Brasileños y mexicanos nos parecemos, pero no nos conocemos

 

Por Luis Alberto García

SAO PAULO (Notimex).- “Los mexicanos y los brasileños nos parecemos; pero no nos conocemos”, dijo el embajador de Brasil en México, Marcos Raposo Lopes, el 7 de septiembre pasado en la ceremonia conmemorativa del Grito de Ipiranga, que marca históricamente la Independencia del país sudamericano en 1822.

Sin embargo, le faltó explicar que sí hay paralelismos extraordinarios que tienen al futbol como pretexto, ingrediente y detonante de la simpatía y el afecto existentes entre uno y otro país a lo largo de más de un siglo.

Esto se debe a que ese deporte nació, creció y se desarrolló al mismo tiempo y bajo parecidísimas circunstancias entre México y Brasil, en las cuales personajes de nacionalidades y origen europeo fueron determinantes.

Juan Villoro, fanático del Necaxa y del Barcelona desde que él mismo recuerda y autor del libro con memorables ensayos deportivos reunidos, “Dios es redondo”, escribió que “ha habido épocas de claro sentido de la pertenencia en las que la gente se define por un vínculo con sus ciudades”.

La realización del XX Campeonato Mundial de Futbol, en Brasil en 2014, obliga a recordar que Río de Janeiro y Sao Paulo, así como la Ciudad de México y Guadalajara, son parte de esas afinidades que merecen una revisión, pues como sedes de dos Copas del Mundo cada uno –México 1970 y 1986 y Brasil 1950 y 2014, las dos naciones guardan una hermandad entrañable e irrepetible.

En esas situaciones estamos, en torno y frente a un deporte tan popular y vital, apasionante y vivificante, que ha opacado a cualquiera otro, atrayendo a los estadios a cientos de miles de aficionados, como ocurrirá una vez más en una docena de ciudades brasileñas el verano próximo.

Como en Brasil, el futbol se juega en México en todas sus formas y niveles y, en el ámbito institucional, cuenta con la Primera División, la Liga de Ascenso, la Segunda y la Tercera División, y un sector amateur igual al que imperó hasta 1943.

Esto casi medio siglo después de que en 1898, en Orizaba, Veracruz, se fundara el Orizaba Athletic Club, con ramas en cricket y otros deportes, pero no sería sino hasta 1901 cuando se organizaría el equipo de futbol, a cargo de Duncan Macomish, empresario textil escocés radicado en esa ciudad eternamente lluviosa.

Aída Suárez Chávez, cronista de la historia hidalguense en varios libros editados en años recientes, nos recuerda que en 1901 en el mineral de Real del Monte se integró el Pachuca Athletic Club.

Su nacimiento fue gracias al empeño del ingeniero Frederick Morris, de su esposa Charlotte Scoble y de trabajadores, en su mayoría originarios del condado de Devon, en Cornualles, suroeste de Gran Bretaña, con una clara influencia que luego se contagió a la capital de la República Mexicana.

Ahí cobraron vida el México Cricket Club en 1901, el Reforma Athletic Club y el British Club en 1902, integrados exclusivamente por ingleses, como en el caso de Brasil gracias a Charles Miller y Oscar Cox, dando paso al nacimiento del Club Deportivo Guadalajara en 1906, a iniciativa del belga Edgar Everaert.

Igual que en el país donde el futbol es parte del ser nacional brasileño, en 1902 se constituyó la Liga Mexicana de Football Association con los cinco cuadros mencionados, terminando con éxito la primera competencia formal: el Orizaba resultó triunfante y por eso es considerado el primer campeón del futbol mexicano.

En Brasil se atribuye a Hans Nobiling, alemán llegado a Sao Paulo en 1897, la organización del primer encuentro oficial disputado en el país cuatro años después, a quien se sumó Oscar Cox, británico radicado en Río de Janeiro, a su vez responsable de la celebérrima y centenaria rivalidad entre cariocas y paulistas; es decir, los enfrentamientos protagonizados fragorosamente a principios del siglo XX entre clubes de ambas ciudades.

Nobiling fundó en 1899 un club que originalmente llevó su nombre, pero única y exclusivamente como pasatiempo de un círculo cerrado, exclusivo, para ricos, blancos y rubios, practicado con espíritu fraterno y sin demasiada rivalidad, obedeciendo a la frase del barón Pierre de Coubertin, de que era mejor competir que ganar.

Al equipo Mackenzie del padre fundador y pionero del balompié brasileño, Charles Miller, quien indefectiblemente usaba botines McGregor fabricados por William Shillcock, se le apareció como rival el Sport Club Germania, como Nobiling había bautizado a su creación, puesto a disposición de la colonia alemana para que practicara el futbol.

Aunque permaneciera siempre en último lugar, portando la linterna roja del cabús en aquellas rústicas competencias y contar con el estilo vigoroso de jugar de Hermann Friese, considerado un fenómeno de la época.

En 1906 Germania logró el primer título de campeón paulista luego en 1915, aunque con dos torneos diferentes, unificados dos años después para mostrar mayor fortaleza, sin imaginar ni de lejos que aquellos rudos jugadores hijos de europeos, mezclados con la habilidad de los mestizos y la cadencia rítmica de los negros -discriminados hasta entonces-, con los años harían de Brasil una potencia universal incontestable.

 




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