La partida del hermano mayor

 

Pbro. Luis Alfonso Rebolledo Alcocer

Al entrar a mi recámara en el Seminario, después de las misas exequiales por el Padre Jorge Antonio Laviada Molina, noto un olor a humedad proveniente de mi baño… calcetas de fútbol, espinilleras, shorts y playera, así como los “tacos” tirados en el piso, como testigos mudos de lo que había acontecido menos de 24 horas antes… Y ante ello, es imposible no recordar.

Aún con la memoria llena de los últimos sucesos, viene a mi mente las palabras que el Padre Jorge Carlos Menéndez me dirigió antes de salir para concelebrar la Eucaristía exequial en el Seminario Menor: ¡escribe lo que viviste!… es como si el tiradero de la ropa futbolera me recordara un deber… Aún sin bañarme, me siento en la computadora y me pongo a escribir…

¿Qué viene a mi mente después de la sentida partida de Jorge Laviada? Que un hermano se ha ido…

¡Y qué hermano!

Los sacerdotes somos una hermandad, hemos sido hermanados por vínculos más fuertes que la sangre, pues el sacramento del Orden nos ha hecho ingresar a la fraternidad presbiteral. Y en esa fraternidad, hay hermanos mayores… y Jorge era para mí un hermano mayor.

Pero hay de hermanos mayores a hermanos mayores, ya que a algunos se les admira… los hermanitos nos fijamos en los más grandes, y los que nos causan admiración, influyen en nosotros.

Recuerdo cómo en mi infancia intentaba imitar a mi hermano Raúl, algo así me pasaba en relación con Jorge Laviada. Jorge, en el sacerdocio, era para mí ese hermano mayor que se admira.

Lo admiro por su coherencia de vida, su sencillez, entrega, austeridad, fidelidad. Desde mis tiempos de seminarista, Jorge se ganó mi admiración y respeto… no sólo míos, sino de muchos más.

Jorge fue mi maestro de Teología Dogmática y su forma de pensar influyó en mí, a tal grado que me doy cuenta que muchas de las ideas que manejo vienen de él. Como formador, me exigió, alguna vez me molesté muchísimo pues tomó como formador una decisión que me afectó, puesto que por ella se atrasaría mi eventual ordenación al menos un año… hoy le agradezco esa decisión.

Un voto de confianza

Jorge Laviada confió en mí, y se lo agradezco. Como mi formador en Teología, él tuvo que dar el visto bueno para que acceda a la ordenación… puedo decir que, de alguna manera, soy sacerdote gracias a su voto de confianza.

Jorge Laviada confió en mí, ya que en su calidad de encargado de estudios en el Seminario él debió estar de acuerdo en mi promoción para ir a estudiar a Roma la licencia en Teología Fundamental.

Jorge Laviada confió en mi al invitarme a colaborar con la formación sacerdotal como profesor de Eclesiología.

Jorge Laviada confió en mí, ya que en su calidad de Rector del Seminario me sugirió delante del Arzobispo para ser parte del Equipo Formador como Prefecto del Curso Introductorio… Y nunca dejó de confiar en mí, al valorar mi juicio en el acompañamiento de los seminaristas… Gracias Jorge Laviada, hermano mayor, por confiar en mí.

 

Jorge Laviada y un servidor somos muy diferentes, en cuanto al temperamento y carácter se refiere, pero teníamos algunas cosas en común: el interés por la Teología, el gusto por el campismo, la práctica del ciclismo y el fútbol… lo malo que a él no le gustaba el mejor de los deportes, el béisbol… ni modo, ni Jorge es perfecto.

Coincidíamos en la espiritualidad cristocéntrica, aunque nunca podré ser tan disciplinado y piadoso como lo fue él…. Pero haré el intento en mejorar, lo prometo.

¡Oh Señor! ¡Cómo disfrutaba cuando me bromeaba por alguna nueva lesión sufrida por mi falta de delicadeza en el terreno de juego y por mi edad! ¡Y también disfrutaba sus chistes medio malos, pero que en él se volvían graciosos de manera peculiar!

Y llegó el 9 de junio…

Y llegó el 9 de junio del 2014… parecía todo normal, bromeábamos como de costumbre en el comedor de padres durante el desayuno. Jorge tendría una junta con la Curia a las 9:00 a.m. en el Centro Comunitario de la Parroquia de Itzimná, y después nos veríamos con varios miembros del presbiterio en la Parroquia del Perpetuo Socorro para la Eucaristía de acción de gracias por los 40 años de sacerdocio de los padres Joaquín Vásquez y Fernando Zapata.

Después de la Eucaristía, presidida por el Arzobispo, tuvimos un ameno almuerzo en el Centro Comunitario, con cerca de cincuenta sacerdotes… recuerdo a Jorge acercarse a mi mesa, y bromear con los que allí estábamos… era la alegría de celebrar el sacerdocio de Cristo… pero ser sacerdote es dar la vida.

 

Decidí jugar fútbol con los alumnos de la Etapa Discipular por una Misa que tenía en la tarde, ya que lo ordinario es que juegue con los alumnos del Curso Introductorio, de los cuales soy prefecto. Los seminaristas me pusieron en el equipo blanco para ser antagonista del Padre Ricardo Atoche, que estaba con los de colores… en eso llega el Padre Jorge Laviada y luego el Padre Ismael Caamal, quienes también estuvieron en el equipo de colores.

La tarde era calurosa y húmeda, pero nada fuera de lo común, pues estamos acostumbrados a jugar con mucho calor. Debo reconocer que cada vez que Jorge jugaba con los muchachos era un gozo, que se notaba en el rostro de los jóvenes seminaristas. Yo pensaba que al terminar el juego, después de celebrar la Eucaristía que a la Siervas del sagrado Corazón de Jesús en el Hispano Mexicano, nos íbamos a volver a ver en el comedor para la hora de la cena y bromearnos sobre nuestras carencias futbolísticas y el paso de los años.

 

 

Los blancos empezamos ganando el partido al anotar el primer gol… sin embargo, rápidamente los de colores revirtieron el marcador yéndose adelante con un “score” de tres contra uno.

Los que me conocen, saben que soy muy competitivo, y tenía muchas ganar de anotar para acercarnos en el marcador. Ante un pase filtrado que me quedó largo, y en pleno intento de meter velocidad a mis piernas a fin de alcanzar el balón, el defensa del equipo de colores dejó de cubrirme y gritó ¡el rector!

Yo volteo para observar y veo a Jorge en el césped.

El padre Ricardo Atoche, en su calidad de médico, intentaba dar los primeros auxilios. Al verme, me dice: ¡llama a la ambulancia!

Salgo disparado para buscar el teléfono y llamar al 065… Ya era tarde, al llegar la ambulancia, Jorge se había ido a la casa del Padre.

Nos había dejado para gozar del rostro de Dios.

Nos había dejado con el peso del Seminario… no esperábamos esto. Reaccionamos lo mejor que pudimos… pero no esperábamos esto… duele, duele mucho.

 

Jorge falleció disfrutando. Estaba contento jugando fútbol con los seminaristas, a los que ha entregado su vida, y con sus hermanos menores en el sacerdocio. Jorge falleció besando la tierra de su amado Seminario, en un espacio que le había dado tantas alegrías. Jorge estaba en paz, al recibir la unción por manos del Padre Emir Pérez. Jorge, te fuiste pero te quedaste.

 

Jorge, dejaste el partido ganado, pero sin concluir. Nos toca a nosotros concluir el juego y mantener la victoria. Gracias Jorge por todo lo que nos has dado. Mi ropa aún húmeda por el sudor de ese último partido se ha vuelto para mí en un “cuasi sacramento” que me recuerda el momento de tu partida. Jorge, nos haces falta, pero nos has enseñado mucho.

 

Gracias hermano mayor por motivar mi sacerdocio. Me has animado y estoy seguro de que me seguirás animando desde el Cielo para ser un mejor sacerdote.

Gracias por confiar en mí, no quiero decepcionarte. Gracias Jesús por permitirme compartir mi ministerio sacerdotal con un gran sacerdote, un verdadero hermano mayor. Gracias…

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