Autodefensas, con armas decomisadas a los “malandros”

1 / 20


Un hombre resultó herido en la toma de Nueva Italia, Michoacán, por los autodefensas


MÉXICO.— “Atención, compañeros, entramos en zona de guerra”. El grito de uno de los comandantes de las autodefensas de Michoacán hace parar el convoy. Todos se bajan y se pertrechan para el enfrentamiento: chalecos antibalas, cargadores extra…

Van armados hasta los dientes con AK-47, rifles de asalto, pistolas de vistosas culatas, viejas escopetas…
Las de gran calibre (de uso exclusivo del ejército, han sido) requisadas a los malandros que han matado o han huido, dicen. Las otras son suyas, propias de cazadores.

Alguno reconoce que también acudió al mercado negro.
“Con lo que pagaba en extorsiones por una vaca te puedes comprar un cuerno de chivo”.
Algunos se cubren el rostro con un pañuelo, pero son los menos. Es una guerra a cara descubierta. La batalla tiene lugar 450 kilómetros al oeste de ciudad de México.

El enemigo es el cártel de “Los Caballeros Templarios”, escisión de “La Familia Michoacana” y uno de los grupos más sanguinarios de México que corrompe autoridades y se disputa la región, sobre todo, con el cártel “Nueva Generación”, del vecino Estado de Jalisco.
“Estuvimos años bajo su control, mataban a familias enteras y si no pagabas la cuota (extorsión) te colgaban, y todo con la complicidad de las autoridades”, explica, rifle al hombro, un productor limonero de Tepalcatepec, el pueblo donde surgió el alzamiento el pasado 24 de febrero.
“Después de tanto horror se nos acabó el miedo”.
Quizás por eso, afirma que le da igual que los “Templarios” ofrezcan 20,000 pesos por cada una de sus cabezas.
“Ahora tenemos algo por lo que morir: librarnos de ellos”.
El convoy avanza entre las montañas llenas de plantaciones de aguacate, la principal fuente de riqueza de esta región, junto con la ganadería y el limón.
El paisaje es digno de cualquier destino turístico salvo por lo que esconde: narcolaboratorios, plantaciones de mariguana y amapola, fosas comunes… y mucho miedo. Las armas asoman por los vehículos. La tensión es máxima.
“Cuando íbamos a tomar Tancítaro, el 23 de noviembre, empezaron a disparar desde los árboles, dos de los nuestros murieron, pero de los malandros cayeron 11. Donde quiera que vamos hay puras emboscadas, pero vamos ganando”, añade un hombre apodado “El viejito”.
Las cifras de caídos son imposibles de confirmar. Nadie quiere muertos en su bando.

“Cuando termino con mis pacientes, me voy a la guerra”, dice el cirujano líder de los grupos de autodefensa.
En el cruce de Condémbaro, en un rancho cuyo dueño huyó después de que los “Templarios” secuestraran, violaran y ejecutaran a su nieta de 13 años, el convoy espera refuerzos. Cinco camiones del ejército pasan por delante.
“¡Bajen las armas! ¡Bajen las armas!”, grita el comandante. Sus hombres obedecen. Hacen lo mismo los militares de los retenes instalados en torno a Tancítaro, el pueblo de donde llegan las camionetas de apoyo, con más armas que ocupantes y que nadie ve salir. Junto a las barricadas, dos patrullas de la Policía Federal. “Ellos sí nos ayudan y también ellos mueren”, reconocen los civiles.
Se juntan 26 vehículos y comienzan los kilómetros más tensos. Delante va el “rinoceronte”, un viejo camión blindado artesanal.
Al llegar a los poblados de El Zapote y Rancho Nuevo, de donde cientos de personas huyeron amenazados por los criminales, hay un despliegue en busca de enemigos. Esta vez no se dispara ni un tiro.
“Somos los comunitarios, vénganse p’aca, vamos a levantar al pueblo”, gritan.
Entre árboles y rejas se adivinan ojos que poco a poco se acercan a escucharles. “Llegó la libertad”, arengan.
Horas después, tras darles algunos consejos y levantar una barricada para asegurar el sitio, se preparan para seguir avanzando.
Desde que se alzaron en tres pueblos, los grupos de autodefensa se han hecho con el control de 28 municipios de los 113 de Michoacán. Su organización es rudimentaria.
“No existe entrenamiento, sólo coraje, y cuando se nos termine, se acaba todo”, detalla a “El Mundo” José Manuel Mireles, el cirujano de Tepalcatepec convertido en cabeza visible del movimiento. El objetivo, asegura, es “hacer lo que las autoridades no hacen, limpiar Michoacán de criminales, que están infiltrados en el gobierno”. La moral es muy alta.
“Nos daban 24 horas y llevamos 10 meses. Seguimos avanzando porque nos piden ayuda”, indica mostrando una carta con una de esas peticiones.
“Cuando termino con mis pacientes, me voy a la guerra”, señala orgulloso aunque el único arma que empuña es una radio. “Soy médico, juré salvar vidas”.
El doctor de 55 años, 1.90 de altura, mirada penetrante y bigote cano, es el líder mediático de un alzamiento que, en realidad, está controlado por un consejo de 30 personas, ganaderos y agricultores poderosos que se hartaron de tanta impunidad.
“Nos llevó 12 años reunir el valor, pero después de pagar todo lo que nos pedían, empezaron a llevarse a nuestras mujeres y a violar a las niñas y devolvérnoslas embarazadas, dimos el paso. Sólo el pueblo podía defender al pueblo”.
El gobierno de Michoacán, al que las autodefensas acusan de estar con los “Templarios”, vincula a este grupo con el cártel “Nueva Generación”.
El doctor lo niega, aunque reconoce que en el pasado pactaron con el “diablo”.
“Cuando estábamos invadidos por ‘Los Zetas’, vino el cártel de ‘La Familia’ a ofrecer ayuda y el pueblo cometió el error de aceptar. Logramos expulsar a ‘Los Zetas’, ‘La Familia’ se dividió y aquí quedaron ‘Los Templarios’. Dijeron que sólo extorsionarían a los narcos pero apretaron tanto que cuando ellos no pudieron pagar, les ejecutaban. Luego, comenzaron con el pueblo”.
“Sólo tres negocios, carniceros, tortilleros y ganaderos de Tepalcatepec daban a ‘Los Templarios’ 30 millones de pesos al mes”.
“Ahora se acabó, por eso hay dinero”, dice Mireles.
En mayo, ante el incremento de la violencia, el gobierno de Enrique Peña Nieto desplegó en Michoacán 5,000 efectivos, reforzados en noviembre con otros 1,200. Fue lo más contundente contra el crimen organizado desde que llegó al poder, hace un año, pero los únicos cambios visibles son más patrullajes y el haber desarmado a varios cuerpos de policías locales, supuestamente, los más corruptos.
El gobierno también se comprometió a controlar a las autodefensas, un fenómeno que, según Luis Videgaray Caso, secretario de Hacienda, “pone en riesgo el Estado de Derecho y a todo México”.
Pero tal Estado de Derecho, según denunció el obispo de Apatzingán en una carta que le costó tener que desaparecer de la vida pública un tiempo, no existe.
El religioso describe Michoacán como un “estado fallido” disputado por cárteles que han sometido o comprado a autoridades y Policía, y donde la “incapacidad» del gobierno para restablecer la ley hace que muchos pueblos se organicen para defenderse. Sólo en Michoacán las autodefensas dicen tener 15,000 hombres armados.
El penúltimo municipio liberado es Parácuaro, colindante con Apatzingán, el gran bastión templario.
Los hombres del doctor fueron recibidos a tiros desde los tejados. Uno cayó muerto pero lograron tomar la alcaldía.
Los enfrentamientos entre partidarios y detractores de las autodefensas continúan.
Mientras, Mireles se recupera en ciudad de México del accidente de avioneta que tuvo cuando regresaba de Guadalajara y cuyas causas aún se investigan.




Volver arriba