Marroquíes defienden a cara descubierta el cultivo de cannabis

MARRUECOS (EFE).- Varios centenares de pequeños agricultores del norte de Marruecos que se dedican a la plantación del kif (como se llama en Marruecos al cannabis) defienden este fin de semana por primera vez a cara descubierta el final de su persecución y su derecho a cultivarlo.

En un acto inédito celebrado en la población montañosa y rifeña de Bab Berred, en el corazón de la cordillera del Rif, al norte del país, los campesinos se atrevieron a relatar en público sus vivencias y sufrimientos con la planta a la que prefieren llamar kif.

Los agricultores y naturales de esta región, que junto a Ketama es considerada una de las zonas históricas conocidas por el cultivo del cannabis (con la que después se fabrica el hachís), relatan con amargura las dificultades diarias que sufren cada día con esta planta que es su sustento, y que vive entre la tolerancia y la represión.

Las persecuciones policiales constituyen el problema mayor que acongoja a los cultivadores del cannabis- según las cifras presentadas por el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM, en la oposición), promotor de esta iniciativa y de una propuesta de ley que pide legalizar el cultivo de esta planta para fines farmacéuticos e industriales, cerca de sus 48.000 agricultores están “técnicamente” buscados por la policía.

Las persecuciones a menudo proceden de partes anónimas, que buscan un ajuste de cuentas por el mero hecho de que un agricultor se niegue a ofrecer en matrimonio a su hija e incluso por chantaje de la misma policía que pide sobornos a cambio de silencio.
Esto hace que la mayoría de estos “buscados” se refugien en los bosques, se separen de sus familias y además que no se atrevan, ni ellos ni sus hijos, a acercarse a una administración o a beneficiarse de un servicio publico (sanidad, educación o pedir algún documento administrativo) por temor a ser arrestados.

Solo el hecho de llevar un DNI con la indicación “LC” (que remite a la zona de Bab Berred) o un vehículo con la matrícula de esta región constituyen motivos suficientes para convertir a cualquier lugareño en un sospechoso, y blanco predilecto de registros e interrogatorios policiales, denuncian la mayoría de los agricultores en sus testimonios.

Una situación que crea un sentimiento de temor e inseguridad crónicos entre los campesinos que, aunque se atreven en esta ocasión a contar su sufrimiento en público, murmuran entre sí su temor a ser detenidos a su salida y miraban con escepticismo a cualquier “extraño” que se acercara a ellos.

La “hogra” (humillación) surca las caras de estos campesinos de aspecto cansado y humilde, que reivindican “un indulto general” para los perseguidos, además del final de los registros por sorpresa de sus casas, como prioridad absoluta antes de empezar a debatir otras soluciones como la legalización del cultivo del kif.

Denuncian el doble rasero que tiene el Estado con el kif y con el alcohol (producto cuyo venta está teóricamente prohibida para los musulmanes, según una ley que nunca se aplica), y se preguntan porqué la policía no persigue con el mismo ahínco a los propietarios de viñas y bodegas.

Claro que los campesinos evitan en todo momento aludir al proceso posterior al que se somete el kif hasta convertirlo en hachís, destinado esencialmente a la exportación hacia el mercado europeo, y todos insisten simplemente en su derecho a cultivar la planta o fumarse un sebsi, preparado tradicional del kif en polvo.

La legalización del cultivo del cannabis o sus usos posteriores con fines industrial o médico son asuntos que no interesan a los campesinos, preocupados solo por continuar con un cultivo que les garantiza como ninguna otra en estas tierras difíciles un ingreso mensual digno.

Marruecos se considera el principal productor de hachís del mundo y, según las últimas cifras disponibles, tiene 47.000 hectáreas destinadas a esta planta en el norte del país, una zona de orografía muy complicada y temperaturas extremas donde no prosperan otros cultivos.

“Aquí plantas patatas y te sale el kif. Dios quiso que esta tierra sea de esta planta”, grita Omar, uno de los agricultores de la zona quien en medio de los entusiastas aplausos de los asistentes”.

Para estos agricultores la plantación del cannabis es una “cuestión existencial” que les garantiza el pan de cada día y sobre todo un rasgo de identidad histórica y patrimonial- “Bab Berred sin cannabis es como Marraquech sin su plaza de Yemaa el Fna”, sentencia otro de los lugareños.

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