Holot, una “prisión abierta” para africanos en Neguev

NEGUEV, Israel (EFE).- “Lo único que he buscado es un lugar en el que vivir seguro. He renunciado a mi familia, a la posibilidad de conseguir dinero. Sólo quiero vivir en paz. Y no puedo”, narra con tristeza Mohamed Ahmed en mitad del desierto del Neguev, en Israel.

Este sudanés de 29 años, a quien le gusta la idea de hacerse llamar Fidel (como Castro, aclara con una sonrisa divertida), dejó su país hace 7 años después de ver cómo sus padres eran asesinados ante sus ojos.

Desde entonces, su periplo en busca del estatus de refugiado político le llevó a Libia, después a Egipto y por último, a Israel, donde actualmente “reside” en las instalaciones de Holot, en el corazón del Neguev, un lugar que parece ninguna parte.

Conocido por unos como centro de internamiento y por otros como “cárcel abierta”, Holot alberga desde diciembre de 2013 a cerca de 2,000 sudaneses y eritreos que como Mohamed llegaron a Israel tras huir de sus países de origen con la esperanza de ser reconocidos como refugiados políticos.

Sin embargo, denuncian, el Estado les trata como a inmigrantes ilegales y les mantiene en centros de este tipo en el que lo único que pueden hacer es esperar a que sus solicitudes de asilo sean revisadas o a aceptar la deportación voluntaria promovida por campañas gubernamentales.

Manifestaciones multitudinarias, huelgas generales y marchas marcaron desde inicios de este año la lucha de este colectivo que se siente abandonado por el Estado de Israel, a quien solicita revise individualmente sus solicitud y anule la reforma de la Ley de Prevención de Infiltraciones.

Según la última enmienda, aprobada el pasado mes de diciembre, se permite el encarcelamiento de estos inmigrantes durante un año, si son descubiertos sin papeles en regla y después su detención “indefinida” en centros como el de Holot, con más de 3.000 plazas de capacidad.

Israel, aunque es un país firmante de las convenciones internacionales sobre asilo político, no concede el estatus de refugiado político a casi ningún emigrante de Eritrea y Sudán y, aunque les garantiza no ser deportados, no les ofrece permisos de trabajo.

Esta condición, ligada al hecho de que los internos pueden salir pero deben registrarse tres veces al día -por la mañana, mediodía y noche- dificulta aún más su relación con el mundo exterior y la normalización de su situación.

“Holot- cien por cien prisión”, “No a la discriminación” o “Ser negro no es un delito” son algunos de los mensajes que lanzan los manifestantes concentrados a las puertas del centro durante una protesta celebrada con motivo del Día del Refugiado.

Durante el evento, el sol castigador no evita que se produzcan numerosas muestras de afecto entre los internos y activistas israelíes que se trasladan desde distintos puntos del país para acompañar a estos inmigrantes en lo que parece un viaje a ningún lugar.

“La idea es mostrarles que no están solos, porque muchos de ellos no tienen ninguna familia aquí. Pero no es solo activismo. Algunos llevan aquí varios años, yo vengo a visitar a amigos”, explica a Efe Haget, una activista israelí que una vez a la semana viaja cerca de tres horas desde Tel Aviv hacia las instalaciones, situadas a casi una hora de distancia de la ciudad más cercana, Bersheva.

“Nuestro gobierno se está equivocando en el trato que ofrece a estas personas”, mantiene mientras busca un resquicio de sombra junto al muro que distingue a Holot de dos cárceles cercanas, únicas vecinas del centro.

Los cánticos por la libertad y el respeto hacia los solicitantes de asilo como humanos “y no animales” dan paso a numerosas charlas en las proximidades del centro.

“Nadie es feliz abandonando su familia, abandonando su hogar, dejando todo atrás. El Gobierno debería entender que no somos criminales”, vocea uno de los internos micrófono en mano.

“Lo único que pedimos es que se reconozcan nuestros derechos más básicos”, agrega.

Y no hablan sólo de la concesión del estatuto de refugiado, sino de mejorar sus condiciones dentro de Holot.

Un conocido grupo de activistas israelíes proveyó a los internos con cámaras fotográficas, con las que han buscado documentar la precaria situación en la que se encuentran día a día.

“Nuestro color de piel, nuestro dinero, supone un negocio que se traduce en centros como estos”, denuncia Samuel “Love” -como decide llamarse-, un eritreo de 34 años.

“Todos juntos continuaremos nuestra lucha, seguiremos juntos hasta que por fin nos concedan nuestra libertad”, grita mientras sigue esperando con incertidumbre, junto a otros muchos, a conocer cómo proseguirá un camino que quedó interrumpido en algún punto recóndito del desierto.




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