El legado de toda una vida

“En esa forma construye y siembra el hombre hasta el momento en que la muerte llega. Entonces, la hora de la siembra y los períodos de crecimiento y de madurez han pasado”.

La anterior afirmación ha provocado como acostumbro hacer en mis ratos de reflexión impenitente, que me pregunte y luego me responda durante uno de aquellos mis frecuentes momentos de soliloquios alucinantes.

¿Hacia dónde viajan los frutos de una vida entregada, pintor?, ¿Quién pudiera decirme a dónde van a parar las semillas de extraños poderes germinales, que conllevan en su seno las fuerzas primigenias que acaso al final del camino den a luz al ser humano prometido, al cabo de un largo y doloroso parto?, ¿Por qué siento este extraño pesar cada vez que, como hoy, me entero que una vida fecunda, vida física desde luego, ha llegado a su fin?

Y aún comprendiendo que en este osado comentario dirigido a ti amable lector debería ofrecer más respuestas que interrogantes, me permito formular una más. ¿No sería justo para el alma generosa cuya vida física ha sido entregada en el servicio a los demás, que obtuviera al menos como recompensa algún conocimiento de los alcances que las cadenas de causa y efecto generadas han logrado alcanzar?

Una vez planteadas las anteriores interrogantes y continuando con mi inveterada e ingenua manía de responder a mis propios cuestionamientos, debo reconocer y decirme a manera de conato incipiente de respuesta que el cuestionamiento anterior sería del todo impensable dado lo inmenso, infinito diría yo, de la progresión geométrica y mas aún transdimensional, si se me permite acuñar este término que hace referencia a determinados alcances que trasponen los límites de los mundos conocidos.

Y no puedo dejar de comprender, en este punto amigo, que acaso sea por lo anteriormente mencionado que en el trasfondo de mis lienzos y ahora de mi primer libro publicado y recientemente presentado en la Filey, insisto siempre en la necesidad de derrotar al que identifico claramente como el primer enemigo de esta nuestra momentáneamente sufrida humanidad. “El egoísmo”.

Ese, pienso yo, sería un muy buen legado. Estoy cierto en que las vidas entregadas al servicio de los demás a las que hago referencia al comienzo de esta reflexión, tendrían que haber tenido muy en claro este axioma.

En “El vuelo del Ángelo” escribo lo siguiente amable lector, “Es por esto, amigo Ángelo, que me queda claro el porque del urgente anhelo tuyo y nuestro de implantar en el ánimo común estas evidencias, clarísimas a nuestros ojos, de la urgente necesidad de derrotarle, (Al egoísmo). No debemos desfallecer con lo inmenso del propósito. Simplemente debemos creer y actuar en consecuencia”.

A continuación y con respecto a lo anteriormente expuesto hago referencia a la reciente partida hacia los mundos del Espíritu del filólogo y ensayista Italiano Cesare Serge, a quien Bernardo Berardinelli hace referencia como una de las voces más influyentes de la segunda mitad del siglo XX en Italia, y a quien Paolo Mauri señala como un claro protagonista de la cultura italiana, casi nada lector.

El maestro Serge colaboró como profesor visitante en universidades tales como la de Mánchester, Río de Janeiro, Harvard, Princeton, Berkeley, y un amplio etc. Coadyuvó a la redacción de una antología de la poesía italiana, y fue crítico de la estilística en la literatura llegando a ser una de las voces más autorizadas en el tema.

Además se ha postulado como uno de los máximos exponentes del método Estructoralístico, pero te ruego lector que no me preguntes en qué consiste.

Finalmente, sólo quisiera decir que su prolífica existencia ha quedado testimoniada en su amplísima producción literaria, entre cuyos títulos me llaman la atención los siguientes: “Fuera del mundo”, los modelos en la locura y en las imaginaciones del más allá. “Interdependencia de voces”, “Hacia donde va la crítica literaria”, y “Crítica y críticos”.

Adiós maestro Cesare, gracias por tu generosidad. La tuya, parafraseando al Gabo, ha sido una crónica de una vida exitosa. Trataremos de hacer lo propio desde nuestras muy diversas trincheras. Que la tierra te sea leve.— Enrique Trava (pintor y escritor)




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