La alegría es propia de los cristianos y nos llega con Jesús

En su carta a los filipenses, San Pablo les dice: “¡Estén siempre alegres en el Señor!”. Con esta exhortación llena de seguridad y entusiasmo confirma que la alegría es propia del cristiano y en la medida en que se dé un mayor crecimiento espiritual y una mayor experiencia de Dios tendremos mayor gozo, pues la alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo.

En la Antigua Alianza encontramos numerosas referencias a la alegría del justo, del hombre que busca a Dios y camina según sus preceptos: “Sirvan a Dios con alegría, lléguense ante Él con gritos de júbilo” (Salmo 100); “Si elevas las manos hacia Dios y rechazas la inequidad y la injusticia, entonces dejarás la pena en el olvido y más radiante que el mediodía surgirá tu existencia” (Job 11); “En Ti, Señor, se alegren y se gocen todos los que te buscan” (Salmo 70); “Alégrense en Dios, oh justos, exulten, griten de gozo todos los rectos de corazón” (Salmo 32); “Tú, Señor, has dado a mi corazón más alegrías que cuando abundan el trigo y el vino” (Salmo 4); “Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor” (Salmo 122).

Pero la plenitud de la alegría nos viene con Jesús. Su palabra poderosa nos revela las maravillas del amor de Dios y nos enseña el horizonte infinito de su misericordia y de su fidelidad. Cristo se hace solidario con la humanidad al encarnarse en nuestra naturaleza y Él, limpio de todo pecado, se hace pecado y consuma en la cruz del Gólgota la última etapa de la historia de la salvación.

Su muerte nos reconcilia con Dios, con nosotros mismos y con los demás hombres. Por su sacrificio -expresión suprema de libertad, obediencia y amor- el poder de Dios lo exaltó y glorificó resucitándolo el Domingo de Pascua y concediéndole el nombre que está sobre todo nombre. Éste es el fundamento de nuestra alegría y por ello con júbilo proclamamos la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado: ¡Ha resucitado! Jesús vive y nos da su vida en abundancia y nos envía la promesa del Padre, el Santo Espíritu, que nos mueve a alabar a Dios y a servir y amar con alegría.

Con toda razón, inspirado por el Espíritu Santo, Jesús dijo a sus discípulos y seguidores: “Como el Padre me ama, así los amo Yo. Permanezcan en mi amor, como Yo permanezco en el amor de mi Padre. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Juan 15, 9-11).

Cristo es nuestra paz. Cristo es nuestra Pascua. Debemos hacer de la Pascua un proceso permanente de conversión. La Pascua significa para el cristiano tránsito, dinamismo de cambio. Es transformación, avance y victoria. Es estreno de plenitud. Pasar de la esclavitud del pecado a la libertad. De las tinieblas a la luz. De la desilusión a la esperanza. Siempre pasar, romper toda parálisis, acabar con todo conformismo y suprimir todo fijismo.

La Pascua es optar por el futuro y descubrir la tierra nueva. Vivir la Pascua es superar el egoísmo y luchar por estrenar un nuevo momento en la historia. La Pascua de Jesús es salir al encuentro de los desafíos y dar respuesta llena de compromiso, alegría y libertad. ¡Gloria al Señor!

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*) Profesor universitario.




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