La tristeza del padre Pech

La tristeza del padre Pech

Los apesadumbrados somos mi esposa y yo que en diversas ocasiones, sin ser vecinos de la colonia Miguel Alemán, asistíamos con nuestros pequeños hijos y después sin ellos, a las misas que celebrara el presbítero Antonio Pech en el truncado edificio que se iba construyendo frente al parque de la colonia; en aquellos tiempos el poder público no reconocía la existencia jurídica de las iglesias, los políticos no iban a misa y los proyectos de construcción de nuevos asentamientos humanos no consideraban los espacios para templos y mucho menos su construcción. Debe sentir alegría interior el padre Pech al ser objeto ahora, después de la entrega de su vida, de acusaciones que tienen desconocidas finalidades y que no pueden provenir de aquellos primeros habitantes de la colonia Alemán, que entonces nos parecía tan lejana de la ciudad de Mérida, que fueran testigos de las luchas que encabezó para lograr el parque en que ahora se ejercitan tantas personas y en contra del establecimiento de bares y cantinas y casas semejantes que tantos pretendieron. Y debería sentir alegría porque está advertido desde el principio… “Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me han odiado a mí… si a Mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…”. Evangelio de San Juan, 15.18. Pero aún no sabemos qué se persigue en el fondo con tan absurdas acusaciones ni cómo opina la mayoría de los seres racionales que habita en la colonia y que cree en el amor, y aún en el perdón, cuando no haya nada que perdonar.- Nicolás Gutiérrez Pinkus; Mérida, Yucatán

40 abriles de no beber alcohol

El mes de abril, pero de 1974, llegaba por primera vez a un grupo de Alcohólicos Anónimos (A.A.); un mundo completamente desconocido para mí y al que jamás pensé que llegaría. En ese tiempo, ni soñaba dejar de beber; sin embargo, esa noche los “padrinos” me recibieron con un aplauso, como es su costumbre habitual. Las primeras noches en que asistí al grupo me acompañaba mi señora esposa, pues como a todo alcohólico me daba vergüenza entrar a un grupo de A.A.; ¡pero qué tal para entrar a la cantina, ah!, ahí sí entraba bien vestidito y salía embriagado, sucio y sin dinero. La mayor parte de mis años de adicción al alcohol lo sufrieron mi madre y mis hermanos; al casarme, mi esposa padeció mi enfermedad dos años. Doy gracias a esta agrupación de A.A., en la que nadie te obliga a quedarte ni a que la abandones, por auxiliarme en mi recuperación. Alcohólicos Anónimos es un programa que nos ofrece un cambio de vida; sin duda, en nuestra recuperación también nos ayuda un ser superior en la lucha diaria, para darnos cuenta que el alcoholismo destruye a nuestras familias y a nosotros. Feliz sobriedad.-Roger Palomo Aguilar “Guty”; Mérida, Yucatán




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