Frank Gehry, el mago de la formas con pétalos de titanio

 

Carmen Sigüenza

MADRID (EFE).- Frank Gehry es un arquitecto estrella, una etiqueta que siempre rechaza porque este mago de las formas con pétalos de titanio prefiere que se le considere un creador “inacabado”, siempre en proceso de “experimentación”.

“Simplemente hay quienes diseñan edificios que no son buenos técnica ni financieramente y los que están en el caso contrario” explicaba recientemente en Londres.

Pero lo cierto es que Gehry, nacido en Canadá hace 85 años, premio Pritzker, autor del Museo Guggenheim de Bilbao, y desde hoy Premio Príncipe de Asturias de las Artes es un arquitecto estrella de fama mundial con edificios emblemáticos repartidos por todo el mundo, casi siempre caracterizados por esas sábanas retorcidas y arrugadas de metal, acero y cristal.

Un viaje por el mundo de la escultura de las formas que comenzó desde que construyera su propia casa de Santa Mónica (California), en 1978, donde empezó a trabajar con materiales baratos e innovadores y con la idea clara de que “un edificio una vez terminado, debe ser una obra de arte, como si fuese una escultura”.

Una carrera que en sus primeros tiempos estuvo unida a la corriente deconstructivista de Estados Unidos y basada en los esquemas de los clásicos del renacimiento y el barroco, que continuó con sus construcciones de varias geometrias en un mismo edificio, sus juegos de volúmenes y el empleo de sus materiales preferente- el metal y titanio.

Gehry en 1989 obtuvo el Premio Pritzker, el máximo reconocimiento mundial de arquitectura y fue considerado uno de los “Diez maestros de la arquitectura moderna”. Y fue firmando proyectos como el Museo Cabrillo Marine, el Museo Aeronáutico en Los Ángeles, la Facultad de Derecho de Loyola (California), el Museo de la Universidad de Minnesota, el Centro Americano en París, El Edificio Nationale Nederlanden, de Praga o el edificio de Vitra en Basilea, por el que recibió el premio Patrimonio Nacional

Seleccionado en 1999 para realizar la ampliación de la centenaria Corcoran Gallery de Washington, Gehry hizo después también el Museo de Historia de los Judíos Polacos en Varsovia; la recuperación del Parque Meyer en Lisboa, el “Acuario del Mundo” en el sector Pacífico de la entrada del Canal de Panamá, el auditorio Walt Disney de Los Ángeles o el Hotel marqués de Riscal en la Rioja alavesa.

Pero sin duda el edificio que le reportó la mayor fama internacional fue el Museo Guggenheim de Bilbao (1991-1997), en el que empleó cristal, acero inoxidable, zinc, o titanio, mezclados con otros autóctonos como la piedra.

Y aunque para la mayoría Frank Gehry es un genio de la vanguardia, el más “cool”, a otros les parece que el arquitecto esta muy metido en el “star sistem” por el coste de sus proyectos en un momento de crisis y austeridad y por el impacto de sus edificios en las ciudades donde construye.

Argumentos que el propio arquitecto contesta diciendo que en ocasiones se utiliza a la ecología como instrumento de mercadotecnia. “A veces las pretensiones ecologistas no tienen ningún sentido”, dice.

O también recalcando que los arquitectos sirven exclusivamente a los clientes- “Yo no puedo decidir qué construir. Alguien decide lo que quiere y yo trabajo para ellos”.

Controversias al margen, Frank Gehry es un arquitecto muy singular cuyo deseo es transformar un espacio, sentir el pálpito de la gente en su entorno para proponer un nuevo escenario y una nueva mirada.

“Si tu edificio no es importante, si no tiene presencia si no logra estar a la altura del juzgado, de la biblioteca, y de los demás edificios importantes, lo que manifiesta es que el arte que contiene no importa”, recalca Gehry.




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