250 años de la consagración de la S.I. Catedral de Mérida

Esta mañana celebramos con júbilo los 250 años de Consagración de nuestra Catedral Metropolitana de Mérida.

Haciendo un poco de historia recordemos que llegado a Mérida, el Obispo Antonio Alcalde preguntó la fecha de la consagración y unción de la Catedral. Nadie sabía, pues no había constancia de que se hubiera realizado. Así, en el altar del retablo que había suplido al del S. XVII, hecho en tiempo del obispo Fray Ignacio de Padilla y Estrada, el 12 de diciembre de 1763 se consagró la Catedral y el altar mayor, colocadas en el ara las reliquias de san Eustaquio, san Simplicio, santa Coronata y santa Inocencia.

En ese tiempo, por lo reciente del retablo, se describe: “aún redolente a cedro fresco, alcohol de madera y bola de Armenia”. Un momento de la ceremonia, en las doce cruces rojas, que aún pueden verse en derredor del perímetro de la nave, el celebrante fue ungiendo las paredes del edificio, una a una en el lugar indicado por las cruces. Con el pulgar de la mano derecha humedecido en el santo crisma, dijo en el latín del Concilio de Trento: “Santi+ficado y con+sagrado sea este+templo en el nombre del Pa+dre y del Hi+jo y del Espíritu+Santo para gloria de Dios, la Virgen María y todos los santos. La paz sea contigo”. Luego dio unos pasos atrás y, tomando el incensario que el turiferario le ofrecía con una inclinación de cabeza, incensó tres veces la cruz. Terminado el ritual, el obispo, el clero y el pueblo fiel fueron en procesión a la próxima, donde se repitió exactamente lo mismo. Era un día especial en el calendario de la Catedral de San Ildefonso y del mundo guadalupano.

 

I. Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10

La primera lectura de hoy se ubica en un periodo muy doloroso de la historia del pueblo elegido. Un periodo que sin embargo estaba lleno de esperanza. Los hechos concretos son: los hebreos están de vuelta del destierro y enfrentan la tarea inmensa de reconstruir su ciudad pero sobre todo de volver a construirse interiormente.

Nehemías es el gran líder laico de esa época, mientras que Esdras es el líder sacerdotal. Juntos, de distintas maneras ayudarán en ese proceso de reconstrucción espiritual y material. Y aunque las cosas nunca volvieron a ser lo que eran en tiempos de Salomón, por dar un ejemplo, a través de estos esfuerzos Dios preparó la esperanza y la fe de su pueblo humillado y humilde. Podemos decir que estamos como en la recta final hacia la llegada del Mesías, aunque faltaban unos 400 años para eso.

La lectura de la Ley es entonces un momento fundamental: es el pueblo oyendo la voz de su Señor; o todavía mejor, es el pueblo recibiendo las riquezas de una Palabra que a la vez lo alimenta, lo restaura, lo reconstruye, lo levanta y le marca una senda para que sepa cómo caminar.

Los levitas les están explicando el sentido de lo que ellos están escuchando. No hay pues obstáculos entre el Corazón de Dios y el de su pueblo: la verdad fluye, el amor fluye, la compasión fluye; por eso mismo: el arrepentimiento, el agradecimiento y luego la alegría fluyen.

 

II. 1 Co. 3, 16-25

¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1Co 3, 16). Estas palabras de san Pablo, que hemos escuchado en la segunda lectura, nos llevan también, queridos hermanos, a preguntarnos: Cuál es el fundamento de ser y sabernos templos de Dios? Y la respuesta es: Jesucristo. Por eso el mismo apóstol podrá decir: “Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo” (1Co 3, 11).

El templo de la Nueva y Eterna Alianza es Cristo Jesús: el Señor crucificado y resucitado de entre los muertos. En Él “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). Él mismo es el Emmanuel: “La morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3). En Cristo toda la creación se ha convertido en un grandioso templo que proclama la gloria de Dios.

A semejanza del templo de piedras vivas que son todos los fieles de esta Arquidiócesis, la Catedral de San Ildefonso de Toledo y Nuestra Señora de Yucatán, es una expresión sublime de alabanza a Dios. Este templo catedralicio, que se eleva hacia el cielo, representa el dinamismo del Pueblo de Dios, que une sus fuerzas, trabajos, limosnas y oraciones, para ofrecer a Dios una digna morada en la cual se invoca su nombre y se implore su misericordia.

 

III. Mateo 16,13-20

En el Evangelio, encontramos a Pedro escuchando esa promesa, en el capítulo dieciséis de San Mateo. Le dice Jesús a Pedro: “Tú eres Pedro, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16,18). Y le dice que le va a dar las llaves del Reino.

Esto indica la profunda unidad, esto indica el culmen de la confianza; pero esto también indica que en esa unidad, en esa confianza, de algún modo sigue siendo Jesús que es quien le da la solidez a Pedro. Es decir, no es que Pedro por sí mismo pueda tener esa solidez; si la tiene, es por esa fe que ha confesado, por esa fe con la que ha dicho a Cristo: “Tú eres el Mesías, tú eres el Hijo de Dios” (Mt 16,16).

Porque Pedro tiene esa fe, y porque esa fe sella su unión con el Hijo de Dios, también Cristo acepta esa unión y entonces le da esta solidez a Pedro para edificar sobre ella su Iglesia.

Démosle gracias a Dios porque, en su divina providencia, este lugar es casa de plegaria y de súplica; de culto y adoración; de gracia y santificación. Es el lugar adonde el pueblo cristiano acude para encontrarse con el Dios vivo y verdadero.

La iglesia Catedral, en efecto, es el símbolo y hogar visible de la comunidad diocesana, presidida por el Obispo, que tiene en ella su cátedra. Por ello, en este día que celebramos sus 250 años de consagración de  la catedral, es para toda la comunidad Arquidiocesana, una apremiante llamada a ser “Discípulos y misioneros” a la que he convocado a la Iglesia.

Encomiendo, por tanto este momento histórico de nuestra Arquidiócesis, a nuestra Madre Santa María de Guadalupe, que por su intercesión logremos juntos manifestar y mantener el amor sincero por Dios  y su Iglesia.

  

Mérida, Yuc., 11 de Diciembre de 2013

 

 Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

Arzobispo de Yucatán

 




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