Costarricense atribuye milagro a Juan Pablo II

Costarricense atribuye milagro a Juan Pablo II

 TRES RIOS, Costa Rica (AP).- En un cálido día de primavera, Floribeth Mora estaba en su cama esperando morir de un aneurisma cerebral inoperable, cuando miró una fotografía del papa Juan Pablo II en un periódico. “Levántate, no tengas miedo”, le habría dicho el pontífice a Mora, recuerda ella.

Mora, sus médicos y la Iglesia católica aseguran que su aneurisma desapareció ese mismo día, en un milagro que despejó el camino para que el papa sea canonizado el 27 de abril en una ceremonia en el Vaticano en la que Mora será invitada de honor. Para Mora, el milagro fue apenas el inicio de su metamorfosis de una mujer enferma y desesperada a un símbolo adorado de la fe para miles de costarricenses y católicos en todo el mundo.

Mora, de 50 años, ha recibido a numerosos visitantes locales y extranjeros en su modesta casa en un barrio de clase media en las afueras de San José, la capital de Costa Rica, y acepta invitaciones para hasta cuatro misas al día. Los fieles le han dado tantas cartas para entregarle al papa Francisco, que tuvo que comprar otra maleta.

Mora dejó sus estudios de leyes, que había iniciado recientemente, y gran parte de su trabajo para el negocio de seguridad de la familia para dedicarse por completo a su papel como símbolo de la fe en Costa Rica. Dice que no escucha a los escépticos que dudan que realmente fue sanada.

“Cada uno que crea lo que quiera”, le dijo a The Associated Press durante una visita a su casa. “Lo que yo sé es que estoy sana”. A Mora le diagnosticaron un aneurisma cerebral y fue enviada a su casa a descansar y tomar analgésicos en abril de 2011 luego que los médicos dijeron que el problema era inoperable.

Mora, que pensó regresaba a su casa a esperar la muerte, miró la foto del papa Juan Pablo II el 1 de mayo, el día de su beatificación seis años después de su fallecimiento. Entonces, dice, la foto le habló. Sorprendió a su familia caminando por todas partes y, después de que los médicos la declararon curada, los rumores llegaron muy pronto a una iglesia local y de ahí al Vaticano. Hoy, Mora dice que hablar de su experiencia se ha vuelto su vocación.

“Es tanta la gente que tengo que atender que dejé suspendido momentáneamente el estudio. Es tanto lo que tengo que hacer que voy a dedicarme primero a contarle al mundo el testimonio de la grandeza de Dios y lo que ha hecho en mí”, dice Mora. Dice que a veces la gente pregunta si la experiencia fue imaginada, o resultado de una enfermedad mental.

“Hay gente, hasta periodistas, que han cuestionado lo mío y han preguntado si me han hecho exámenes psiquiátricos. No me molesta, no tengo por qué dudar de lo que soy, estoy sana y es lo más importante”, afirma Mora, hija de un zapatero y una costurera y nacida en un barrio pobre en el sur de San José. Sus nietos corren por los estrechos pasillos de la casa en la que vive con su esposo, un policía jubilado. Imágenes del papa Juan Pablo II, del niño Jesús y la Virgen María adornan casi todas las paredes de la casa.

El jardín trasero tiene aromas de orégano y romero que ella usa en la cocina, y es compartido por un par de gallos, tres conejos y algunos patos. Su hijo de 15 años, el menor de los tres, dice que su mamá a veces va a hasta cuatro misas en un día.

“Tengo que estar allí”, dice ella. Mora a menudo se siente abrumada por los pedidos de oraciones que los fieles le piden que le lleve a Francisco. “Tengo que comprar una maleta especial para esas cartas, porque algunas son paquetes grandes”, dice.

Mora está llena de entusiasmo por conocer al papa, a quien admira por su humildad y los cambios que ha hecho en la Iglesia. Aunque se ve cansada, dice que se siente bien, y que ninguno de los síntomas que la tuvieron al borde de la muerte hace tres años ha regresado. No tiene dudas de que le debe la vida a Juan Pablo II.

“Que lo declaren santo es importante, pero para mí él ya es un santo”, dice. “Lo que nunca me imaginé es que yo iba a formar parte de todo esto”.




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