Crisis en Crimea divide a pequeña población

NOVO-OZERNE, Ucrania (AP).- Durante años, esta pequeña población de Crimea estuvo aislada del mundo: era una comunidad sigilosa junto a una estratégica base naval rusa, cerrada por retenes y guardias armados.     

En la actualidad, para llegar a Novo-Ozerne, uno tiene que recorrer un camino estrecho y con baches a través del campo, pasando por granjas colectivas abandonadas hace décadas y aldeas que aún al mediodía parecen desiertas.      

Ya no queda mucho en el pueblo, sino sólo algún barco que pasa ocasionalmente luego de navegar por la estrecha ensenada del Mar Negro hasta este lugar aislado, algunos edificios navales semiderruidos y un arsenal rodeado por alambres de púas. Pero los rusos lo quieren.     

Y este pueblo olvidado ahora está profundamente dividido entre los que recibieron alborozados el fin de semana a decenas de soldados rusos en uniformes sin insignias, y aquellos que respaldan a los ucranianos que se niegan a entregar sus armas.   “Sabemos quiénes son y consideramos (que lo que hacen) es terrorismo”, dijo Serguei Reshetnik, un empresario local que está furioso por la llegada de los rusos. “Sólo queremos vivir con tranquilidad”.     

El enfrentamiento en Novo-Ozerne entre los soldados rusos y ucranianos es una escena que se presenta en toda Crimea, desde que Rusia tomó de hecho el poder político en la estratégica península del Mar Negro e instauró un gobierno regional ruso respaldado por cientos _acaso miles_ de soldados. La toma del poder se produjo después de meses de manifestaciones callejeras en Kiev, la capital de Ucrania, que a la larga derivaron en la caída del presidente prorruso Viktor Yanukovich. El nuevo gobierno se ha apartado bruscamente de Moscú y busca estrechar lazos con la Unión Europea.     

Pero si Rusia esperaba que los soldados ucranianos le entregaran sus armas con sólo pedírselas, la realidad resultó ser mucho más complicada. Las instalaciones militares en Crimea, muchas de ellas rodeadas o tomadas por los soldados rusos, se han negado a rendirse, lo cual eleva las tensiones y los temores de batallas campales. El nuevo gobierno les ha dado órdenes de permanecer leales a Kiev.     

En Novo-Ozerne el enfrentamiento estaba en un impasse el lunes por la tarde. Después de una confrontación inicial, los rusos alejaron sus efectivos de la base y ocuparon un edificio abandonado, en tanto una decena de soldados fuertemente armados cavaban trincheras apresuradamente frente al arsenal.     

Los comandantes han hablado un par de veces para evitar cualquier derramamiento de sangre accidental, y la escena parecía relativamente normal en la base, donde los soldados entraban y salían con sus esposas o novias.     

Fuera del arsenal, miembros de los grupos de autodefensa prorrusos _que suelen colaborar estrechamente con las fuerzas rusas_ instalaron un perímetro para inspeccionar los vehículos que salían del lugar.     

Estaban encantados con la presencia de los rusos.   Consideran que lo sucedido en Kiev fue un golpe de estado protagonizado por fascistas antirrusos que castigarán a los habitantes de etnia rusa que dominan esta parte de Ucrania. Por eso se aseguran de que no salgan armas del arsenal, dicen.  “No queremos convertirnos en otra Yugoslavia”, dijo Alexei Masliukov, un vecino que organizó el retén, situado a escasos 15 metros (50 pies) de donde los rusos montaban guardia con armas automáticas, los rostros cubiertos por pasamontañas.      

En muchos sentidos, la situación en este pueblo es inusual. Crimea era una de las joyas de la corona de los zares y del imperio soviético, y a lo largo de los años grandes contingentes de rusos se radicaron en la región. Después de la caída de la Unión Soviética, cuando Ucrania obtuvo su independencia, muchos habitantes de Crimea siguieron considerándose rusos antes que ucranianos.     

Según lo que se ve, la mayoría de los habitantes de la península acogieron de buen grado a los soldados rusos, y apenas unos pocos apoyan a los ucranianos.     

Pero en este pueblo, cuyo aspecto es típico de la decadencia postsoviética con sus bloques de apartamentos idénticos y sus tiendas abandonadas, reina la diversidad. Hay rusos y tártaros, el pueblo turcomano que otrora dominaba Crimea. Hay azeríes, gitanos y judíos. Pocas de estas personas sienten lealtad hacia Moscú.     

El poblado, antes de 12.000 habitantes, tiene ahora menos de la mitad. Tras la independencia los soviéticos partieron con sus buques, y las instalaciones navales quedaron reducidas a bloques de hormigón y armamentos de hace décadas.  “Lo que no querían, lo dejaron aquí”, dijo Reshetnik.     

Ahora el pueblo depende en gran medida del turismo veraniego. La población se duplica durante los meses de verano, cuando llegan miles de turistas atraídos por unas vacaciones baratas en la playa.     

Muchos temen que el enfrentamiento espante a los turistas.  “La temporada de turismo será un fracaso”, gruñó Reshetnik. “La gente ya está en quiebra”.     

Decenas de vecinos se congregaron el lunes por la mañana para demostrar su apoyo a los ucranianos. Muchos gritaban con furia a los rusos para que se fueran de la entrada principal de la base. Y lo cierto es que los rusos se retiraron pronto.     

El comandante en funciones de la base sonrió al ver ese hecho.  “He hablado con ellos; sé que están dispuestos a colocarse como defensores entre nosotros y los rusos”, dijo Vadim Filipenko.     

Es evidente que sus fuerzas están ampliamente superadas en armamento. De todas formas, los soldados ucranianos se preparan para un ataque, montan guardia en la entrada con los dedos cerca de los disparadores de sus AK-47.     

Pero el vehículo blindado a sus espaldas, con sus neumáticos pintados con grafitti y su carrocería parcialmente oxidada, parece haber sido, hasta hace unos días, apenas un elemento decorativo. 




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