“Hijo de Dios”, para olvidar

Diogo Morgado encarna a Jesús en la película "Hijo de Dios", que se exhibe en los cines de la ciudad

Jamás pensé que alguna vez terminaría colocando las siguientes palabras en una misma oración. Pero ahí va: acabo de ver una película que me hizo extrañar a “La Pasión de Cristo” (2004).

Pese a que nunca elaboré una crítica para ella en este espacio, quienes me conocen saben del intenso desagrado que sentí hacía lo que, en mi opinión, no pasaba de ser un festival de antisemitismo “snuff” disfrazado de épica bíblica. Sin embargo, esta reacción adversa al menos le confería cierta relevancia para hacerla digna de mención. “Lo único peor a que hablen mal de ti es que no hablen de ti en absoluto”, decía Oscar Wilde. Nada mejor que la indiferencia para quedar en el olvido. Por desgracia, ese justamente es el peligroso camino al que “Hijo de Dios” se dirige.

Lo primero que vale la pena mencionar es que se trata de la adaptación de una miniserie de diez horas originalmente transmitida a través de History Channel. Este antecedente ayuda a explicar el endeble lenguaje cinematográfico del que adolece; plagado de abruptas disolvencias y fundidos a negro en medio de escenas que nunca terminan de desarrollarse, al igual que burdas tomas aéreas de una Jerusalén mediocremente digitalizada. Cuando este Mesías afirma que ninguna piedra del templo quedará después de su muerte, el aspecto tan pobre de dicho edificio me inspira a querer darle la razón. Asimismo, la presente adaptación es víctima de un problema muy común en la mayoría de los retratos fílmicos de Jesús: la obligatoria transición inmediata de su nacimiento a su edad adulta. Si bien semejante elipsis tiene su origen en los evangelios, siempre he sostenido que priva al espectador de una verdadera conexión emocional en términos dramatúrgicos. En lugar de un personaje de carne y hueso con una evolución constatable, el resultado suele consistir en un ser abstracto que siempre tiene cualquier situación bajo control y que, por lo tanto, carece de una tensión dramática. Que el modelo y actor portugués Diogo Morgado desempeñe el papel titular con gestos dignos de un maniquí no ayuda mucho en ese sentido. Tampoco que la producción en su conjunto insista en aferrarse a los lugares comunes de una zona de comodidad ya hecha obsoleta por sus predecesoras, y sin haberse tomado el tiempo para dotar a cada personaje de una razón de ser. Hasta los creyentes más devotos se preguntarán qué caso tiene llorar la muerte de Juan El Bautista si la única aparición de éste tiene lugar en un “flashback” insertado después del hecho.

A la cinta de Mel Gibson le objeto muchas cosas. Pero si hay algo no le puedo objetar es que tenga agallas. Que se atreva sin titubeos a contar esta historia tan amada y tan conocida a su manera; le pese a quién le pese. Si “Hijo de Dios” logró algo fue reforzar mi creencia en que ninguna película, inspirada o no en textos bíblicos, logra llegar muy lejos siendo tan políticamente correcta.




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