Llegan las cuatro estaciones

Vivaldi, presente en el concierto de la Sinfónica

La violinista estadounidense Stephanie Chase durante el décimo concierto de la XXI temporada  de la Orquesta Sinfónica de Yucatán

Aquel sacerdote pelirrojo y trashumante, orgullo de Venecia, instructor de huérfanas tan cálidas como dadivosas, señor Antonio Lucio, hijo mayor del peluquero Giambattista Vivaldi, tal como ya es costumbre desde hace más de 350 años, logró de nuevo infundirnos la sensación de que el tiempo es transitivo por medio de paisajes estructurados desde el esmero de la música.

Otoño y primavera, invierno y verano, cuatro de los conciertos para violín más afamados del mundo, se agrupan como “Las estaciones”. Y fue con ellos que la ejecutante estadounidense Stephanie Chase bordó con impresionistas flores y ondular de hojas secas el portal del décimo concierto de la XXI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán.

El concierto

Anteanoche, en el teatro Peón Contreras, el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco, diseñó e hizo audible realidad un recital ubicado totalmente en la órbita italiana y con resalte en sólo dos puntos de la historia músical: el barroco véneto y el neoclásico.

Para tal fin, con pedrerías de Vivaldi y dos cuadros del simpático Ottorino Respighi, la Sinfónica nos cedió el paso hacia un cúmulo de descripciones, atmósferas, sitios y paisajes convertidos en arpegios, ritornelos y escalas; obras que capturan, en ráfagas, las sensaciones de la naturaleza en acción, Piezas muy aceptables, de diafanidad y frescura campestres que se toman con gratitud en este bello mes de mayo.

Dedicados a su Alteza Serenísima, el desganado, miope y algo bobo príncipe Wenceslao Morzin de Hohenelbe, los cuatro conciertos vivaldeanos se han sacudido con suerte desde su estreno en 1727. Los públicos los han amado al instante como al café de bolsa. En más modernos tiempos, la rapiña propagandística los convirtió en leña útil para películas, documentales, anuncios comerciales y demás, sobre todo uno de los más emblemáticos, el de la primavera.

Stephanie, desde el refugio de una turbadora destreza, fue guardiana de las ideas del autor sobre las estaciones, según los famosos sonetos de clarificación y guía. Vivaz en el tiempo de los amores renacidos, cálida en las páginas del estío, otoñalmente melancólica y dulce entre la solitaria reflexión invernal. Suma de asombros: digitacion, emotividad, pureza ritmica.

Orquesta y solista recuperaron la esplendidez de estas piezas cortesanas. Concienzudo, el maestro Lomonaco extrajo las esencias. Tan precisos fueron el ritmo y los armónicos juegos que pudimos imaginar la ejecución de estos conciertos en el palacio principesco de Brusnick una noche de junio de 1729 cuando las dirigió el propio maestro observado por el caricaturista Pierleone Ghezzi. Intensos fueron los aplausos para solista y conjunto.

A Respighi le aconteció la misma desgracia que a Wagner: volverse el ídolo de un dictador egocéntrico y tenaz. Fue Benito Mussolini, encarnación de los césares romanos, quien decidió que don Ottorino fuese el “gran maestro” que debía presidir la monumental orquesta de la música fascista, como aquel Hitler, por esos mismos años, consagró a don Ricardo como el adalid de la raza germánica más pura.

Pinos de Roma es el intento de visualizar melódicamente la oleada de orgullo por el pasado imperial que dominó la imaginación itálica en los años veintes y treintas del pasado siglo. Los enhiestos árboles al borde de las vías Appia y Flamínea, entradas a la vieja urbe, la eterna, que danzan con el aire; los centinelas de las sacras catacumbas, los que custodian los jardines en las antiguas villas. Simbólicos pinos de ese punto de Europa al que, literalmente, llegaban todos los caminos.

Conmovedor

Nuestra orquesta supo atrapar murmullos y extender fanfarrias tal y como lo prescribe el programático texto. Nos conmovió la reconstrucción del ingreso triunfal de las cohortes de Cilicia a la dueña del mundo. El maestro Juan Carlos Lomónaco atinó también con una segunda pieza de Respighi, la primera de las famosas suites sobre danzas antiguas, homenaje a esas cortes ducales de Mantua, Pisa, Milán y Florencia en los siglos del renacer del arte.- Jorge H. Álvarez Rendón




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