evitar hablar de lo que le rodea porque “si hay asesinatos y otras cosas se tiene que decir”.

“Animo a que el pueblo se una. En este pueblo hay mucha gente que tenía familiares criminales y entonces hubo una división. Ahora hay que hacer borrón y cuenta nueva y que no haya venganzas, porque no es correcto reparar las injusticias con otras injusticias”, afirma.

En la misma situación está el padre Miguel López, párroco de Tepalcatepec, otro municipio regido por las autodefensas, a quienes el padre respeta.

“Quien ha tomado la iniciativa de hacer una defensa propia se respeta, es gente de aquí, que conozco”, dice el cura, quien añade que “ahora se respira un ambiente de paz” y se ha puesto “un coto al miedo”.

Pese a que de vez en cuando ocupan portadas cuando algún jerarca de la Iglesia alerta de la situación de violencia como sucediera con el obispo de Apatzingán, Miguel Patiño, quien denunció amenazas del narco, en la mayoría de los casos sufren la violencia como un habitante más.

“Nosotros estamos en el centro de todo, pero no somos objetivos. A pesar de las denuncias, a pesar de que alguien te habla pidiendo dinero, no me siento amenazado”, asegura López.

Patricio Madrigal del municipio de Nueva Italia, reconoce que tiene que “andar con muchas precauciones en cuanto a la hora que sale y cuando hay anuncio de que va a haber desencuentros”, es decir, “cuando los delincuentes anuncian que hay que cerrar comercios, todo el mundo obedece”.

Madrigal es rebelde y terco y habla en sus sermones de los conflictos existentes, pese a los ruegos de sus atemorizados fieles.

“La gente sale muy preocupada porque hablo de que no tenemos autoridad, de que necesitamos un día recuperar la paz y desconocer a los que nos gobiernan (…) y me dicen ‘padre, no diga nada, ahí tenía a unos junto a mí”. La gente los identifica bien”, apunta.

En Nueva Italia, asegura, “los delincuentes tienen el control”, pues es uno de esos pueblos que ha vivido en los últimos meses un recrudecimiento de la violencia por la lucha entre los cárteles Los Caballeros Templarios y Jalisco Nueva Generación y la reacción de los grupos de civiles armados denominados autodefensas.

La convivencia con los delincuentes es constante hasta el punto de que algunos van a misa para escuchar lo que dice el cura. También acuden a pedir consuelo, con las manos manchadas de sangre.

“Los ejecutores a veces llegan desesperados y quieren platicar, que uno los escuche. Ellos ya están experimentando las consecuencias de una vida equivocada y sencillamente se les dice eso”, señala Madrigal.

Uno le dijo un día “si usted cree que voy a llegar a mi casa contento, a gusto, a besar a mis hijos cuando le desbaraté la cabeza a otro hace poco tiempo…”.

 




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