La última batalla espiritual

En 1976, poco tiempo antes de ser electo papa Juan Pablo II, el entonces cardenal Karol Wojtyla dijo en el Congreso Eucarístico celebrado en Filadelfia: “Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya pasado. Estamos ante la contienda final entre la Iglesia y la antiiglesia, entre el Evangelio y el antievangelio”.

Y más adelante: “Es una batalla de dimensiones apocalípticas y para librarla necesitamos las armas de la fe”. Esta batalla, que empezó en el Génesis entre María y la serpiente, hoy está llegando a su culmen. Es una batalla entre la Virgen María y los que pertenecen a su ejército, contra la antigua serpiente hoy convertida en un dragón infernal. Hemos llegado al tiempo en el que ya no es posible permanecer neutrales: o nos alistamos en el ejército de María o el enemigo de Dios nos envolverá con sus trampas y sus mentiras.

Cada ser humano ha tenido siempre que librar esta batalla de manera personal y colectiva, pero en estos tiempos esta lucha se ha vuelto mucho más agresiva, por eso Jesús nos exhorta a estar alertas, a revestirnos con la armadura de Dios y a estar atentos a los signos de los tiempos. No podemos permanecer solamente como espectadores de lo que sucede a nuestro alrededor pensando que no nos afecta, pues todo lo que sucede, ya sea bueno o malo, influye fuertemente en cada uno de nosotros.

Por eso es grave, muy grave que muchos de nosotros estemos como adormecidos. El enemigo, el que quiere apropiarse de nuestras almas, trabaja duro y ha logrado establecer en muchos corazones lo que podemos llamar un ateísmo práctico. Nos declaramos creyentes pero vivimos como si Dios no existiera o no tuviera nada que ver con nuestras vidas, haciendo caso omiso de sus leyes y de sus mandatos, y así se cae en la tentación de creerse autosuficiente, que con los solos recursos humanos todo se puede y todo se merece por méritos propios sin reconocer que todo es don de Dios.Se llega incluso no sólo a expulsar a Dios de la vida, sino que, lo que es más grave aun, se pretende ponerse en su lugar erigiéndose en juez supremo, manipulando la verdad a conveniencia. Pero en Fátima, en 1917, la Virgen nos dio una gran noticia. Ella dijo: “Al final mi corazón inmaculado triunfará”. ¿Al final de qué? Sin duda al final de esta gran batalla su corazón inmaculado triunfará y Cristo reinará en cada corazón, en cada familia, en cada nación y en el mundo entero. Ésta es la gran noticia. Lo más interesante de esto es que, por designio divino, ese gran triunfo de Jesús a través de María se realizará por medio de la Virgen de Guadalupe, la Madre misericordiosa que eligió nuestra tierra mexicana para poner su hogar y quedarse a vivir entre nosotros; la que vino a personalmente a evangelizarnos en nuestro propio idioma, la que fundó un pueblo nuevo especialmente amado por Ella, que somos los mexicanos; la que puso su casa y se quedó a vivir en medio de este pueblo y la que nos regaló la única imagen de Ella misma no pintada por manos humanas.

Somos un pueblo privilegiado, muchos extranjeros han venido a decir ¿por qué a los mexicanos se les concedieron gracias y dones como a ninguna otra nación? Y ellos mismos contestan: porque junto con esos dones se les encomendó una misión de dimensión universal, una misión que apenas estamos descubriendo: la recuperación del mundo para Dios. Por eso es tan grande nuestra responsabilidad.

La Virgen vino en 1531 y acabó con los sacrificios humanos que aquí se hacían. Por eso es tan grave en México la cultura contra la vida, por eso es más grave en México que en ninguna otra nación el sacrificio de los niños no nacidos mediante el aborto. Por eso es tan grave que los antiguos valores morales y familiares estén desapareciendo a pasos agigantados, que se esté perdiendo el valor del matrimonio y de la familia, que son los cimientos de una sociedad sana.Hoy, en nuestro México proliferan la mentira, la corrupción, los celos, la envidia, la división, el odio, la soberbia, la calumnia, la injusticia; hay un desprecio total por la vida humana, faltas muy graves que, de seguir así, prolongarán y harán mucho más dolorosa la purificación que ya estamos viviendo de muy diversas maneras.

Los signos de los tiempos nos hablan de la urgencia de cambiar, de hacer penitencia, de volver nuestros corazones a Dios y a sus mandatos, de obedecer a nuestra Madre María, quien tal vez en atención a la fe de los sencillos sigue estando en medio de este pueblo. Este 12 de diciembre pidamos a nuestra Madre de Guadalupe que nos conceda la gracia de abrir los ojos del corazón para ver la luz de la Verdad y que nos dé la fuerza para cambiar y ser un pueblo fiel, como Juan Pablo II nos pidió.




Volver arriba