Cristo nos invita a que ayudemos

Cristo nos invita a que ayudemos

Homilía del arzobispo monseñor Emilio Carlos Berlie Belaunzarán correspondiente a la misa de hoy, Miércoles Santo, en la Catedral

Me complace saludar a los MM.II. vicarios general, monseñor Joaquín Vázquez Ávila, del Clero padre Melchor Trejo Alvarado, de la Pastoral padre Fernando Sacramento Ávila, y de la Vida Consagrada padre Armín Rivero Castillo; a los ilustres canónigos de esta Catedral Metropolitana, a los padres decanos, y a todos los sacerdotes, y diáconos que me acompañan en esta hermosa mañana del Miércoles Santo.

No fueron ustedes los que me eligieron
Llamados por Dios. Creo que es importante reavivar siempre en nosotros este hecho, que a menudo damos por descontado entre tantos compromisos cotidianos: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes”, dice Jesús.

Quiero esta mañana llamar su atención sobre la fuente de nuestra llamada. Por eso un obispo, un sacerdote, un consagrado, una consagrada, un seminarista no puede ser un desmemoriado. Ninguno de nosotros puede perder la referencia esencial del inicio de su camino.

Hemos sido llamados por Dios y llamados para permanecer con Jesús, unidos a Él. En realidad este vivir, este permanecer en Cristo, marca todo lo que somos y lo que hacemos. Es precisamente la “vida en Cristo” que garantiza nuestra eficacia apostólica y la fecundidad de nuestro servicio: “Soy yo el que los eligió a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea verdadero”.

El papa Francisco señaló en Río de Janeiro que “no es la creatividad, por más pastoral que sea; no son los encuentros o las planificaciones los que aseguran los frutos, aunque sí ayudan y mucho, sino lo que asegura el fruto es ser fieles a Jesús, que nos dice con insistencia: ‘Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes’”. Y sabemos muy bien lo que eso significa: contemplarlo, adorarlo y abrazarlo en nuestro encuentro cotidiano con él en la Eucaristía, en nuestra vida de oración, en nuestros momentos de adoración, y también reconocerlo presente en los más necesitados.

El “permanecer” con Cristo no significa aislarse, sino un permanecer para ir al encuentro de los otros. Jesús es el Buen Pastor, es nuestro verdadero tesoro, no lo borremos de nuestra vida. Enraicemos cada vez más nuestro corazón en Él.
Somos llamados a anunciar el Evangelio

Ahora bien, “la vida, mis hermanos, se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás”, dice el texto de Aparecida. Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal. Ayudemos a todos. Escuchemos sus ilusiones.
Necesitan ser escuchados. Para escuchar sus logros, para escuchar sus dificultades, hay que estar sentados, escuchando quizás el mismo libreto, pero con música diferente, con identidades diferentes. ¡La paciencia de escuchar! Sepamos perder el tiempo con los fieles. Sembrar cuesta y cansa, ¡cansa muchísimo! Pero muchas personas esperan el Evangelio. Pensemos con decisión en la pastoral desde los que están más alejados, los que no suelen frecuentar la parroquia. Ellos son los invitados especiales. Hay que ir en su búsqueda.

Sintámonos guiados por la certeza humilde y feliz de quien ha sido encontrado, alcanzado y transformado por la Verdad que es Cristo, y no puede dejar de proclamarla.
Pedro, ¿me amas?

Esta mañana recuerdo con especial agrado aquella escena que nos relata San Juan en su Evangelio, cuando Jesús le preguntó a San Pedro: “¿Me amas?”. “¿Eres mi amigo?”.
La pregunta fue dirigida a un hombre que, a pesar de las solemnes declaraciones, se dejó llevar por el miedo y negó rotundamente a Cristo.

“¿Me amas?”. “¿Eres mi amigo?”.
La pregunta se dirige a cada uno de nosotros, a todos nosotros: si evitamos responder de modo demasiado apresurado y superficial, la misma pregunta nos impulsa a mirarnos hacia adentro, a volver a entrar en nosotros mismos.

“¿Me amas?”. “¿Eres mi amigo?”.
Aquél que escruta los corazones se hace mendigo de amor y nos interroga sobre la única cuestión verdaderamente esencial. Todo ministerio se funda en esta intimidad con el Señor; vivir de Él es la medida de nuestro servicio eclesial, que se expresa en la disponibilidad a la obediencia, en el abajarse, como escribió San Pablo a los filipenses, y a la donación total.

En efecto, cuando el amor no se alimenta continuamente, se debilita y se apaga. Decía San Pablo: “Tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo les ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo”.

La falta de vigilancia hace tibio al pastor; le hace distraído, olvidadizo y hasta intolerante; le vuelve perezoso, un clérigo preocupado más de sí mismo que del verdadero bien del Pueblo de Dios. Se corre el riesgo, entonces, como el apóstol Pedro, de negar al Señor.

Sí, ser pastores significa creer cada día en la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor, a pesar de nuestra debilidad, y asumir hasta el final la responsabilidad de caminar delante del rebaño, libres de las cargas que dificultan la sana agilidad apostólica. Estamos llamados a hacer nuestro el sueño de Dios, cuya casa no conoce exclusión de personas o de pueblos, como anunciaba proféticamente Isaías.

Por ello, ser pastores quiere decir también disponerse a caminar con el rebaño: capaces de escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de quien teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir esperanza. Nuestra fe sale siempre reforzada al compartirla con los más necesitados: dejemos de lado todo tipo de presunción para inclinarnos ante quienes el Señor confió a nuestra solicitud.

Conclusión
Que la Virgen Madre interceda siempre por todos nosotros.
Madre del silencio, que custodia el misterio de Dios, líbranos de la idolatría del presente, purifica los ojos de los pastores con el colirio de la memoria: volveremos a la lozanía de los orígenes, por una Iglesia orante y penitente.

Madre de la belleza, que florece de la fidelidad al trabajo cotidiano: revístenos de esa compasión que unifica e integra: descubriremos la alegría de una Iglesia sierva, humilde y fraterna.
Madre de la ternura, intercede ante tu Hijo para que sean ágiles nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón: así edificaremos la Iglesia con la verdad en la caridad. Amén.




Volver arriba