Un arma para la vida

La educación, el legado de un padre a sus hijos

Arturo Domínguez Silveira en la sala de la casa de uno de sus hijos en el fraccionamiento Las Américas. A sus 100 años  vive lleno de salud y energía. Su hijo mayor, Luis Fernando, aún recuerda los valores que su padre le enseñó cuando él y sus tres hermanos aún eran pequeños

A sus 100 años de edad, Arturo Domínguez Silveira aún recuerda cómo conoció a su “amada esposa y compañera de vida”. Sentado en el domicilio de su hijo, en el fraccionamiento Las Américas, platica sobre los momentos que marcaron su vida.

Trabajó haciendo láminas, techos y chimeneas para las cordelerías y también hizo trabajos de plomería.

Sólo llegó hasta el segundo grado de primaria, pero con esfuerzo, dedicación, disciplina y trabajo duro logró adquirir su casa en la colonia Industrial y así criar a sus cuatro hijos.

“Una de mis pasiones y debilidades fueron y siguen siendo las mujeres”, indica entre risas; pero su esposa, María Anatolia Santos Pat, fue la que ganó su corazón.

Suspira y recuerda que la conoció cuando trabajaba como chofer y transportaba carbón del municipio de Dzoncauich a Mérida. También transportaba las películas para que el pueblo pudiera disfrutar, “era la única diversión”. Ahí, en uno de sus viajes, “la vi… y fue amor a primera vista”.

Pero había un problema… La familia de María Anatolia no lo quería, así que Arturo no lo pensó “y me la robé. Ella aceptó irse conmigo, me siguió”, comenta, con una sonrisa en el rostro. “Después de unos años regresamos y todo el pueblo quería ‘matarme’, pero los enfrenté como buen macho”, agrega.

Aunque no le pudo dar grandes lujos a sus hijos, sí les dio algo mucho mejor, “el arma para que se pudieran enfrentar a la vida: educación”. Gracia a él sus cuatro hijos estudiaron una carrera profesional: Carlos Manuel, de 54 años, estudió técnico en combustión interna; Luis Fernando, de 61, es ingeniero industrial mecánico; Arturo Manuel, de 54, licenciado en pedagogía y mercadotecnia; y la única mujer, Sonia Socorro, de 40, es ingeniera en sistemas. Todos con los apellidos Domínguez Santos.

Su hijo Luis Fernando recuerda que su padre no tuvo vicios, que llevó una vida saludable. “Es por eso”, dice, “que a sus 100 años se encuentra bien de salud y aún recuerda todo; sólo no escucha muy bien, así que tenemos que hablarle fuerte, pero está más saludable que nosotros”, comenta sonriente.

Luis Fernando señala que su padre les enseñó el valor de la responsabilidad.

“En temporada de vacaciones trabajábamos con él. De lo que ganaba, mi padre pedía que la mitad se la diera a mi madre. Yo no quería, ‘¿por qué?’, decía, ‘si yo lo trabajé’, pero ahora entiendo lo que nos enseñaba el viejo”.

A pesar de su edad, Arturo Domínguez se siente como joven, quiere valerse por sí mismo y no le gusta depender de los demás, pero debe entender que ya no puede seguir haciendo las mismas cosas. “Una vez se subió al techo de su casa para ‘componer’ el tinaco. Es muy travieso”, manifiesta su hijo.

Aunque fue un hombre con un carácter duro y difícil, con su ejemplo, Arturo les demostró a sus hijos que hay que trabajar, porque “puedes ser un doctor, pero si no sabes trabajar, no sirve”, finalizó.- Abraham Bote Tun

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