Carta al padre Jorge Laviada

Carta al padre Jorge Laviada

 

¡Tenemos tantas cosas que agradecerte!

Leonor Iturralde Heredia

Puedo llamarte Jorge Laviada, padre Jorge, solamente padre o Jorge. Puedo tratarte de usted o de tú; de usted por el respeto y la admiración, de tú por el cariño y los años del verte crecer. Escoge. Pero no respondes y me decido por el Jorge y por el tú. Entonces:

Querido Jorge. Voy al grano: quisiera saber si desde ese allá donde te has ido captas el formidable golpe —casi tiro de gracia— que asestó nuestro Padre Dios a quienes todavía no comprendemos el viaje. Dentro de mi —y créeme que trato de evitarlo— siento que lejos, muy lejos quedó la justicia… ¿con qué balanza la midieron? Hablo de la justicia que yo entiendo. ¿No estabas aquí para salvar almas?

¿Podrías por favor decirme qué demonios hacías jugando fútbol bajo el sol después de tantas horas en junta con el señor Arzobispo y lo que fuera que siguió después? Por lo visto la exigencia no se conformaba con el espíritu.

 

¡Tantas cosas que agradecerte! Ésto, aquello, lo otro, lo de más allá. Incalculables motivos para decirte gracias, pero muchos más para este reclamo que se ahoga en mi garganta. ¿Por qué, Jorge, tanto peso en tus espaldas? Las monjitas, los seminaristas, los niños de Cordemex, los retiros de los sacerdotes recién ordenados, Simposios Teológicos, Nuestra Señora del Líbano, Impulso Universitario, el Centro de Estudios de Tecnología, la Organización de Seminarios Mexicanos. ¿De qué se trataba? ¿Tomaste acaso la maestría del Curso de Supervivencia Humana? Lástima, lo necesitabas. Era eso o aprender a decir “ya no puedo más”.

¿Dónde te veremos?

Y ahora, ¿dónde hallar tu sonrisa cálida, tu sencillez, tu paciencia, tu comprensión, tu sabiduría, tus palabras de aliento? ¿Caerán sobre las almas como lluvia del cielo, como maná en el desierto?

 

Mejor no hablar de tus homilías, ¿para qué? Ya hicieron nido en los corazones ávidos de tus feligreses y de cada uno de esos corazones saldrán —pajarillos al viento— transformadas en anécdota, ejemplo, semilla germinada, palabras esforzándose en parecerse a las tuyas, para diseminarse, para ir a posarse en las ramas de quienes no tuvieron la dicha de conocerte. Y no es elogio Jorge, que bien intuyo que no lo necesitas, sino un modo humano de enviar hasta tu lontananza un ¡bravísimo! por el deber cumplido más allá de todo límite, la certeza de que vivirás para siempre en miles de corazones y de que serás recordado y querido como el lleno de Amor al prójimo. Todo ésto en el remoto caso de que allá sigan interesando nuestros saberes, quereres, sentires.

 

Estuve en el Seminario, en la misa de tu cuerpo presente: concurridísima, solemne. Se enumeraron los muchos cargos honoríficos que ostentas pero al estilo de una exitosa carrera política. Del ser humano, nada. Supuse que era el turno de quedarse calladitos para quienes, conociéndote, sólo alcanzamos boleto de barrera de sol. El llanto por dentro y tú allí tendido entre esa voz y el silencio.

 

Si me lo preguntas, no, no te hubiera gustado esa despedida; demasiada parafernalia: velas, procesiones, cantos, incienso para ti que siempre has sido y eres la antítesis misma de la solemnidad. Pero es el precio de la fama y hay que pagar. Tal vez no habrá ocasión para quitarse la espina.

 

Como quiera que fuese se hizo la voluntad de Dios y eso ha de tenerte muy contento, radiante de alegría. Has de vivir —qué paradoja— sumergido en éxtasis total.

 

Y me envuelven los recuerdos. Tal vez porque yo soy mucho más pasado que futuro, surgen lúcidos los ratos largos y sabrosos que pasabas con nosotros, en familia, cada Navidad. Desde las épocas de Malocha. Tenías para cada uno la palabra justa en el momento justo, sin faltar aquel derroche de ocurrencias, el chiste oportuno, la carcajada contagiosa de tú sabes quién.

 

Futuro: ¿Quién será el valiente que, con o sin lágrimas, se atreva el próximo 24 de diciembre al primer brindis por tu infinita paz, tu bienestar supremo, tu presencia ausente, porque eso ni lo dudes, vas a estar… en esa otra silla vacía, en el regalo que se quedó sin dueño, en otra fibra rota de las entrañas… otra más.

 

“Pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino…”, y tu fuiste en el tuyo sembrador ejemplar. Te auguro que cientos de tus granos con inusitada fragancia a trigo, pétalo a pétalo, germinarán en flor.

 

Jorge, nunca te dije en vida cuánto te quería. Ese sí es un señorón pecado para añadir a mi lista. Sugiérelo como undécimo mandamiento. Viniendo de ti, quien quita y pegue. Deseo que alcances en el día a día —como quiera que el tiempo cuentes— la dicha eterna, la plenitud total. Que todas las Bienaventuranzas te quepan en el bolsillo.

 

Por favor, ocúpate a fondo de la intercesión de María por todos nosotros. A El ruégale que nos lleve de la mano. No te olvides de nuestro Francisco que continuamente nos pide oración.

 

Hasta siempre, Jorge, o hasta pronto, según los celestes, amorosos designios que tú ya conoces.

 

Un abrazo fuerte

Nonoya.

Etiquetas: