Voces del público

Así están las cosas literarias

Literatura, ¿sabemos con la precisión de un diestro las cohesiones que destila el vocablo “literatura”?, es una acción tirada, donde las sendas y las estradas fierras de la faena claman silenciosamente rótulos con la leyenda “La literatura agoniza en el pueblo mexicano”.

Después de embeber las líneas periodísticas, donde se esclarecía por parte de la OCDE la situación ignominiosa de los pasantes vernáculos en el campo de las letras, caí en un crepúsculo de lágrimas grises y sobrevino un paroxismo de desfallecimiento.

Considerando, luego de la hipérbole que antecede, por ejemplo, en nuestros acervos y en nuestras tierras a lumbreras como Carlos Fuentes, el arracimado Juan Rulfo y hasta la propia afluencia del Premio Nobel del 82, Gabriel García Márquez, ¿es posible nuestro decaimiento literario?

La literatura, como todas las cosas, puede resultar una materia monótona para determinadas personas y una materia, a su vez, amena para otra clase de personas; sin embargo, al igual que las matemáticas, la literatura y sus ancilares son una inmanencia de la cual, por la misma definición de inmanencia, no es posible una separación.

Jorge Luis Borges aseveró que él, ese de sonrisa diáfana, no se imagina un mundo sin libros. ¿Por qué lo diría y lo repetiría uno de los más grandes intelectuales de antaño? Ese mismo que hasta hoy es analizado como un pedacito de escarcha que alumbró algo de esa alameda inconsútil por la que gateamos.

Necesitamos una cosa entre muchas para progresar: la literatura. Camino diariamente por la preparatoria, ingresando como atraído por un imán a la biblioteca, esa colmena de abejas rayadas y megalocéfalas que vuelan angustiadas porque los libros -que serían sus alveolos- se pudren en los estantes cenicientos.

Podría explayarme aún más, pero son evidentes las constantes incriminaciones por eruditos en el efecto de esta catástrofe proclive a ser un cataclismo, o peor, una hecatombe de libros desvalidos. Iniciemos ya, pues aún hay tiempo, a dirigirnos a esos mundos ficticios que, según Mario Vargas Llosa -Premio Nobel en 2010- se suministran de la realidad. -Diego Castro Estrada, estudiante; [email protected]; Mérida, Yucatán




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