Recorrido histórico con piano

Gavin Gamboa llena su concierto de excelsas notas

Pianista en construcción. Sin impaciencias ni espejismos, con seguros pasos.

Así percibimos las señales anunciadoras de la carrera que levanta Gavin Arturo Gamboa, el joven residente en Estados Unidos, aunque de orígenes yucatecos, que anteanoche se presentó en el Teatro Peón Contreras con un variado recital.

Quiso este joven congregar piezas de cien años o más. De período en período, de transición en transición, nos condujo desde las áreas del barroco, señorío de los sabios equilibrios, hasta las voces de los “contemporáneos”, en el amanecer del siglo XX.

Adiestradas, aunque mejorables, las manos de Gavin Arturo lucharon por resaltar las peculiaridades de cada maestro ejecutado. Excelsas simetrías en algunos, apasionados arranques en otros, placer irrefutable en todos.

Bach y sus precisas vestiduras iniciaron el concierto. Fueron tres preludios y fugas del Clavecín bien temperado los que Gavin hizo florecer antes de ofrecernos la Sonata de Alban Berg que, aunque viejísima – la misma edad de la Revolución Mexicana-, todavía pellizca las orejas de muchos con sus disonancias y ambigüedades armónicas.

Prueba fiel para todo ejecutante del teclado es Beethoven, máxime si se trata de la Sonata Op 27 en la que, con la libertad de erigir una “casi fantasía”, deja corretear su genio imparable para los efectos lúdicos que anuncian el despliegue del romanticismo. Gavin superó con gracia la prueba de esta delicada partitura.

Vinieron después ocho fragmentos que el francés Maurice Ravel elaboró como invocación del “placer delicioso de una actividad inútil”. Haciendo a un lado cualquier virtuosismo, toda técnica de pretensiones trascendentes, el autor se encierra en capullos de sobria estructura, de disonancias ostentosas, se permite una desnudez estilística que asombra, como bien entendió el joven Gamboa, pleno de efectividad en su lectura.

Finalizó el recital con la pieza más “joven”, con sólo 88 años de edad, la Serenata en La, de Igor Stravinski, en cuyos meandros y saltos nuestro gentil pianista tuvo algunos escollos que se le dispensan a cualquiera que, como él, está ya en la fila del ascenso irresistible.- Jorge H. Álvarez Rendón




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