El rostro de la compasión

La peligrosa labor de defender alos inmigrantes

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Un respetuoso silencio, generado por el asombro y la admiración, se apodera de la sala al término de la charla con los sacerdotes Alejandro Solalinde Guerra y Tomás González Castillo y las hermanas Norma y Sonia Romero Vázquez.

Los invitados, destacados defensores de los derechos de los miles de inmigrantes que cruzan México hacia Estados Unidos, han compartido con personal del Diario sus experiencias. T

ambién han venido a denunciar, como lo hacen todos los días desde hace muchos años, la vileza, crueldad, ensañamiento e indiferencia que persiguen en este país a los centroamericanos y sudamericanos que lo único que buscan es ejercer su derecho a una vida mejor.

En la conversación surge el tema del hostigamiento -incluidas amenazas de muerte- de que son víctimas por su humanitaria tarea.

Las intimidaciones, dicen los cuatro, no vienen únicamente del crimen organizado, también de corporaciones policíacas y funcionarios corruptos coludidos con la delincuencia, de autoridades migratorias, de bandas locales e incluso de la Iglesia, que obstaculiza el trabajo, que intenta echarlo por tierra.

La vida en juego

Estas amenazas son tan ciertas que, como se sabe, el padre Solalinde tuvo que refugiarse en el extranjero hace algunos meses y aquí en Mérida son acompañados por guardaespaldas y policías.

Migración ha presentado tres denuncias contra fray Tomás y dos contra el padre Solalinde, y las Patronas comentan que las autoridades eclesiásticas de Veracruz y el sacerdote de su pueblo no ven con buenos ojos la asistencia que brindan a los inmigrantes.

“El párroco nos ha pedido que le rindamos cuentas y que desistamos porque los inmigrantes son ilegales, pero nuestra respuesta ha sido que no podemos servir a dos amos -él o Dios-, y preferimos que sea Dios quien juzgue nuestros actos”.

Los inmigrantes son vistos como una mercancía que deja ganancias sustanciosas, dice el padre Solalinde, quien fundó en 2007 el albergue Hermanos en el Camino, en Ixtepec, Oaxaca, sitio estratégico en el tráfico clandestino de inmigrantes.

“Y quienes los explotan no van a perder el negocio por personas necias que no les dejan hacer su trabajo”.

En su travesía -principalmente en el “tren de la muerte”, en “La Bestia”-, los inmigrantes son víctimas de pandillas, de narcos y agentes y policías corruptos. Además de los secuestros, sufren extorsiones, robos, violaciones, asesinatos…

En un país donde la violencia se ha vuelto un asunto cotidiano, a pocos interesa el problema. “Son el dinero más fácil”, dice el padre Solalinde. “El secuestro de cada uno de ellos reporta hasta 5,000 dólares de ganancia y se secuestra a miles o decenas de miles al año en medio de la indiferencia de todos. A nadie les interesan, ni a los políticos, ni al gobierno, ni, desafortunadamente, a la Iglesia, entretenida en su culto y sus acuerdos en la cúpula”.

“Todos abusan de ellos, incluso la gente común se aprovecha de su necesidad. Si, por ejemplo, quieren comprar un boleto de autobús tienen que pagarlo hasta cinco veces más caro”, comenta Norma Romero, líder de Las Patronas, quienes cocinan todos los días arroz y frijol que reparten en bolsas de plástico junto con panes y agua a los inmigrantes que viajan en lomos de “La Bestia”.

Norma, quien fue reconocida con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2013, es una mujer profundamente religiosa. Una noche, recuerda, Cristo se le reveló en la persona de un joven hondureño que fue acuchillado en el tren al defender a su joven esposa de pandilleros que pretendían violarla.

Denuncia

El mayor “pecado” de estos samaritanos no es ofrecer un plato de comida y un sitio de descanso, sino arrojar luz sobre este invisible holocausto, quizá la peor tragedia humanitaria en el país.

“Los hacemos conscientes de que tienen derechos y los alentamos a denunciar los abusos”, comenta fray Tomás, franciscano que dirige en Tenosique (Tabasco) el hogar refugio La 72, nombre que rinde homenaje a los 72 inmigrantes que fueron asesinados en la masacre de San Fernando (Tamaulipas) en 2010. “Este no es nuestro proyecto, es un proyecto de Dios, que un día nos quitó la venda de los ojos para ser capaces de ver el sufrimiento ajeno. En cada inmigrante es Cristo en el que pide ayuda”.- Mario S. Durán Yabur




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