“Cuando se copia, se olvida el origen, se deja de ser original”

Javier Aranda, escritor

El neoclasicismo francés sepultó al barroco mexicano

Una tarde de agosto de 1988 Fernando Benítez revisaba con atención un libro sobre la mesa. Se trataba de “El arte de los Lagarto”, de Guillermo Tovar, esos iluminadores mexicanos de los siglos XVI y XVII que decoraron cientos de libros de coro de las Catedrales del D.F. y de Puebla.

“Ven a ver esto hermanito”, me ordenó Benítez.

El libro era estupendo. “Y él es su autor, un genio hermanito, un genio”.

Tenía razón.

Después del intercambio habitual de saludos, Guillermo Tovar no perdió la oportunidad para informarme la importancia del barroco mexicano traído por el arquitecto Balbás y aclimatado por los artesanos indígenas en la arquitectura y por la familia Lagarto en las ilustraciones que miro absorto.

Charla
Benítez y Tovar hablaban del estípite de la Catedral. Del arte de las capitulares impresas, de los bárbaros que han destruido nuestro patrimonio en aras de la modernidad.

Seguramente Guillermo Tovar ya estaba trabajando en ese entonces en ese libro fundamental no sólo para su carrera sino para la historia misma de la ciudad más importante de América: “La ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido”, en el que con datos apabullantes y decenas de fotografías dio cuenta de cómo el porfirismo redujo a polvo al barroco mexicano del XVI. Porfirio Díaz y sus académicos, escribe, creyeron que la modernidad era imitar e imitaron con los españoles peninsulares del XIX el neoclasicismo francés. Cuando se copia, decía Tovar, se olvida el origen, se deja de ser original.




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