Ser catequista, una bendición

El apostolado en el penal, labor que llena de felicidad

El apostolado del penal es lo máximo; da trabajo llegar.., cuando entras y te entregas te llena de felicidad.

Las enfermedades casi me han postrado, pero nunca se ha cerrado la llave en mi corazón que me impulsa a hablar de Dios a mis hermanos. Muchos años estuve de catequista en mi parroquia, convencida de mi misión como tal. Sin embargo, Dios tiene sus tiempos y lugares, así que de la parroquia pasé a la penitenciaría.

Aunque mi cuerpo no siempre responde, pues tengo mal la columna, Dios sigue encendiendo en mi interior el deseo de evangelizar, y mi corazón y mi boca están dispuestos. Prácticamente ya no manejo, caminar el trecho del estacionamiento hasta donde doy las clases a los presos es muy difícil, pero gracias a Dios y a mis presos sigo. Él nos da la fuerza y recientemente me mandó a una amable señora que se ha ofrecido a pasar por mí y acompañarme en esta bella tarea.

A continuación les narro algunos de los regalos que Dios me ha hecho en este apostolado. Él sabe que mi intención es darle gloria y compartir el gozo que me inunda.

Un domingo salí a comprar; de repente, un hombre golpea y golpea mi cristal (y) pensé, ya me asaltaron, pero algo me movió a abrir un poquito mi cristal para escuchar: “Soy yo, doña, ¿no se acuerda de mí? Usted no se imagina cuánto tiempo hace que quiero verla y agradecerle…”. Me habló de su familia, sus hijos, cómo había mantenido su trabajo y lo feliz que era al recordar lo que les enseñábamos las catequistas cuando íbamos al penal. Nos despedimos y cerré los ojos para decirle a Dios: gracias.

Otro día, entrando al penal se me acerca un señor con el que nunca había conversado, era de ésos que pasaban por las clases, se quedaba un rato, luego se iba y no participaba. Y ese día abrió su corazón y me dijo: “He venido varias veces a esperarla a la puerta, pero me decían que ha estado enferma y por eso no había venido. Sólo quería darle las gracias, ya que cuando estuve dentro no tenía el valor para hablar con usted…”.

En otra ocasión, al entrar a mi parroquia escucho el grito de un hombre, estaba con una señora y me dice: “Doña. véame, tengo familia, mi moto; no se me olvida todo lo que recibí, ya soy un hombre de bien”. No los quiero cansar, así que sólo les cuento un suceso más. Recientemente, en la puerta del penal me encuentro con uno de ellos, jamás se sentaba a escuchar la clase, pues iba y venía entregando mensajes, llevando cosas, la verdad es que interrumpía bastante, pero era buena persona y él trataba de cumplir con su trabajo. Por motivos de salud sale del penal y no lo volví a ver hasta ese día que me pidió que saludara a todos, ya que para él el penal se convirtió en su casa y las personas con las que convivió fueron una familia.- Catequista.- Si tienes un testimonio para compartir comunícate con Ana María al 944-96-73 o escribe al correo [email protected]




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