Viaje musical a Rusia bajo la mano de Kadin

Nutrida ovación a la Sinfónica y su director huésped

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En la medianía de marzo, detenidos en los umbrales de la primavera, los aficionados a la Orquesta Sinfónica de Yucatán, pasado el lapso carnavalesco, nos hemos enfundado otra vez ropa de invierno, propia de las grandes nieves, para otro programa integralmente ruso, muy, pero muy ruso.

El sexto concierto de la XXI temporada, anteanoche, en el teatro Peón Contreras, con un director huésped, también ruso, el maestro Mark Kadin; exploró encantos en obras significativas de Nicolás Rimsky Korsakov y Piotr Ilich Tchaikowski.

A propósito del tiempo de Cuaresma que los cristianos atravesamos en estas semanas, nuestra orquesta abrió el portal de este recital con la imponente Obertura para la Pascua rusa con la que don Nicolás quiso describirnos -y así lo expresa en sus Memorias- el ritual de la iglesia ortodoxa en la más relevante de sus fiestas.

En la pieza, el autor utiliza varios cánticos sacros que aparecen en instantes muy precisos para darnos acceso al anuncio profético de Isaías y al esplendor de aquél levantarse del Cordero de Dios entre los muertos.

Del andante lúgubre transitamos al Allegro vivo, varios instrumentos tienen momentos de definición solista -arpa y violín, en especial- y los oyentes quedamos como suspensos en mitad de un oficio litúrgico entre soplos de incienso y rumor de rezos.

Exotismo. Tal sería el término específico para ubicar Capricho español, fantasía orquestal que se ha convertido en muestra ejemplar del poderío estructural propio de Rimsky, esa capacidad suya, ilimitada, para colorear frases y estimular ritmos. ¿Quién mantiene quietos los pies con la Alborada? ¿Cómo no trasladarse a la campiña andaluza en el paso gitano? ¿Qué espíritu no evoca la convivencia campestre al escuchar las variaciones o el fandango?

Por algo sería que Massine y la Tamaunova ubicaron esta pieza como centro del ballet Fantasía española (1949) que un día se volviera aclamada película en glorioso technicolor. Nuestra orquesta, atrapada en la eléctrica capacidad del director ruso, nos entregó una versión vibrante, fogosa, digna de los insistentes aplausos que recibiera. Dos bravos para Christopher Collins en el primer violín, Ruth Bennet en el arpa y Joaquín Melo en la flauta.

El primer asomo de Tchaikowski al universo de la sinfonía fue accidentado. Asustadizo e inseguro, reprendido por sus maestros, muchas correcciones debió de hacer con el paso de los años para que, finalmente, quedase ese Sueño de Invierno que tanto nos agrada. Acuciado por el mismo público y sus críticos, se dio a la tarea de pulir frases y resolver varios problemas armónicos antes de quedar completamente satisfecho.

Nuestra orquesta concedió a esta composición su máxima solicitud a sabiendas de cómo ama el público a cuanto salió de las manos de la “tía Piotr”, así que puede decirse que obtuvimos treinta minutos de gozo y nos trasladamos mentalmente a esas estepas cubiertas de nieve donde los trineos extenuaban el paisaje con su ir y venir a todas horas. Se concedieron nutridos, prolongados aplausos.- Jorge Alvarez Rendón




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