Homilía dominical

Homilía dominical

Por el Pbro. Manuel Ceballos García

Gaspar, Melchor y Baltazar

Era el año 614, y el rey persa Cosroes cercaba la basílica de Belén, erigida en el 330 por Elena, la mamá del emperador Constantino.
Cosroes iba a recurrir al fuego y a las ballestas, cuando se dio cuenta que en el frontón había representados personajes vestidos precisamente como él: eran los Magos que los bizantinos habían representado en trajes de ceremonia persas. De este modo, esa iglesia, que encierra en su cripta la gruta del nacimiento de Cristo se salvó, ni más ni menos, que por el mérito de aquellos magos que figuraban en su fachada.
En el libro bíblico de Daniel los “magos” son los sabios de Babilonia, antigua sede de estudios astronómicos y astrológicos.

Magos y estrella
En realidad, san Mateo los ha hecho surgir intencionalmente de un horizonte vago, diciendo que “llegaron de oriente”, porque a él no le importaba tanto el dato histórico como su valor de signo. Lo mismo sucede con la mención de “una estrella”.
Los Magos son los antecesores de los pueblos que encuentran a Cristo después de haberlo buscado, guiados por la revelación divina, simbolizada en la estrella que conduce al Mesías.
El nacimiento de Jesucristo garantiza la cercanía y la convergencia de todos; la lejanía se supera; no somos extraños, somos hermanos.
Ahora bien, hagamos un ejercicio de contraste con Herodes: los Magos buscan por sí mismos, Herodes consulta a los sumos sacerdotes y escribas, e incluso a los propios Magos; ellos sienten inmensa alegría al estar tan cerca de encontrar al rey de los judíos que ha nacido, pero Herodes siente miedo y tiembla la gente de Jerusalén; el rey tiene más información que los Magos pero no más disponibilidad; y mientras Herodes busca al Niño para matarlo, los Magos, “postrándose, lo adoraron”.
No tenemos, pues, que discurrir demasiado: san Mateo nos sugiere que nos portemos como los Magos. Así de sencillo…
Mérida, Yuc., enero de 2014.




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