La voz del pastor: Epifanía del Señor

La voz del pastor: Epifanía del Señor

Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

Celebramos con especial alegría la solemnidad de la “manifestación” de Cristo a los gentiles, representados por aquellos misteriosos personajes llegados de Oriente. Celebramos a Cristo, que es la meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación.

En la primera lectura hemos escuchado al profeta, inspirado por Dios, que contempla a Jerusalén como un faro de luz, que, en medio de las tinieblas y de la niebla de la tierra, orienta el camino de todos los pueblos. La gloria del Señor resplandece sobre la ciudad santa y atrae ante todo a sus hijos deportados y dispersos, pero al mismo tiempo también a las naciones paganas, que de todas las partes acuden a Jerusalén como a una patria común, enriqueciéndola con sus bienes.
En la segunda lectura se nos ha propuesto nuevamente lo que el apóstol san Pablo escribió a los Efesios, es decir, que la convergencia de judíos y gentiles, por iniciativa amorosa de Dios, en la única Iglesia de Cristo era “el misterio” manifestado en la plenitud de los tiempos, la “gracia” de que Dios lo había hecho ministro. Dentro de poco, en el Prefacio cantaremos: “Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación”.

Dos aspectos del relato evangélico

Primero: La estrella: Es un elemento muy importante en este pasaje, central, porque a ella se le confía la tarea de guiar a los Magos a su meta, de aclarar sus notas de viajes, de indicar con precisión el lugar de la presencia del Señor, de alegrar grandemente sus corazones. En la Biblia las estrellas acompañan siempre a las personas como signos de bendición y de gloria, son como una personificación de Dios, que no abandona a su pueblo, y al mismo tiempo, una personificación del pueblo, que no se olvida de su Dios y lo alaba, lo bendice .

Muchas veces Dios compara la descendencia de Abrahán a las estrellas del cielo, como si cada hombre fuese una estrella, que nace para iluminar las noches: “Mira al cielo y cuenta las estrellas… Así será tu descendencia” . También Jesús es una estrella, la estrella que sale de Jacob que surge de lo alto, la estrella radiante de la mañana, como dice el Apocalipsis . En Él, de hecho, ha tomado carne aquel amor infinito de Dios, que se inclina hacia nosotros, sus hijos, y abre las palmas de las manos para recogernos y acogernos. Sólo un amor así puede dar a nuestra verdadera debilidad la capacidad y el coraje, que nos lleva hasta Belén, al lugar donde Dios aparece para nosotros.

Segundo: La adoración: El gesto de la adoración es tan antiguo como el hombre, porque, de siempre, la relación con la divinidad ha estado acompañada de esta exigencia íntima de afecto, de humildad, de propia entrega. Delante de la grandeza de Dios, nosotros, pequeños, nos sentimos y nos descubrimos cada como un grano de polvo, una gota en el océano. Ya en el Antiguo Testamento el gesto de la adoración aparece como un acto de profundo amor hacia el Señor, que pide la participación de toda la persona: la mente, la voluntad, el afecto y el cuerpo que se inclina, se postra en tierra.

Muchas veces se ha dicho que la adoración va acompañada de la postración rostro en tierra; el rostro del hombre, su mirada, su respiración, vuelve al polvo del que ha sido sacado y allí se reconoce como creatura de Dios, como aliento de su nariz. “Vengan, adoremos postrados, de rodillas delante del Señor que nos ha creado”, dice el salmista: es la invitación que la Biblia nos hace todos los días, indicándonos el camino a seguir, para llegar siempre de nuevo a la verdad y así, poder vivir en plenitud.

¿Eran Reyes? La Biblia nada dice al respecto. San Mateo sólo habla de unos Magos de Oriente. En realidad, serían sacerdotes persas, astrólogos, que habrían visto una constelación de estrellas, pero que buscaban a Dios en el sagrario de su conciencia, y allí se encontraron con la Verdad que cambió el rumbo de sus vidas .

¿Cuántos eran? Nada nos dice la Biblia acerca del número. Como tres eran los obsequios, pronto se identificó un personaje por regalo, y así se introdujo en nuestra tradición el número de tres.

El significado de los dones. El oro era propio de los reyes, por eso se lo ofrecen a Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores. Rey de la vida y del corazón, de la historia y del universo. Rey del tiempo presente y del tiempo final. El que es, el que era y el que va a venir.

El incienso es propio de la divinidad. A ella se ofrece su aroma. Y la mirra es propia de la condición mortal: con ella se ungen los cuerpos para la sepultura, y era un signo de la pasión redentora de Jesús.

El significado de esta fiesta

Los buscadores de la luz. Los magos representan a todos aquellos que sin una revelación explícita de Dios, sin embargo buscan la luz, la verdad, la vida, la paz, la justicia, el amor, lo bello, el bien, ya sea porque está revelado en sus religiones por las “semillas del Verbo esparcidas en ellas, o bien porque son fieles al Dios que les habla en el sagrario de su conciencia, aún sin creer en Él o sin buscarlo explícitamente; pero sí implícitamente en los valores señalados.

Dejarlo todo. Aquellos magos dejaron todo para ir hacia lo desconocido ante el mensaje de Dios. Lo mismo hizo en otro tiempo Abraham, el padre de la fe: dejaron sus comodidades, sus palacios, sus familias, su entorno conocido, para ir hacia lo que no sabían. No temieron las dificultades del larguísimo camino, ni al llegar o antes de irse, pasaron por la posada a descansar o se quejaron ante María y José de los imprevistos del viaje. Van y vienen guiados por esa luz interior que no les hace desviarse de su camino.

Recapitulación

Han transcurrido veinte siglos desde que ese misterio fue revelado y realizado en Cristo, pero aún no se ha cumplido plenamente. El papa Juan Pablo II, al inicio de su encíclica sobre la misión de la Iglesia, escribió que “a finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos”. Surgen espontáneamente algunas preguntas: ¿en qué sentido, hoy, Cristo es aún luz de los pueblos? ¿En qué punto está este itinerario universal de los pueblos hacia él? ¿Está en una fase de progreso o de retroceso? Y también: ¿quiénes son hoy los Magos? ¿Cómo podemos interpretar, pensando en el mundo actual, a estos misteriosos personajes del Evangelio?

Dios se reveló en la historia como luz del mundo para guiar e introducir por fin a la humanidad en la tierra prometida, donde reinen la libertad, la justicia y la paz. Cada vez somos más conscientes de que por nosotros mismos no podemos promover la justicia y la paz, si no se nos manifiesta la luz de un Dios que nos muestra su rostro, que se nos presenta en el pesebre de Belén, y que se nos presenta en la cruz.

La fiesta de la Epifanía nos muestra a Dios que está en peregrinación hacia el hombre. Pero no existe sólo la peregrinación del hombre hacia Dios; Dios mismo se ha puesto en camino hacia nosotros. En efecto, Jesús no es sino Dios que, por decirlo así, sale de sí mismo para venir al encuentro de la humanidad. Por amor se ha hecho historia en nuestra historia; por amor ha venido a traernos el germen de la vida nueva y a sembrarla en los surcos de nuestra tierra, para que germine, florezca y dé fruto.

Conclusión

Queridos hermanos, todas estas fiestas de fin de año y de comienzo de uno nuevo nos hablan de la necesidad de recibir a Dios y de darlo a conocer a través de un cambio real en nuestra vida, personal y comunitaria. Por eso es necesario que hoy nuevamente pensemos en la oportunidad que tenemos de iniciar ese camino comunitario de conversión.

Se nos ha dicho que la mejor manera de lograrlo es que nuestras familias integren las Pequeñas Comunidades Parroquiales. Lo importante es que queramos empezar esa experiencia, que nos pongamos manos a la obra.

En las manos de la Santísima Virgen María, “que con su ‘sí’ abrió la puerta de nuestro mundo a Dios” , pongo los frutos de esta celebración. Así sea.

Mérida, Yuc., Méx., 5 de enero de 2014.




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