En un callejón sin salida

Nadie sabe qué hacer en el conflicto de la Sidra Pino

Nadie sabe qué hacer en el conflicto de la Sidra Pino

Los trabajadores de la Embotelladora Sidra Pino llevan mil doscientas doce noches en vela resguardando las entradas de un edificio que en su ruinoso aspecto muestra los estragos de una prolongada dolencia que tiene al borde de la desaparición a la que mucho tiempo fue una de las industrias más representativas de Yucatán.

La fábrica de Sidra Pino ha pasado por infinidad de cosas desde 1965, cuando los hermanos Raúl, Víctor y Luis Pino Domínguez se deshicieron del legado familiar. Muchas pertenecen aún a las sombras, pero el hecho es que con la llegada del último dueño la empresa, fundada en 1888, empezó a girar en una espiral decadente.

II CAPÍTULO: El desastre

Víctor Pinzón Camarena me cuenta que trabajó como obrero en la embotelladora todos los días durante 34 años. La paga era mala pero segura y estaba además el aliciente de alcanzar una jubilación que, sin importar su modestia, le ayudara a una buena vejez.

Sin embargo, la realidad no suele compartir nuestros sueños. Hoy, a la intemperie en una esquina del barrio de Santiago, Pinzón suplica la generosidad de la gente para llevar algo a su familia. “Llegué a las ocho de la mañana”, me dice cuando son pasadas las cinco de la tarde. “Antes juntábamos lo que reuníamos entre todos para repartirlo en partes iguales, pero quedamos tan pocos que decidimos que cada quien, como dicen, se rasque con sus uñas”.

El principio del fin

“¿Y cuánto dinero ha conseguido en 10 horas?”, le pregunto. Baja la vista y por toda respuesta destapa el bote para dejarme contar la solidaridad de las personas que pasaron hoy por su esquina: 16 pesos.

Víctor Pinzón viste esta tarde un viejo pantalón café, anchísima camiseta blanca con una serigrafía del refresco Soldado de Chocolate -ambas prendas casi transparentes de tantas lavadas-, chancletas de plástico y una cachucha como conjuro contra el sol que lo achicharra todo en mayo.

Afuera del que fue su centro de trabajo -cerrado a cal y canto por la huelga- evoca los días que precedieron a estos tiempos ingratos.

“Cuando el dueño era don Wílliam Gáber todo era distinto”, me dice. “Era un patrón muy bueno, con él teníamos todas las prestaciones, pero por razones de enfermedad (allá por los años 90) le vendió la fábrica a su suegro, Vicente Erosa Cámara, quien la cedió a su hijo Víctor. Cuando llegó él, llegaron todas las desgracias que desde entonces no quieren dejarnos en paz”.

Cuesta abajo

Nadie podía entender las razones por las que Erosa Lizarraga no quería la fábrica, según me cuenta Pinzón. “Pocas veces se apareció por la planta. y cuando lo hizo fue para destrozarlo todo”.

No hay una explicación válida, insiste, porque “el refresco se vendía, sin embargo él quería deshacerse de esto a toda costa, entregó RC Cola, entregó Orange Crush. A pesar de todo el producto yucateco -la Sidra Pino y el Soldado de Chocolate- seguía teniendo salida”. continúa.

La situación se ponía cada vez peor, hasta que se volvió insostenible. Desfondada económicamente, en 2009 la fábrica paró tres meses entre las protestas de los trabajadores, que exigían sus salarios y mejores condiciones laborales. “Tuvimos un año de mitades, al que ganaba 300 pesos le pagaban sólo 150. La empresa nos trajo con el cuento de que pronto iba a llegar un dinero, un dinero grande. que nunca vimos”.

La embotelladora siguió funcionando casi dos años más, con la misma tendencia negativa, sostenida precariamente por el sacrificio de los trabajadores, hasta que en octubre de 2010 el dueño se esfumó, abandonando a los empleados a su suerte y dejando a la empresa en la bancarrota. En noviembre salieron de las líneas de producción las últimas 200,000 cajas de refrescos correspondientes a la producción de ese mes. No hubo más. El 20 de enero de 2011, tras varios meses sin recibir ni un centavo de sus sueldos, los 117 trabajadores de la Sidra Pino decidieron irse a la huelga.

El el limbo

El 13 de julio de 2013 la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje emitió un laudo que obliga al propietario a indemnizar a los trabajadores con más de 17 millones de pesos -por concepto de liquidación y salarios caídos-, pero Erosa Lizarraga se niega a dar la cara y hasta la fecha la autoridad laboral no hace efectiva su sentencia.

El tiempo, el agravio, el limbo legal en que se encuentran y los oídos sordos de quienes podrían hacer algo por ellos ha desgastado el movimiento.

Anselmo Rodríguez Marín, nuevo representante de los 47 trabajadores que mantienen viva la lucha, me comenta que hay una demanda penal contra sus ex representantes sindicales Raymundo Simá Paredes y Pedro Noh, a quienes acusan de coludirse con la empresa y robarles el dinero de la caja de ahorros. “Simá Paredes cerró su casa y huyó, como demostrando su culpabilidad”.

Son las 11 de la noche en el improvisado campamento a oscuras -cartones sucios, jirones de tela sacudidos por el viento le dan una imagen espectral- en que Anselmo Rodríguez y sus compañeros hacen guardia, como todos los días y todas las noches desde hace más de tres años en espera de que alguien se apiade y ponga fin a tanto infortunio. “Lo que pedimos es justicia, no limosnas”, me dice.- Mario S. Durán Yabur

En noviembre de 2010 salieron de las líneas de producción las últimas 200,000 cajas de refrescos correspondientes a la producción de ese mes. No hubo más.




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