De artista del piano a beata

Dina Bélanger anhelaba vivir unida al Señor

La beata canadiense Dina Bélanger, religiosa de Jesús María

MADRID.- Dina Bélanger, la joven canadiense que tuvo la fama al alcance de la mano por sus dotes musicales, no hallaba en el santoral una mujer canonizada que llevase su nombre, pero ella se propuso cubrir ese vacío con su propia entrega.

Así lo confió a su educadora cuando constató que buscaba en vano otra Dina. Pera ello no tenía más que “amar y dejar hacer a Jesús y a María”. Apenas tuvo 33 años de plazo para conseguirlo, pero fueron más que suficientes.

Dina -cuyos Amigos en Mérida celebrarán mañana viernes la misa de su Año Jubilar- nació en Québec el 30 de abril de 1897, hija única de Olivier y Seraphia, recuerda la agencia Zenit.

Sus padres le transmitieron, además de la fe, cualidades como la responsabilidad, el orden, el sentido del trabajo, la discreción, la piedad, la constancia y la abnegación. Desde los seis años estudió en el colegio de las religiosas de Nuestra Señora, en la que recibió la Primera Comunión. Estaban por comenzar las experiencias místicas que iban a marcar su vida.

En 1905 inició estudios de piano. Las buenas calificaciones que obtenía y el dominio del instrumento le auguraban un futuro profesional espléndido. En 1910 se vinculó a las Hijas de María y algo más tarde se consagró a la Virgen. A los 14 años dijo: “Jesús y yo ya no somos dos, somos uno. Sólo Jesús hace uso de mis facultades, de mis sentidos, mis miembros. Él es quien piensa, actúa, ora, busca, habla, camina, escribe, enseña, en una palabra, es Él quien vive …”. Según confió ella misma, Cristo la denominaba: “Mi pequeño yo”.

El estallido de la Primera Guerra Mundial hizo que crecieran sus ansias de martirio. En 1916 fue enviada a Nueva York a completar su formación de piano, armonía y composición musical. Se alojó en el pensionado Nuestra Señora de la Paz, propiedad de las religiosas de Jesús y María. Allí coincidió con pianistas consumadas, como la chilena Rosita Renard.

Regresó con sus padres en 1918 y en 1921 ingresó al noviciado de Jesús y María en Sillery. Se acrecentaba su anhelo de vivir unida a Dios con una oración continua y para ello en su itinerario espiritual, a sus habituales ayunos, renuncias y mortificaciones, añadía la meditación de las llagas de Cristo. “La práctica de la unión con mi Dios seguía siendo el objeto de mi examen particular. Añadí que quería actuar por amor; sólo por Jesús”.

Memorias

La superiora advirtió que se hallaba frente a un alma singular y le indicó: “Usted debe escribir su vida, mi querida hermana”. Aunque Cristo en una locución le dijo que haría mucho bien con sus escritos, ella ignoraba que éstos no eran más que el compendio de su vida, aunque fue autora de otros textos y poemas. Le contrariaba hablar en primera persona, viéndose obligada a escribir repetidamente el pronombre “yo”. Pero obedeció y gracias a ello se conservan las huellas que el amor de Dios iba trazando en su espíritu.

Al profesar en 1923 tomó el nombre de Cecilia, por su vínculo con la música. Fue profesora de esta disciplina en el colegio. Un día, en medio de su “noche oscura”, percibió sobrenaturalmente que Cristo se llevaba su corazón, quedándose Él en su lugar. Y en otra ocasión volvió con esta víscera purificándola con tanto amor que quedó abrasado en él; ella misma pudo soplar las cenizas, signo de la ruptura completa con su pasado. Después, volvió a ocupar su espacio en el pecho. Cuando Cristo le hizo entender que moriría el 15 de agosto de 1924 aludía a una muerte mística, no física. Ésta llegó el 4 de septiembre de 1929 tras una tuberculosis que le produjo mucho sufrimiento. Juan Pablo II la beatificó el 20 de marzo de 1993.




Volver arriba