La voz del pastor

Por Monseñor Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

II Domingo de Pascua. Hech 2, 42-47; Salmo 117; Pe 1, 3-9; Jn 20, 19-31

“Dichosos los que creen sin haber visto”

Celebramos el segundo domingo de Pascua y, según un decreto del papa Juan Pablo II en el año 2000, este domingo es llamado Domingo de la Divina Misericordia.Este año es especial porque precisamente es la fecha de la canonización del papa Juan Pablo II y de Juan XXIII, ya que a partir de hoy son como santos dentro de nuestra Iglesia.Quisiera que relacionáramos la santidad con la misericordia, porque es precisamente la misericordia la que nos introduce en el Plan de Dios.

Muchas veces, ante el pecado y la tribulación nos sentimos desamparados y hasta indignos del amor de Dios. Pero precisamente esta celebración nos recuerda que desde sus llagas, desde su sangre preciosa derramada en la cruz, Jesús nos está diciendo: “Así te amo, éste es el tamaño del amor que tengo por ti, te amo más allá de mi propia vida, te amo hasta este extremo de llagas, de sangre y de muerte”. Y cuando nosotros sentimos que el diluvio del amor de Dios nos baña, esa agua santísima del cielo borra, aparta, vence en nosotros el poder del mal y del pecado. Es decir, comenzamos a confiar en su misericordia y su perdón, que nos invita a acercarnos por medio del arrepentimiento y la contrición a ese corazón de Cristo que late por cada uno de nosotros.

I.- Hech 2, 42-47. Este texto describe la comunidad de Jerusalén con los elementos que le son característicos: vida comunitaria, el culto, comunidad de bienes, oración.a) El culto (Hech 2, 42). Los elementos que definen la vida de la comunidad son:1. Asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, que era una explicación de las Sagradas Escrituras a la luz del acontecimiento de Cristo.2. La unión fraterna, que se proyecta incluso en la comunicación de los bienes que se comparten, que refuerza la unión de los corazones que resulta de la misma fe, y de la participación de los bienes recibidos por Cristo.3. La fracción del pan, que sería el rito de la Eucaristía.4. La oración, que es la que se realiza en la comunidad y que era precedida por uno de los apóstoles.Para confirmación de estos cuatro aspectos de la vida comunitaria de la comunidad primitiva, el texto menciona los signos y prodigios realizados por los apóstoles que tienen un grande significado para la conversión de los nuevos creyentes y para la consolidación de todos los miembros de la comunidad. “No hay comunidad cristiana sin el conocimiento y, por ende, sin la predicación de Cristo, ya que no se da la fe sin la predicación” (Rm 10, 14).(Stanislaus Lyonnet).b) La comunión de los bienes (Hech 2, 44).San Lucas subraya el clima de ambiente, de unión y de compartir en orden a la comunión fraterna, traducido a la vida práctica en el hecho de poner en común los bienes y las propiedades materiales y, así, esta comunidad primitiva se vuelve un verdadero modelo para la Iglesia de todos los lugares y de todos los tiempos, un ideal al que hay que tender y que engendra una dinámica de renovación y reforma.El gozo de la fe, la oración (Hech 2, 46). Así se da lo que se llama Koinonia, unión fraterna que procura la comunión de bienes e igualdad socioeconómica; para construir una comunidad no basta encontrarse para celebrar juntos la liturgia dominical, debiera ser una comunidad-familia a lo largo de toda la semana.Los creyentes frecuentaban el templo a la hora establecida para cumplir con las oraciones a las que estaban acostumbrados. A éstas se añadía el rito nuevo, de la “fracción del pan” efectuada en las casas, el alimento eucarístico, que se concluía con el alimento de la comida realizada en familia.

Esta vida de la comunidad cristiana tiene la tonalidad, está influenciada y animada del gozo que se engendra por la fe y genera simpatía por parte de todo el pueblo y se contagia, comunica y extiende. Es obvio que el cuadro aquí presentado es una descripción ideal de San Lucas con respecto a la comunidad primitiva.II.- 1Pe 1, 3-4. Pedro pronuncia en este trozo que hemos escuchado el himno memorable para todos aquéllos que aman al Señor sin haberlo visto, y no por una imposición, sino por un gozo indecible y glorioso, con una “alegría radiante e indescriptible” que proyecta el don de la fe, para “alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe”. Una fe que viene por la esperanza con la fuerza de la resurrección de Jesucristo.

Y que, aunque encuentra pruebas, es ahí donde se siente fortalecida para seguir al Señor, que padece y resucita, pero siempre en el marco de esa fe gozosa llena de esperanza.Una fe comprometida, operante, valiente, que “no se corrompe ni se mancha”, y que, no obstante obstáculos de sacrificio y sufrimientos, “como el oro acrisolado por el fuego”, está siempre orientada y atraída por la meta de la salvación y el encuentro definitivo con Cristo. “¡A Cristo Jesús ustedes no lo han visto y, sin embargo, lo aman!” (1Pe 1, 8).III.

- San Juan 20, 19-31. Como que fácilmente entrevemos tres partes:a) Aparición de Jesús a sus apóstoles y concesión de los dones pascuales, ausente Santo Tomás.b) La incredulidad y la fe de Santo Tomás.c) El objetivo del Evangelio.

a) Aparición de Jesús a sus apóstoles (Jn 20, 19-23). Es un texto que volvemos a encontrar en Pentecostés. Inicia con el hermoso saludo pascual: “La paz esté con ustedes”. Y luego los dones que el Señor les da: les muestra manos y costado traspasados, el gozo, la renovación de la paz, la misión, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados.

b) La incredulidad y la fe de Santo Tomás (Jn 20, 24-29). Tiene dos momentos por meditar. Primero, el testimonio dado por los discípulos a Tomás y la incredulidad de éste, que pone las condiciones para crecer en la experiencia sensible de Cristo. Segundo, la aparición de Jesús a Tomás y su diálogo con él. Jesús complace el deseo del apóstol y la exigencia de experiencia sensible por parte del discípulo, y lo invita a poner su mano y sus dedos en las llagas, huellas de la pasión.La profesión de fe: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28) es una de las más altas y significativas de todo el Nuevo Testamento, lo mismo que la hermosa bienaventuranza proclamada por Jesús. A lo largo de los siglos los fieles repetirán la profesión de fe del Apóstol delante de la Eucaristía.La fe será siempre un don vivido en la humildad como conquista cotidiana. Para ello el Señor nos tiene tanta paciencia… y, como en este caso, está dispuesto a complacer condiciones para llegar así a la luminosidad total de la fe.

c) El objetivo del Evangelio (Jn 20, 30-31): la conducción del Evangelio indica en la fe el objetivo del Evangelio mismo, indica contenido y profesión de la fe. Jesús -el Cristo- es el Hijo de Dios, resultado de la fe, es decir, de la salvación eterna mediante la vida.El elemento de los discípulos con Jesús tiene como centro una frase que es un don extraordinario: “Perdonar los pecados”. Como bien dice el gran novelista ruso F. Dostoievski: “El perdón de los pecados es un sueño vano del ser humano, encadenado por sus delitos, perdonar el pecado es una promesa vaga de hombres engañadores; perdonar el pecado, certeza sólida que sólo puede ofrecernos el Creador”. Nuestro tiempo está muy inclinado a diluir el sentido del pecado, a oscurecer y confundir la conciencia, a menosvalorar el remordimiento al explicarlo en la espiral del “complejo de culpa” con falsas o fáciles liberaciones.”Dichoso el hombre a quien le ha sido remitida su culpa” (Sal 32). El Dios que perdona es la “carta de identidad del Dios del Sinaí” (Ex 34, 6-7).”El Señor clemente y misericordioso…” (Ecco 2, 11).”¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (Lc 5, 21).

“Cristo lo realiza, perdonando. Así con el paralítico” (Mt 9, 2).La remisión -perdón de los pecados- es siempre prerrogativa de Dios, el “único que puede echarse a la espalda nuestros pecados”, el único que puede hacer blancos como la nieve o como la lana nuestros pecados, rojos como la púrpura (Is 38, 17).Dios, por medio de su Hijo, ha confiado a la Iglesia la posibilidad de hacer visible su perdón por el ministerio de reconciliación (Cfr Mt 9, 8).Como dice San Agustín: “Perdonados, perdonemos”. “Perdona la ofensa a tu prójimo, y entonces te serán perdonados tus pecados” (Ecco 28, 2).Dice en forma muy bella la liturgia oriental: “Viniste en medio de nosotros, Señor, la tarde de la Pascua con tus manos llenas de dones. Pero el don más precioso es el de tu perdón, para que tus hijos siempre esperen. Acudimos a ti, Señor, en el día de la Pascua para acoger tu don y contigo resucitar a tu gloria”.

Oremos a Dios para que nos conceda el don de la fidelidad al amor a la Palabra de Dios, luz; al anuncio del Evangelio, como misión específica; al amor fraterno, como testimonio; al máximo signo de amor en la Eucaristía; a la oración, diálogo y comunión con Dios; a la austeridad, desprendimiento y pobreza en el gozo; a la esperanza viva de una herencia que no se corrompe ni desilusiona de la resurrección del Señor; a la fe en Cristo Jesús, que aunque no lo vemos camina a nuestro lado y es la meta en el encuentro con Él; a la reconciliación, misericordia y perdón; a la Iglesia, compuesta por justos y pecadores, como Pueblo de Dios en camino; a la Iglesia lugar de la comunión con Dios y con los hermanos.

La experiencia de la fe, que lleva consigo la antorcha de la esperanza, el cristiano la realiza esencialmente en la comunión de la Iglesia. Santo Tomás, apóstol dudoso, se había desvinculado temporalmente de la comunidad de los apóstoles, Jesús lo reúne y vincula de nuevo. Una comunidad de oración unánime, de comer en comunidad e incluso de poseer en común los bienes materiales. Se mantiene así por la predicación apostólica y por la celebración eucarística, para que quede muy claro que es un don de Dios y que se fundamenta en el amor a Cristo.

Por Cristo, con Él y en Él, vivimos en la comunidad de la Iglesia. La fe de cada uno viene fortalecida por la de los demás en la fidelidad a la comunión fraterna, jerárquica y eucarística. En este Domingo de la Divina Misericordia nos unimos a la alegría por los dos grandes papas santos que fueron agregados y a quienes imploramos su intercesión por nuestra Arquidiócesis y nuestras familias.

Así sea.




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