Marca su regreso con una portada

Posa como actriz, no como primera dama, señalan

Angélica Rivera y Sofía en la revista "Marie Claire"

MÉXICO.- Un acercamiento a la gente que gusta del espectáculo, bajo este prisma se interpreta la aparición de Angélica Rivera en la portada de la edición mexicana de la revista Marie Claire, bajo el titular “Redefiniendo el poder femenino”, donde posa con su hija mayor, Sofía Castro, de 17 años.

“El País” recuerda que ese reportaje, acompañado de una entrevista amigable, las muestra en la residencia presidencial de Los Pinos. A lo largo de 22 páginas desfilan imágenes en blanco y negro, con poses estereotipadas y algunas insinuantes: Angélica con los hombros y media espalda desnudos; sentada con gabardina de piel y zapatos de aguja mostrando una cimbreante pierna… Algo extraordinario en el recatado ramo de las primeras damas, donde los posados no salen del espectro que va de lo maternal a lo ejecutivo.

La sesión fotográfica dio la vuelta al mundo. “The Washington Post”, por ejemplo, la utilizó para lanzar una provocativa pregunta: ¿por qué no pueden ser sexis las primeras damas? En México, las poses de “La Gaviota”, bien conocida como actriz, fueron asumidas sin alharacas.

Tampoco escandalizaron la extrema brevedad de la falda de su hija, que está arrancando su carrera de actriz. El aguijón más bien procedió del menoscabo que las imágenes pueden infligir al trabajo social que, desde tiempos del virreinato, recae en la primera dama.

Una contradicción

“Salir en portadas de revistas es normal. Pero sus poses no son de esposa de mandatario, con un trabajo social, sino de actriz. Le benefician a ella, no a la nación. Ahí hay una contradicción”, dice Sara Sefchovich, de la UNAM y autora de La suerte de la consorte, una historia de las primeras damas mexicanas. “Pero hay que reconocer que ha desarrollado a la perfección su papel de acompañante oficial del presidente” y continúa Sefchovich, “tiene un gran manejo de la imagen; es popular y representa la historia de un éxito, casi de un cuento de hadas”.

Y es cierto que, a vista de pájaro, la vida de Angélica Rivera, Angie para los amigos, dibuja una trayectoria ascendente. Nacida en 1969 en México D.F. en el seno de una familia de clase media, pronto su madre se quedó sola a cargo de los seis hijos. Y ella asumió un papel motriz, hasta el punto de que acabaría pagando la carrera a sus hermanos.Su primera oportunidad le llegó a los 17 años cuando, animada por la estrella absoluta de las telenovelas Verónica Castro, ganó el popularísimo certamen de belleza El rostro de El Heraldo, semillero de las grandes figuras de los culebrones. Su aparición ese año en un vídeo de un adolescente Luis Miguel (Ahora te puedes marchar) y su trabajo como presentadora en TNT le abrieron las puertas de la factoría Televisa y sus telenovelas. Ahí debutó con Dulce desafío en 1988. Luego vinieron 20 años de trabajo jalonado de títulos de sonoridad fucsia como Huracán, Sueño de amor, Ángela, Mariana de la noche, La dueña o Destilando amor. “Es una actriz muy conocida, pero sin ser un icono nacional como Verónica Castro o Lucía Méndez”, indica el escritor Fabrizio Mejía Madrid.Durante ese periodo se casó con el productor José Alberto Castro (hermano de la archiconocida Verónica), con quien tuvo tres hijas. La relación acabó en divorcio en 2008. Fue poco después cuando ella, “priista de corazón”, participó como imagen en una campaña de “compromisos cumplidos” de la Administración del Estado de México. En esa promoción conoció al entonces gobernador Enrique Peña Nieto. Un político que parecía haber tocado techo y al que un año antes se le había muerto su esposa, Mónica Pretelini Sáenz. Con ella había tenido dos niñas, un niño y una relación marcada por la infidelidad. El propio Peña Nieto reconocería años después haber engendrado dos hijos fuera del matrimonio.La divorciada y el viudo. La estrella y el gobernador. Dos figuras que, a tenor del relato de la propia Angélica Rivera, sintieron una fulminante atracción hasta el punto de que a los cinco meses de salir, él se declaró. Así lo recordó la actriz posteriormente: “Se me quedó mirando a los ojos, me abrazó lentamente y me preguntó si quería ser su novia. Era la primera vez que alguien me lo preguntaba. Por supuesto que le dije que sí. Y él me contestó: ‘Dime el sí bien’. Y le repetí más fuerte: ‘¡Por supuesto que sí!”.Tras este éxtasis amoroso, la pareja empezó a aparecer en los actos sociales. El romance era notorio y Peña Nieto, amante de los grandes gestos, no desaprovechó un viaje en diciembre de 2009 al Vaticano para, en la basílica de San Pedro, anunciar ante el Pontífice su próxima boda y recibir la bendición. Apenas un año después se casaron en Toluca. Ella, para culminar esta historia de miel y flores, lucía un vestido de novia aperlado, rematado por una torera con cuello chimenea.Llegaron luego los tiempos electorales. Una batalla dura en México. Pero en 2012 Peña Nieto, del que muchos pensaban que tenía la mandíbula de cristal y que no aguantaría el primer asalto, se creció. Su esposa fue activa y, como reconocen los expertos en imagen política, le sirvió de ayuda. Su vestimenta se hizo más sobria, abandonó los brillos y los cabellos alborotados, adoptó el papel de madre, incluyendo a tres vástagos de Peña Nieto; hasta emitió una serie de vídeos narrando sus percepciones de la campaña.Alcanzada la gloria presidencial, optó por la discreción. Sin olvidar sus orígenes artísticos, racionó a cuentagotas sus apariciones con la gente del espectáculo. La actriz, conocida en Latinoamérica, pero también en China e Indonesia, parecía haber desaparecido. “En un país donde las telenovelas son una religión, ella bajó su perfil. No solo hubo un cambio físico, sino también de personalidad pública. Pasó a ser más hermética y cautelosa”, indica el periodista Alberto Tavira.Pero ahora ha recuperado aliento. Y ha vuelto a brillar. Una señal se activó en su viaje a España en junio, donde su indumentaria en los encuentros con la familia real y su duelo de estilo con Letizia arrasaron en Latinoamérica. Y después llegaron sus fotos en la residencia presidencial, uno de los grandes símbolos del poder institucional en México. Nadie sabe si es un movimiento pasajero o si supone el inicio de un retorno a su poderosa marca, a su propia imagen y, de algún modo, a la ruptura con un papel excesivamente subordinado. En la entrevista que tanto revuelo ha generado apunta: “Hay tres cosas en la vida que nadie te puede quitar: tu libertad, tu esencia y tu dignidad. Esta última es algo que las mujeres no debemos perder nunca; tú puedes regalar de ti muchas cosas sin que te afecte, pero esa no”.




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