Homilía dominical

Por el Presbítero Manuel Ceballos García

La presentación de Jesús en el templo de Jerusalén

En el evangelio de hoy san Lucas narra como María y José llevan a su Hijo a presentarlo al Señor, hasta su templo de Jerusalén y también a realizar la ofrenda de rescate por él.

San Lucas dirige la historia hacia el templo, lugar de plenitud del pueblo de Israel. En el templo la presentación es una ofrenda que nos hace pensar en el sacrificio. De hecho, como el sacrificio humano está prohibido, la ley judía mandaba hacer una sustitución por un animal puro, cordero o paloma (Ex 13 y Lev 12). Unido a esto se cita la purificación de la mujer que ha dado a luz. En Israel, la mujer, al dar a luz, quedaba manchada y por eso tenía que llevar a cabo un rito de purificación antes de reincorporarse a la vida comunitaria.

Lo más importante de este pasaje es la revelación de Simeón. Jesús ha sido ofrecido a Dios Padre, y el anciano, recibida la fuerza del Espíritu, profetiza agudizando el sentido y abriendo la mirada para garantizar que el antiguo Israel de la esperanza puede descansar tranquilo.

Simeón, que ha visto al Salvador, sabe que su meta es ahora el triunfo de la vida.

Es tiempo de esperanza, porque Jesús no es sólo gloria de Israel, es el principio de luz y salvación para las gentes.

Pero, al mismo tiempo las palabras de Simeón reflejan dolor y lucha; anuncian un destino de hondo sufrimiento a María.

Desde el principio, María aparece como signo de la Iglesia, que, portando en sí toda la gracia salvadora de Jesús, viene a ser señal de división y enfrentamiento. Desde su entrada en el templo, Jesús se revela como siervo de dolores, cordero de sacrificio, signo de contradicción para Israel, origen de dolor para María, por un camino que culminará en la Cruz, y será Redentor.

Todo el que tiene y sigue a Jesús ha de tomar ese camino de dureza, entrega y muerte; y, en esa andadura, no irá jamás en soledad, le guía y alumbra la fe y el sufrimiento con sentido de la Madre de Jesús, nuestra Madre la Virgen María.




Volver arriba