Nostálgico y cercano

Un reencuentro exitoso de Serrat con los yucatecos

Joan Manuel Serrat en su concierto en el Armando Manzanero

Los acordes de “Hoy puede ser un gran día” abrieron la puerta al reencuentro de Joan Manuel Serrat con los yucatecos, anteanoche en un abarrotado, desmejorado teatro Armando Manzanero.

De mezclilla y chaqueta negra, fiel a su estilo, el catalán irrumpió sin más en el escenario a las 9:15 p.m. como si reanudara una charla dejada cinco años atrás.

“De vez en cuando la vida” continuó el recorrido emotivo, nostálgico, por su vastísimo equipaje musical.

Una estación de profundo sentimiento fue “Benito”, historia que caló en el auditorio, dominado por peinadores de canas (algunas ocultas bajo el tinte), pero con esperanzadora presencia de jóvenes, incluso niños.

A la tercera canción ya estábamos cómodos, como en la sala de la casa familiar, con el poeta contando historias en tono cálido, llenas de anécdotas y bromas.

El trayecto fue en ascenso rumbo a “Cantares” y ahí el embustero compositor dejó escapar la voz que había cuidado en la primera parte de la presentación. Como al buen vino, los 70 años le sientan bien, muy maduro, delicioso buqué.

A partir de ese momento, el respetable se desinhibió y le gritó desde guapo hasta atreverse a solicitarle canciones de otros compositores.

Las coplas de “Mediterráneo” fueron el marco para presentar al quinteto musical que lo acompañó, capitaneado por su mozo de espadas, el gran Ricard Miralles.

“Para la libertad” fue otro momento alto, con el auditorio ya en la bolsa (en realidad desde el principio lo estaba).

No podía faltar la remembranza, quizá la despedida (Dios quiera que no), al recordar que conoció México en 1969, con Tlatelolco todavía caliente y Díaz Ordaz en la Presidencia.

Y se confesó enamorado de este país surrealista, que festeja la muerte, y de José Alfredo, de quien entonó “Un mundo raro”, coreado por un grupo de piel enchinada.

En el derrotero aparecieron “Penélope”, “Algo personal”, “El titiritero”, “Tu nombre me sabe a hierba”, “No hago otra cosa que pensar en ti…”. “Esos locos bajitos”… cuántos recuerdos evocados.

“Pare” fue el espacio catalán de la velada, traducida “para las minorías” que no sabemos la lengua de esa región española.

El primer final, el fallido, llegó, pero el público quieto lo animó a retomar el encuentro con “Fiesta”, a todo pulmón, en complicidad con nobles y villanos… y se acabó. Por una noche nos olvidamos que cada uno es cada cual.

Como colofón, Serrat ofreció de regalo “Lucía”, acompañado al piano sólo por el maestro Miralles.

El repertorio resultó muy familiar, todo conocido, pero sonó muy diferente, cercano, cálido. Y como apareció, sin más, se fue. Hasta pronto Joan Manuel.- Luis Alberto González Uribe




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