Mérida: una modernidad inacabada

        Discurso pronunciado por el doctor Luis Ramírez Carrillo en la sesión  solemne del cabildo meridano con motivo de los 472 años de la fundación de Mérida.

Luis Ramírez al pronunciar su discurso en la sesión solemne de cabildo

  Lo primero a señalar es que la ciudad de Mérida tiene más de dos mil años, pues es obligatorio remontar el asentamiento de Mérida a la prehispánica  Ich ca’an si’ho o T’ho. Al construir la actual Mérida sobre la milenaria y aún habitada ciudad maya, se determinó su ubicación, su centralidad, sus materiales de construcción primigenios y lo más importante: la estratificación simbólica y cultural de sus espacios. La distribución de la población en la ciudad  de Mérida y su entorno fue uno de los marcadores sociales más profundos y duraderos de la sociedad yucateca. La distribución de castas, de oficios, de clases y de grupos étnicos, sus prohibiciones y permisos, y en especial construir la diferencia para segregar a mayas y no mayas, cristalizó la organización social del conjunto de una sociedad, primero de conquistadores y conquistados, sujeta luego a un orden colonial jerárquico que duró tres siglos.       

La Permanencia de un Antiguo Régimen

 

Cuando sus fundadores asentaron en el primer  libro de Cabildo de la ciudad las razones de la fundación de Mérida y  decían que “…ha de ser esta la principal ciudad de todas…”, refiriéndose a la península de Yucatán, no podían suponer que cinco siglos después lo seguiría siendo. Y no sólo eso, que seguiría cambiando con excepcional lentitud. La colonia se demoró en Mérida, como en todo Yucatán, medio siglo más de lo esperado. Al igual que instituciones arcaicas como la Encomienda de indios, la obligatoriedad de los servicios personales o las alcabalas tardaron en desaparecer muchos años más que en el resto de la Nueva España o del México independiente, Mérida mantenía su estilo de ciudad antigua, casi colonial, aún en la segunda mitad del siglo XIX.

 

Esa fue la impresión que le dio a la mirada aguda de la Emperatriz Carlota  -y  si alguien sabía lo que era un ‘Ancien Régime’, a sus apenas 25 años, era ella-,  cuando la visitó en un fresco noviembre de 1865, a quien la ciudad, arreglada para recibirla, le dio muy buena impresión. Le escribió a Maximiliano: … Llegada a la casa donde me alojaron, tuve enfrente la incomparable vista de la plaza con sus brillantes edificios y rodeada de arcadas. Atrás se ven grandes palmeras y en medio, cruzado por blancas veredas, un delicioso jardín cuyos pastos verdes están divididos del resto por elegantes rejas de hierro, o sea una plaza de estilo moro como en el sur de Europa…la ciudad es encantadora, con sus calles y sus buenos mercados, todo bien cuidado…a ambos lados de la calle principal, que es muy larga, las veredas laterales terminan en jardines de palmeras y plataneros; o sea que la vegetación corona siempre el panorama…. Pero no escapó a su  sensibilidad que la ciudad y sus rituales sociales diferían de lo que había visto en el centro de México, pues añadió …Todo se asemeja mucho más a la vieja España que a sus colonias; en una palabra no es para nada americano sino más bien medieval…[1]

 

La exportación de fibra de henequén, multiplicada año tras año a partir de 1879, generó ingresos a la Hacienda Pública que le permitieron empezar a modernizar la ciudad. Aun así, esta primera modernidad porfiriana era dudosa. En 1890, un joven viajero francés de paso por Mérida, la describía de la siguiente manera con el ácido humor propio de los gascones…a pesar de las bandas de música militar, un teatro y un circo, la ciudad no es del entero agrado de los extranjeros, que la encuentran poco sana y muy sucia. Muy a menudo lo confortable y lo desaseado van de la mano, contradicción muy común en ciertas ciudades de América, que deseosas de desarrollarse rápidamente, no poseen más que las recientes ventajas de la ciencia aplicada a la civilización. Un perro muerto, por ejemplo, se quedará un día entero al lado de los rieles de un tranvía. Una noche vi, a la luz de un farol eléctrico último modelo, un coche de alquiler que estaba hundido en el lodo hasta el eje de la rueda, abandonado en medio de la calle…. Y añadía,…Hay que decir que resulta bastante difícil mantener la ciudad siempre limpia, pues no existe sistema de alcantarillado. Sería, además, imposible encontrar un vertedero para las alcantarillas. Sin embargo, se tenía la intención de conducirlas hasta los ríos subterráneos que surcan el subsuelo de la península yucateca, pero se debió renunciar a este proyecto por el doble inconveniente de costar demasiado y envenenar, a su vez, todos los cenotes. Afortunadamente, hay muchos zopilotes.[2] Después de 120 años de estas líneas Mérida no cuenta con ya con modernos tranvías ni faroles  y, desgraciadamente, tampoco con zopilotes, pero la ciudad sigue sin alcantarillado y sin solucionar el problema del drenaje.

 

El dinero del henequén siguió llegando y Mérida desarrollaba su equipamiento urbano con rapidez. Las mejoras que experimentó la ciudad en la última década del siglo XIX y la primera del Siglo XX fueron extraordinarias para una ciudad tan lejana del Valle de México, centro neurálgico del país, que acumulaba y redistribuía dinero y modernidad. Durante medio siglo, a partir de 1875, el desarrollo de la red ferroviaria de toda la península tuvo a Mérida como lugar y destino central para llegar, tomar, cargar, descargar y redistribuir. El traslado de las aduanas al cercano puerto de Progreso, la adquisición de la categoría legal de Puerto de Altura en el Golfo de México, y el incesante movimiento de carga y pasajeros entre Mérida y Progreso, aumentó la importancia y centralidad de la ciudad. La exportación de henequén, que ingresó al estado más de 900 millones de pesos-oro entre 1880 y 1916, generó un mercado urbano que demandó y obtuvo nueva infraestructura. Se construyeron zoológicos, parques, escuelas, calles, avenidas, sistemas de alumbrado, banquetas, hospitales y edificios públicos. También nuevos espacios, propios del confinamiento y autoritarismo porfiriano, como cárceles y asilos. En 1910 Mérida estaba transformada.

 

De esta transformación dieron cuenta varios testimonios de la época. En uno de ellos, además de ilustrar gráficamente las transformaciones experimentadas por todo el estado de Yucatán, se subrayan las características de una Mérida asomada a la modernidad del siglo XX. El autor, admirado, da cuenta de cómo cambió la ciudad en pocos años: “…merced a las mejoras materiales que en tan poco tiempo la han transformado hasta el punto de convertir una de las ciudades más incomodas y peor acondicionadas de la República, en un centro donde todo respira aseo, comodidad, bienestar, la alegría de la vida y cierta suntuosidad que llama la atención del viajero.” Y continúa dando cuenta de los cambios: …cuando se hizo el último censo oficial, 28 de octubre de 1900, contaba Mérida con 11,764 casas habitadas por 11,197 familias. Este dato parece de escasa importancia, pero la tiene grande en realidad, pues viene a demostrar la holgura con que viven no sólo las clases pudientes, sino también las trabajadoras, sin que se encuentre en Mérida ese hacinamiento de seres humanos en habitaciones estrechas, sin luz ni ventilación, como se ven aún en algunas poblaciones de la tierra caliente de nuestro mismo país.[3] Claro que no contamos con testimonios de las propias clases trabajadoras, para conocer su opinión en torno a la supuesta holgura en que vivían. Pese a ello es indudable que la ciudad había cambiado, y que en términos urbanos esto era favorable.

 

Aunque elitista, lo que no era imaginado en Mérida fue el acceso a infraestructura y manifestaciones de la modernidad. Por ejemplo, en 1908 se decía que  “…La pasión por los automóviles constituye hoy una especie de fiebre en la capital yucateca, que es la primera de la República, mejor dicho la única que ha establecido un servicio público de esos vehículos, en competencia con los coches de sitio…” (Zayas Enríquez, 1908: 322). Lo que no era poca cosa, pues aunque el automóvil se inventó en 1886, en 1908 apenas salía el primer modelo “T” de las fábricas en línea de la Ford. La afición por los automóviles se mantuvo, pues un siglo después, en el año 2014, Mérida es la cuarta ciudad de la república  en  cuanto al número de vehículos en relación a la población total, ya que cuenta con un coche por poco más de tres habitantes.

 

La bonanza y el crecimiento de la infraestructura urbana se vieron interrumpidos momentáneamente por la caída del régimen porfiriano y la llegada de la Revolución a Yucatán, pero el henequén seguía exportándose y la ciudad creciendo. Fue con la quiebra de la Bolsa de 1929 y la gran  depresión mundial que la acompañó, que los años dorados del henequén llegaron a su fin. Y con ello  llegó también el fin de esta primera modernidad meridana. Mérida se sumergió en un letargo de medio siglo, su infraestructura se hizo obsoleta, perdió población, se dejó de invertir en las proporciones que se había hecho años antes, empresarios, profesionistas y trabajadores, en especial jóvenes, buscaron fuera de la ciudad nuevas oportunidades.

 

Se quedó el que pudo y el que quiso. Es decir el que tenía un empleo o una forma de vida o el que ya no estaba en edad o emocionalmente preparado para vivir fuera de una ciudad que, aún en su pobreza, le ofrecía una forma de vida gratificante y llena de significados cotidianos, de amigos, de parientes, de afectos y de rincones urbanos apreciados. Antes de esa decadencia la cultura de la península y en especial de Mérida ya se parecía a la de una isla, es decir aislada y encapsulada en sí  misma, “…tenía mucho de nacionalismo –un nacionalismo siempre en guardia contra toda intromisión- el vivir y el convivir yucatanenses, mucho de tribalismo y de clan que todo lo engullía y lo transformaba y transmutaba y hacía desaparecer en procesos de hibridación cultural  -como desaparece una gota de tinta en el océano-, procesos que habían contribuido a crear esa cultura sui generis y peculiar: más que mestiza, híbrida”  (Amaro Gamboa, 1972: 93).

 

Mérida, aún con el cosmopolitismo que pudo haber desarrollado durante el auge del henequén, cuando con 50,000 habitantes en 1910 llegaron a vivir a ella hasta 4,000 extranjeros,  no perdió su característico aislamiento cultural que, por supuesto, se vio acentuado cuando experimentó tan prolongada decadencia. Pero los meridanos que se quedaban  solían hacerlo a gusto, y muchos de los que se fueron por necesidad mantuvieron la nostalgia y la esperanza del retorno. Bienestar imaginario, nostalgia o autoengaño colectivo, el hecho es que la cultura de la ciudad se construyó sobre sí misma y se consumió a sí misma. Esto también significó ser impermeables y un retraso respecto a los cambios en las corrientes de pensamiento del exterior. En esa época del meridano “…se diría que ante gente extraña se viera a sí mismo desde adentro y frente a sí mismo se contemplase desde fuera y que en ambos casos viviese contento, intensamente satisfecho de ser quien era y como era. Como consecuencia era muy fácil que se despeñara en el rezago cultural, en la recesión de todas o muchas manifestaciones de su propia cultura…” (Amaro Gamboa, 1972: 95).

 

 Un retrato de los saldos urbanos de esa época lo tenemos de nuevo en el testimonio de otra viajera, también  aguda observadora de gentes y escenarios sociales. Esto decía respecto a Mérida Simone de Beauvoir en una carta dirigida a Jean Paul Sartre, escrita en el hotel  Colón de la propia ciudad y fechada el 27 de mayo de 1948,…y de pronto las brumas del Yucatán y sumida entre más brumas, una ciudad solitaria bajo el sol: Mérida…no esperaba gran cosa de Mérida, quizás por eso estoy tan deslumbrada. Una auténtica ciudad mexicana a la que América no ha llegado: ni un solo drugstore, ni siquiera para turistas….La plaza central es una de esas plazas españolas con arcos que tanto nos gustan, hay una iglesia bella y vetusta , con árboles y frondosos arbustos en el centro, preciosos bancos de piedra, un montón de hombres ociosos que dejan pasar las horas y bullicio de vendedores…el medio de transporte son unos viejos coches de punta, parecidos a los antiguos cabs ingleses, arrastrados por caballitos, que por las noches se iluminan con linternas…hay algunos barrios bellísimos de mansiones españolas con jardines cenagosos como aquel que nos gustaba tanto en Menton pero mucho más frondosos, llenos de bananeros con sus ristras de plátanos, grandes flores rojas y violetas y fragancias de pimentón, pimienta y especias.[4] La mirada de de Beauvoir captó con claridad el ambiente lento y decadente que envolvía la ciudad, con pocos cambios y escasas oportunidades para invertir o trabajar. Consumiéndose en sí misma la ciudad expulsaba población y se envolvía en su propio pasado.    

 

  En 1948 Mérida enfrentaba la quiebra económica, a la que le había dado  un respiro el auge de la exportación cordelera, provocado por el aumento en el precio y  la demanda del cordel de henequén durante la Segunda Guerra Mundial. Pasada  la guerra el tobogán económico y social continuó y no se detuvo hasta la década de 1970, en que el Estado mexicano se hizo omnipresente y todopoderoso en el sureste del país, multiplicando la extracción de petróleo en la sonda de Campeche y  desarrollando el gran proyecto de una cuenca turística en Cancún y la Riviera Maya. Vientos de cambio envueltos en infraestructura regional, nuevas carreteras y aeropuertos empezaron a soplar en toda la península de Yucatán y Mérida pudo mantener su papel de ciudad central y capital regional de la península.

 

Si bien Yucatán no pudo participar de manera importante en los nuevos proyectos económicos del Estado mexicano, Mérida se empezó a ver  beneficiada de la derrama económica en toda la península, además de enviar contingentes de trabajadores,  pequeños y medianos empresarios a incursionar a los otros dos estados. Pese a ello, la ciudad mantuvo gran parte de su estilo y cultura local, producto de un aislamiento no sólo geográfico sino también económico y social del resto del país. No olvidemos que Mérida no vivió el largo período de auge económico que pudo observarse en otras ciudades de México entre la segunda postguerra y 1970. Ningún meridano pudo observar en sus calles el “milagro mexicano”, pues las altas tasas de crecimiento económico que acompañaron al país y la mejora de sus ciudades capitales fueron desconocidas en Yucatán. Por el contrario lo común fue una permanente emigración de sus jóvenes y de sus élites económicas y culturales hacia otras partes del país, y la población que se quedaba acentuaba la cultura local y los usos y costumbres de una sociedad en la que el tiempo, si bien no se había detenido, parecía pasar más lento que en el resto de un México que se industrializaba de manera acelerada.

 

Un último viaje por esta sociedad meridana cerrada, antigua, de relaciones intensas, larga memoria y personalidad propia y distintiva, llena de personajes, habla y códigos particulares,  lo podemos hacer llevados por la mano de un visitante que, por su origen familiar en el puerto de Progreso, tenía las claves para descifrarla y por su sensibilidad la manera de describirla. Juan Villoro visitó Mérida en 1988, cuatro décadas después que lo hizo de Beauvoir y nos ofrece la que quizás sea la última descripción de una Mérida pre global, que había empezado a cambiar poco a poco desde 1970 pero que aún podía mostrar las  señales de la cultura urbana local que la habían caracterizado durante el siglo XX y que casi ha desaparecido en la segunda década del siglo XXI.

 

Villoro señala respecto a Mérida: …las ciudades mexicanas crecen para negar su centro, se desparraman en un sinfín de loncherías y talleres mecánicos hasta llegar a las colmenas de los obreros –un vasto homenaje a los tinacos- y, en el extremo opuesto, a los chalets de los ricos, que lucirían más alpinos sin marcos de aluminio en las ventanas…Mérida tiene dos zonas de esplendor, el Centro, construido en la Colonia, y el Paseo de Montejo, vestigio del auge henequenero…Mérida tiene camiones de antes, narigones, una honesta protuberancia llena de fierros que sueltan humo. También hay minibuses aplanados, con el motor en alguna entraña, pero en el Centro sólo vi vejestorios…a las diez de la mañana la calle estaba llena de guayaberas, rostros redondos y cuerpos compactos de boxeadores mosca. Ignoro si el reglamento de la policía exige que sus miembros midan metro y medio…Hay algo tranquilizador en una ciudad resguardada por gente chica. Vestidos de color canela, los policías no muestran otro interés que atestiguar el paso de los coches…por lo general los yucatecos prefieren no recibir visitas en sus casas. La gente vive para derrotar el calor y la casa es el único sitio donde puede estar tumbada en una hamaca con el refrigerador a la mano…los cafés no son espacios de la indiscreción  sino de las noticias civiles, del habla cortés que evade el enfrentamiento…el expositor se descalifica con elegancia…la polémica es concebida como una esgrima de altura donde ambos contendientes prefieren no tener razón…aquí muchos viven del comercio, pero no venden cosas que ellos produzcan[5].

 

El trabajo de Villoro es  quizás una de las últimas crónicas integrales, hecha por un viajero, de una Mérida  que la mirada externa observaba con pocos cambios, todavía aferrada a la pátina social de viejas costumbres, modismos y tiempos lentos. Aún estaba viva una generación que representaba a la sociedad que sobrevivió a medio siglo de decadencia económica acentuando su identidad local, su idiosincrasia, su habla y el orgullo un tanto ciego por su cultura cotidiana y calidad de vida, a la que tenía en alta estima pese a vivir al día y con estrechez.  A partir de 1990 los cambios urbanos se aceleraron y en veinte años Mérida fue transformada de tal manera que cambió de piel.

 

 Fueron muriendo los integrantes más representativos de las viejas generaciones, albaceas de la memoria histórica de la ciudad, los que vivían a fondo el espacio urbano de cafés, cines, parques y cantinas, los que sabían las historias casa por casa de las calles donde transitaban todos los días. Se perdieron poco a poco los intelectuales locales, los viejos militantes del Partido Socialista del Sureste, los  hacendados nostálgicos, los periodistas enamorados del terruño, los vecinos del barrio y los tipos urbanos “pintorescos”. También los trabajadores y  artesanos prestigiosos de cada barrio: el sastre, el carpintero, el zapatero, el talabartero. Desaparecieron las tertulias en torno al café y las cervezas, donde los viejos enemigos suavizados por la edad: socialistas, comunistas, priistas, panistas, creyentes y come curas, revivían y seguían discutiendo sus diferencias durante años, interpretando a la Mérida que sin darse cuenta se les fue con el siglo. Todos ellos  con sus lealtades y conflictos fueron guardianes del “ethos” y del “pathos” de la ciudad. Muertos u olvidados ya, en esta segunda década del siglo XXI han sido sustituidos  no por nuevos tipos sociales, sino por las redes sociales. Se perdió gran parte de la memoria colectiva que guardaba la tradición oral. Desapareció un mundo  y apareció la zona metropolitana de Mérida.

 

El crecimiento urbano que ha experimentado la ciudad los últimos veinte años, desde 1990 hasta la fecha, es consecuencia de un México global integrado cada vez más al mundo exterior, con una intensa modificación en los patrones de consumo y de producción. Las costumbres, modas, habla y perspectivas de vida tienden a ser cada vez más homogéneas con el resto de México. No sólo los problemas sino también las gentes son cada vez más “nacionales” (de México) y menos del “país” (de Yucatán). Las soluciones también, y en este ir y venir de la gente local entre la percepción de sus problemas, sus necesidades y su búsqueda de alternativas para solucionarlas, se ha ido configurando una nueva identidad urbana, de manera particularmente rápida entre niños y jóvenes.  Una identidad que hace que la vida cotidiana en Mérida sea ya muy similar a la de otras ciudades de México.  Hasta 1990 la ciudad incorporó con lentitud los cambios culturales que se fueron dando en la región, incluso en su equipamiento urbano, pero a partir de esa fecha todo empezó a cambiar con celeridad.

 

Esa cultura urbana se encuentra ya en proceso de extinción después de veinte y cinco años. A partir de 1990 la situación económica y social de Mérida, como la de todo el país, cambió de manera extrema y con rapidez y dio origen no sólo a una nueva forma de expresión  espacial de la ciudad, sino también a una nueva sociedad y cultura: la metropolitana. Mérida creció y se transformó en metrópoli, y con ello dio paso a la aparición de actores y grupos sociales que ahora construyen nuevas formas de ser, apropiarse y consumir la ciudad. También hay problemas nuevos, de mayor envergadura y difícil solución, que van llevando a la ciudad  a situaciones límite en los aspectos sociales y ecológicos.

 

Dos procesos explican la transformación de Mérida en zona metropolitana entre 1990 y el 2014. El primero ha sido la disponibilidad de una extensa reserva territorial no sólo dentro del espacio municipal de la propia ciudad sino también de sus municipios adyacentes. Tan sólo dentro de los límites de Mérida más de 9,000 has fueron apropiadas por el Estado entre 1984 y 1988, quién las utilizó como capital político y económico; ya sea para pagar lealtades y favores políticos, botín por ocupar cargos públicos, mecanismos de cooptación de grupos sociales o venta directa para obtener recursos económicos. Esto provocó el inicio de la privatización desordenada y salvaje de la reserva territorial,  y un proceso de especulación desmedido que hizo que la ciudad pasara de poco más de 8,000 has en 1980 a casi 25,000 en el 2014, expandiéndose a un ritmo que ha llevado a la conurbación de sus municipios colindantes hasta integrar un solo espacio metropolitano. 

 

El segundo proceso está ligado de manera directa al reforzamiento de la centralidad comercial y de servicios de la zona metropolitana de Mérida en el contexto de la península de Yucatán, a partir del Tratado de Libre Comercio. Esta centralidad se debe a las viejas ventajas competitivas que ya ofrecía Mérida antes de 1990, en cuanto a su mayor disponibilidad de infraestructura material y humana en el comercio y los servicios, lo que ha permitido que en estos años gran parte de la demanda peninsular siga fluyendo hacia la ciudad, reforzando y modernizando estos rubros. Si bien ni Yucatán ni Campeche han crecido económicamente en estas dos décadas de apertura comercial, y considerados en conjunto no son una región ganadora por la apertura de México a los mercados mundiales, parte de sus actividades económicas siguen incluyendo a Mérida y a la totalidad de su espacio metropolitano, lo que ayuda a la vida económica de la ciudad.

 

Caso aparte es Quintana Roo, quién pese a verse visto afectado por crisis cíclicas, ciclones y bajas de turismo, en las dos décadas consideradas ha podido mantener una alta tasa de crecimiento económico, lo que también ha beneficiado de manera directa e indirecta a la ZMM, no sólo aumentando la demanda de sus servicios y comercio, recibiendo por tanto una mayor derrama económica, sino también por configurar un espacio para expandir las actividades  de empresarios  hacia el caribe, y  de manera muy importante, como un mercado de trabajo para trabajadores no calificados, técnicos y profesionistas meridanos.

 

Después de veinte años el saldo de estos dos procesos ha sido la expansión territorial y el mantenimiento de la centralidad peninsular de Mérida, transformándola en la  zona metropolitana que actualmente conocemos. Es importante recalcar la importancia de estos procesos, ya que la  metropolización no se ha debido a un agudo crecimiento demográfico, ni tampoco al desarrollo de nuevas actividades económicas que generen un  mayor valor de producción en la ciudad o el estado, que se han mantenido con un bajo perfil económico y una magra participación en el PIB nacional. En efecto, la población de la ciudad en el 2014 apenas parece llegar a los 900,000 habitantes y la ZMM en su conjunto al millón, y en las últimas dos décadas Mérida nunca se  ha incluido entre las zonas metropolitanas más competitivas de México, como tampoco lo ha sido el estado de Yucatán. 

 

 La Pobreza multidimensional en Mérida.

En el 2010, fecha del último dato directo sin proyecciones, la población en situación de pobreza en Mérida fue, redondeando cifras,  el 30%  (29.4%) del total, muy inferior a los promedios estatales y nacionales, que  fueron el 48% (47.9%) y el 46% (46.2%). Es decir, la pobreza en Mérida se redujo más de una tercera parte en relación a la del interior del estado y mantuvo aproximadamente ese mismo porcentaje de reducción con los promedios nacionales. De la población en situación de pobreza la mayor parte, el 26%  (26.1%) se ubicaba en pobreza moderada y sólo el 3.0% (3.3%) presentaba pobreza extrema, cifras muy superiores a las del promedio estatal que alcanzaba casi un 10% de pobreza extrema en 2010. En pocas palabras, después de algunos años de auge y muchos de crisis, 50 de cada 100 yucatecos eran pobres y 10 de ellos estaban en pobreza extrema. Por otra parte, 30 de cada 100 meridanos eran pobres y 3 de ellos estaban en pobreza extrema en el año 2010. Aquí cabe observar que la mayor concentración del empleo formal en la ZMM combinado con una mejor infraestructura urbana y un mayor apoyo en la solución de las necesidades de vivienda, educación y salud marcan estas grandes diferencias entre la metrópoli y el resto del territorio.

 

Sin embargo es muy interesante observar como la población vulnerable por carencias sociales era superior en Mérida que el promedio estatal. En Mérida fue el 28% (28.5%) y en el estado el 26% (26.0%); el número de carencias promedio fue parecido, 1.7 en Mérida y 1.9 en el estado. ¿Esto qué significa? Que si bien tenemos una ciudad con menos pobres, la vulnerabilidad de los que ya no lo son sigue siendo alta, y las mayores carencias de la ciudad corresponden a la población que no tiene seguridad social, que es el 41% (41.4%) de los meridanos, ni acceso a servicios de salud, que son el 21% (20.8%). Por supuesto que en conjunto las carencias sociales del interior del estado son mucho más grandes que en Mérida. Por otra parte la población vulnerable por ingresos fue el 9.0% (9.3%), curiosamente superior al promedio estatal que fue de 7% (6.9%) para ese año. ¿Qué hogares pueden dejar de percibir ingresos en el área con mayor empleo formal del estado pero tienen acceso a servicios básicos? Los de la tercera edad, los unipersonales, los de jefatura única y por supuesto los que han perdido el empleo más no los servicios. No olvidemos que Mérida tiene la población más envejecida de la región y que su población mayor de 65 años es superior al 6% y si bajamos el rango a la mayor de 60 casi llega al 10%.

 

Por otra parte la población no pobre y no vulnerable de Mérida fue el 32% (32.8%), muy superior al promedio estatal de 19% (19.2%). La tentación de considerarla una clase media urbana es muy alta, y para entrar a esa discusión tendríamos que conocer mejor otro tipo de dimensiones, pero en muchos sentidos se comporta como tal, en especial en relación a los consumos. Se trata de casi 300 mil personas que son las que mantienen los consumos de las plazas comerciales, compran los vehículos automotores y expanden la demanda de educación privada a todos los niveles. En el caso de Mérida esta población está representada por pequeños empresarios formales e informales, empleados del sector de servicios y comercio, burócratas y ejecutivos. Sin embargo no hay que desdeñar el consumo de la otra tercera parte de la población que aunque continúa siendo vulnerable ya no es pobre por ingresos, y aunque limitado también tiene poder de compra y representa un importante mercado de consumo de bienes no duraderos en la ciudad.

 

El desarrollo de una zona metropolitana en Yucatán no ha implicado la disminución de la pobreza en los municipios conurbados a su capital. En efecto, ninguno de los cinco municipios que se han integrado por continuidad o contigüidad a la conurbación del municipio de Mérida se ha visto contagiado por su tendencia a disminuir la pobreza. La tendencia es contraria: la pobreza ha aumentado. Es decir contra los argumentos tradicionales de que la pobreza tiende a disminuir conforme mayor es la cercanía y contigüidad a los centros urbanos, y que los municipios en mejores condiciones mejoran poco a poco las condiciones de pobreza de los municipios vecinos, generando un desarrollo por irradiación, en la ZMM vemos que la pobreza se ha mantenido por arriba del promedio estatal, y que de hecho la metropolización de Mérida se ha realizado transformando las antiguas comunidades campesinas mayas de los municipios circundantes en suburbios donde se atrae, arrincona y almacena a los pobres de otras partes del estado.

 

La Población Maya en Mérida.

Entre el 2000 y el 2010 los municipios de la zona metropolitana de Mérida mostraron una disminución de hablantes de maya aún más aguda que la experimentada una década antes. Mérida tenía un 10.0% (9.8%) de hablantes de maya, un 5.0% (4.8%) menos que en el 2000. Kanasín y Umán ya no tenían un porcentaje similar al promedio estatal sino que se habían desplomado al 20.0% (19.7%) el primero y al 23.5% el segundo. En el caso de Mérida, la pérdida del maya se revelaba como grave y no era atribuible sólo a la muerte de los ancianos mayas citadinos, sino que también se percibía como resultado de un proceso emigratorio de la propia ciudad, en especial de los jóvenes habitantes de las comisarías y pueblos ubicados en su territorio municipal, que eran los que  conservaban el uso de la lengua. En el 2010 la ciudad tenía ya 760 mil habitantes mayores de 5 años pero sus maya hablantes sólo eran 75 mil. Observamos pues una disminución tanto porcentual como en números totales, atribuible en gran medida al estancamiento económico y la falta general de oportunidades de empleo para los jóvenes mayas de la ciudad.

 

Pero aparte de la lengua hablada, también hay que considerar la identidad. En 2010, al preguntársele a los meridanos si se consideraban o no mayas, la autoadscripción  aumentó considerablemente el número de la población indígena en Mérida y en los municipios de su zona metropolitana. Así, Mérida aumentó de un 10.0% (9.8%) de hablantes de maya a un 43% (42.7%) de mayas autoadscritos. Los demás municipios aumentaron también más del doble, en un porcentaje ligeramente superior al promedio estatal, pero las grandes sorpresas fueron Mérida y Progreso donde se cuadruplicó el número de mayas al preguntarles por su identidad. Kanasín también tuvo un aumento muy significativo y superó a Umán en cuanto a número de mayas con un 57% (57.4%), pese a que en Umán más gente declaró hablar la lengua ese año, señal también de una población más joven en Kanasín que pese a no hablar la lengua se sigue considerando maya. Si tomamos en conjunto la ZMM resalta  la fortaleza y permanencia de la identidad maya en casi la mitad de la población. Situación que las políticas públicas de impacto cultural y educativo deben tomar en cuenta con la mayor seriedad.

 

Por Último

Las profundas transformaciones culturales experimentadas por una metrópoli que se moderniza y cambia a pasos acelerados, no han ido acompañadas de un proceso de desarrollo social que esté al mismo ritmo. Por supuesto que  en el largo plazo, y en especial los últimos veinte y cinco años, pueden notarse cambios culturales, una lenta mejoría económica y social para sus pobladores, y destaca la ampliación  de la infraestructura urbana, mejor que la de muchas ciudades del sureste. Pero las necesidades cambian y aumentan junto con la población. En medio siglo los pobres han disminuido, es cierto…en números relativos, no absolutos, donde han aumentado. Ahora una tercera parte de la población es pobre, pero otra tercera parte sin serlo es altamente vulnerable, sin seguridad social y susceptible de caer de nuevo en la pobreza con rapidez al menor sobresalto económico. Sólo una tercera parte de los meridanos pueden ubicarse, llamarse o auto adscribirse de alguna forma a la  clase media.

 

 Existe una mayor conciencia y visión del mundo exterior, sobre todo entre los jóvenes. Sin embargo el bono demográfico de una sociedad más joven no sólo no ha significado una participación de la mayor parte de los meridanos  en el desarrollo, sino que hace más difícil y riesgoso el futuro para todas las familias de Mérida que ven con preocupación la llegada no del futuro, sino del presente laboral para sus hijos. Tenemos una mejor infraestructura urbana pero la ciudad, como todo el estado, presenta un crecimiento económico endeble y además un  desarrollo social que avanza, sí, es innegable, pero con gran lentitud. Cierto que el hambre ya no es la principal preocupación de la mayoría de los habitantes de Mérida, pero los pobres sumados a los grupos vulnerables siguen siendo las dos terceras partes. Con una perspectiva de bajos salarios y escasas oportunidades de empleo, el futuro no ha dejado de presentarse como una incógnita para los jóvenes meridanos al igual, que lo fue para sus padres y abuelos durante todo el siglo pasado.

 

  A diferencia del autor citado que en 1908 enceguecido por la visión de progreso de Mérida planteaba que el porvenir era ya una esperanza, los actuales meridanos, después de un siglo, aún tenemos que construir nuestro porvenir y nuestra esperanza. Transformar la esperanza en realidad es una tarea que recae sobre nuestros hombros, los de todos, el futuro de Mérida no está sólo en manos del gobierno ni de las instituciones políticas. Está en manos de toda la sociedad. Construirlo es una tarea urgente y colectiva, que los yucatecos y meridanos no debemos ni tenemos por qué encargarle a nadie más.

 

 

                                                                   BIBLIOGRAFÍA

 

AMARO  Gamboa, Jesús

1972   Yucatán, sueño sin fin: crónica de una utopía, México, ed. América.

BEAUVOIR, Simone de

1997    Cartas a Sartre, España, Lumen.

VILLORO, Juan

2009   Palmeras de la brisa rápida, México, Almadía.

ZAYAS Enríquez, Rafael de                 

1908   El estado de Yucatán. Su pasado, su presente, su porvenir, Nueva York, J.J. Little & Ives Co.

                                                         

 

 




[1] Carlota, de Bélgica, Viaje a Yucatán, México, Conaculta, 2011: 36-37. 

[2] Ludovic Chambon, Un Gascón en México, México, Conaculta, 1994: 33.

[3] Rafael de Zayas Enríquez, El estado de Yucatán. Su pasado, su presente, su porvenir, J.J. Little % Ives Co., New York, 1980: 315-318.

[4] Simone de Beauvoir, Cartas a Sartre, Barcelona, Lumen, 1997: 709-710.

[5] Juan Villoro, Palmeras de la brisa rápida, México, Almadía, 2009, pp. 38, 53, 188, 189 y 200.

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