Cervantes, una vida de mudanzas

 

Lourdes Velasco Pla

MADRID (EFE).- Miguel de Cervantes, cuyos restos se buscan ahora en la iglesia madrileña donde fue enterrado en 1616, tuvo una vida azarosa y marcada por las mudanzas- nació en Alcalá de Henares, habitó Valladolid, fue miliciano en Argel y residió, entre otras ciudades, en la Roma del XVII.

Cervantes nació en Alcalá de Henares (Madrid) en 1947, se cree que en el día de San Miguel -29 de septiembre- porque con ese nombre fue bautizado en la iglesia de Santa María la Mayor sin que ninguno de sus familiares se hubiese llamado de ese modo antes.

Nacido después de dos hermanas mayores, Andrea y Luisa, Miguel fue el tercero de los cinco hijos del cirujano Rodrigo de Cervantes y su esposa Leonor de Cortinas.

El padre del Quijote pasó sus primeros años de vida en la ciudad complutense; se movió posiblemente por varias ciudades andaluzas y castellanas, primero por el trabajo de su padre, que era cirujano barbero, y después por su propia vida azarosa.

Son precisamente esos “constantes vagabundeos” por la península de Rodrigo de Cervantes y su modesto oficio de cirujano itinerante los que han despertado en los cervantistas las sospechas de que fue un descendiente de cristianos nuevos que nunca presentó la prueba tangible de su limpieza de sangre, si bien la hipótesis nunca se probó.

Así lo recoge en su biografía el Instituto Cervantes, institución dedicada a difundir la cultura y lengua española en el mundo y que precisamente lleva el nombre del genio de la literatura universal.

Cervantes vivió con su familia en Valladolid pero, tras unos años de penurias, su padre inició un periplo por las ciudades del sur de España en el que se desconoce si el genio, entonces niño, participó.

Sí parece seguro -según recoge el investigador Augusto Jurado en su libro sobre el editor de El Quijote, Juan de la Cuesta, publicado por la Sociedad Cervantina- que durante ese periplo Cervantes estuvo en un colegio de jesuitas de Valladolid, Córdoba o Sevilla.

No obstante, el autor de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” estaba muy atrasado en estudios y hasta los 20 años no ingresó en ningún centro académico.

En 1566 se instaló con su familia en un Madrid donde Felipe II acababa de establecer su corte; un año después se inscribió en el Estudio de la Villa, donde el humanista López de Hoyos le preparó para acceder a la Universidad de Alcalá de Henares en la que no llegó a matricularse.

En 1569, cuando se publican sus primeras composiciones poéticas, Cervantes se va a Roma huyendo de una orden real- fue condenado a que le cortasen la mano derecha al considerársele culpable de herir en un duelo a Antonio de Sigura, un maestro de obras.

En Roma fue unos meses camarero al servicio de un cardenal de nombre Acquaviva, hasta que poco después abrazó la carrera de las armas alistándose en la compañía de Diego de Urbina en la que ya militaba su hermano Rodrigo. Así se inició la etapa más conocida de su vida, la de militar, que le dio el sobrenombre de “el manco de Lepanto”.

Realmente no era manco, pero un arcabuzazo recibido en 1571 en aquella batalla que supuso para Felipe II una gran victoria contra la amenaza turca le hizo perder el uso de su mano izquierda, y precisamente esa marca física y la de otros dos disparos en el pecho serán claves para determinar si los restos que se hallen en la iglesia son los de Cervantes.

Tras recuperarse de sus heridas siguió participando en acciones militares en Navarino, Corfú y Túnez, y, cuando ya de regreso a casa estaba cerca de la costa catalana de Cadaqués a bordo de la galera “El Sol”, cayó en manos del corsario Arnaut Mamí, quien le sometió a cinco años de cautiverio en Argel que dejarían una profunda huella.

De ese cautiverio del que trató de escapar en cuatro ocasiones le rescataron los padres trinitarios, a los que después quiso mostrar su gratitud expresando el deseo de ser enterrado en la iglesia conventual que las monjas de la orden habían fundado en Madrid.

Al recuperar la libertad, se instaló en Madrid, donde tuvo una hija -Isabel- con la esposa de un tabernero, pero el mismo año en que la pequeña nació, en 1584, Cervantes se casó con Catalina de Salazar, hija de un hidalgo recién fallecido de Esquivias, población a la que el matrimonio se mudó.

La falta de dinero le llevó a recorrer Sevilla, Guadix, Baza, Motril, Vélez-Málaga y Ronda, y a en los últimos años del siglo XVI terminó encarcelado en la capital andaluza durante varios meses.

Entre el 1600 y 1604, cuando estaba escribiendo la primera parte de El Quijote, pasó por Toledo, Esquivias y Valladolid, y aunque la novela salió de la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta -ubicada en la actual calle Atocha- no fue hasta febrero de 1608 cuando el escritor se instaló en Madrid, detrás del hospital de Antón Martín.

Después, en un recorrido por el entonces llamado “Barrio de las Musas”, ahora de las Letras, se mudó a la calle de la Magdalena y en 1610 a la calle de León, después a la de Huertas, y, por fin en 1615, a la esquina de la calle de Francos (ahora de Cervantes) y de León, donde murió en 1616, tan solo un año después de la publicación de la segunda parte de El Quijote.

Según el relato del Instituto Cervantes, el escritor falleció el 22 de abril y al día siguiente en los registros de San Sebastián, su parroquia, se consignó que su muerte ocurrió el sábado 23, pues en la época se registraba la fecha del entierro.

Cervantes fue inhumado en el convento de las Trinitarias, según la regla de la Orden Tercera, con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos, pero sus restos podrían haber sido dispersados a finales del XVII, en la reconstrucción del convento.

Cuatro siglos después, en ese convento un equipo formado por profesionales de prestigio como el forense Francisco Etxeberría y el georradarista Luis Avial tratan de localizar los restos.




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