La ópera llega al Olimpo para cubrirlo de drama, poesía y música

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Quienes aman la ópera y asistieron anoche al espectáculo operístico ofrecido en el Centro Cultural Olimpo habrán salido de ahí amando más a ese género escénico y deseando disfrutar con mayor frecuencia de él.

No fue una velada teatral sino una fiesta de sensaciones. La vista y el oído alimentaron el alma con una gala de piano, canto, poesía y drama, acentuados con recursos multimedia (proyecciones, combinaciones de luces y sombras, efectos sonoros…)

Esa exitosa función, que abrió la Primera Temporada de Ópera de Cámara en el Olimpo, se logró al encadenar, alrededor de dos obras wagnerianas, la voz y experiencia teatral de la mezzosoprano venezolana María Eugenia Guerrero Rada con la sensible ejecución del pianista Carlos Camacho, apoyados en una atractiva producción multimedia a cargo de cineasta Buru Torres.

El centro de ese recital fueron dos dramas musicales de Richard Wagner: las Wesendonck Lieder (cinco canciones para voz y piano) y el aria  Muerte de amor, de la ópera Tristán e Isolda, una de las piezas más populares del repertorio wagneriano y cuya complejidad musical es un reto para la cantante porque la tonalidad es llevada al límite.

Esas composiciones del músico alemán surgieron en una etapa en la que este había dejado durante varios años las partituras años debido al fracaso de uno de sus trabajos. Una revuelta política en la que él estaba involucrado también falla y entonces huye al exilio, es alojado por un banquero cuya esposa, Mathilde Wesendonck, le despierta sentimientos amorosos. Ella escribe poesías y él las musicaliza. En ese tiempo el compositor también crea Tristán e Isolda.

El espectáculo de anoche se tituló “Laberinto Wagner”, es un viaje introspectivo hacia ese período en la vida del compositor alemán. Para ello, los corredores del Olimpo fueron cubiertos con mantos blancos y negros, se puso un graderío –muy incómodo– y se dejó el resto del espacio para la presentación.

La cantante venezolana, fundadora del Taller de Ópera de Yucatán y de la compañía Ópera Viva, presumió las cualidades de su voz y su dominio escénico. Superó el incómodo calor –tenía la cara bañada de sudor– y proyectó la pasión y drama contenidos en cada lied. Cumplió con lo que se le pide a una mezzosoprano: timbre tajante, volumen hermoso y ejecución precisa en los complicados ornamentos vocales.

Por su parte, el panista poblano acarició cada nota que viajó hasta la voz de la cantante para acurrucarse ahí.

Cada intervención estuvo precedida por efectos lumínicos y sonoros para ubicar al espectador en esa etapa de la vida de Wagner. También se proyectó la letra en alemán y español del aria Muerte de amor, para mejor disfrute del público. Pero las condiciones del recinto y un desfase entre las imágenes y lo que cantaba la artista dificultaron lograr ese propósito.

 El acceso al espectáculo fue limitado, se permitió ingresar a 80 personas que fueron instaladas en un incómodo graderío. Este resultó especialmente dificultoso y penoso para las damas con vestido que se vieron obligadas a realizar maromas para ocupar las gradas superiores.-Hansel Vargas Aguilar. 

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