Jesús es el hijo de Dios

Jesús es el hijo de Dios

Aspectos del viacrucis de la parroquia Cristo Rey en Pacabtún

Los cuatro evangelistas nos describen las horas en las que Jesús sufre y muere en la cruz. Lo importante de estas narraciones es que están llenas de alusiones y citas del Antiguo Testamento: “La Palabra de Dios y el acontecimiento se compenetran mutuamente”. En su libro “Jesús de Nazaret”, el papa emérito Benedicto XVI nos transmite una reflexión teológica sobre la crucifixión de Jesús.

La primera palabra de Jesús en la cruz es la petición de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo que el Señor había predicado en el Sermón de la Montaña lo cumple aquí personalmente. Él no conoce odio alguno, suplica el perdón para todos los que lo ponen en la cruz y da la razón de esa súplica: “No saben lo que hacen”.

Al término de la Pasión y bajo el sol abrasador del mediodía, colgado en la cruz, Jesús gritó: “Tengo sed”. Los soldados le ofrecieron un vino agriado, muy común entre los pobres, que también se le podía considerar vinagre, para calmar la sed. En él se cumple la pasión del justo descrita por la Escritura. Reflexionando en este pasaje bíblico, cuántas veces nosotros respondemos una y otra vez al amor de Dios con vinagre, con corazón agrio que no quiere hacer caso del amor de Dios. “Tengo sed” es este grito de Jesús que se dirige a cada uno de nosotros.

El evangelista Juan nos narra que junto a la cruz se encontraba su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, le dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. Ésta es la última disposición, como un acto de adopción. Esto es, ante todo, un gesto totalmente humano de Jesús que está a punto de morir. No deja sola a su madre, la confía a los cuidados del discípulo Juan, quien representa a los demás discípulos y a toda la humanidad. Las palabras de Jesús en la cruz permanecen abiertas a muchas realizaciones concretas. Una y otra vez se dirigen tanto a la madre como al discípulo y a cada uno se le confía la tarea de ponerla en práctica en la propia vida tal como está previsto en el plan de Dios. Al discípulo se le pide siempre que acoja en su propia existencia personal a María como persona y como Iglesia, cumpliendo así la última voluntad de Jesús. Según los evangelistas, Jesús murió orando a las tres de la tarde. En San Lucas, su última plegaria está tomada del Salmo 31: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Los evangelios sinópticos describen la muerte en la cruz como un acontecimiento litúrgico y cósmico: “El sol se oscurece, el velo del templo se rasga en dos, la Tierra tiembla, muchos muertos resucitan”. También existe un proceso de fe más importante en el centurión romano, quien, conmovido por todo lo que ve, exclama: “Realmente éste era el Hijo de Dios”. Bajo la cruz da comienzo la Iglesia de los paganos. Desde la cruz, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal, mediante el Hijo que sufre y reconoce al Dios verdadero. El evangelista Juan nos narra que: “Los soldados tenían la orden de acelerar la muerte de los crucificados y, al ver que Jesús estaba muerto con una lanza, traspasaron el costado de Jesús y al punto salió sangre y agua”. Un primer grado de compresión lo encontramos en la primera carta de Juan, que retoma con vigor la reflexión sobre el agua y la sangre del costado de Jesús. Los padres de la Iglesia han visto en este flujo de sangre y agua una imagen de los sacramentos fundamentales: “La Eucaristía y el Bautismo que emana del corazón traspasado de Jesús”.Referencias bibliografías:Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret, desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección”; Biblia Latinoamericana; Biblia de Jerusalén; Joseph Ratzinger, “La esencia de la Liturgia”; Jurgen Moltmann, “El Dios crucificado”.Correo electrónico: [email protected]




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