“Último viaje a Las Vegas”: entre chistes blancos y diversión

Manuel Alejandro Escoffié Duarte

Cartel de “Último viaje a Las Vegas”

En el cartel promocional de esta película se presume a manera de garantía el siguiente slogan: “Va a ser legendario”.
Después de ver “Último viaje a Las Vegas”, me siento impelido a responder: “No, no va a ser legendario. Va a ser predecible, anti climático, aburrido por momentos, absurdo en otros… cualquier otro adjetivo excepto el que se promete.”

¿Terrible? No, no iría tan lejos como para afirmar eso. ¿Entretenido? Depende de lo que se entienda por ello. A juzgar por el número de carcajadas que podían escucharse en la sala de exhibición, mucha gente estará dispuesta a catalogarla de entretenida; incluso graciosa. Comprendo y respeto eso.

Sin embargo, no me incluyo en tal círculo. Sobre todo considerando que me reí una vez. “¿Por qué?”, muchos de ustedes de seguro se preguntarán: “¿Por qué la encuentras tan poco divertida? Son Michael Douglas, Robert DeNiro, Morgan Freeman y Kevin Kline yéndose de parranda a la ciudad del pecado.

Cuatro estrellas veteranas causando alboroto en un entorno que suele ser asociado a gente con menos del doble o triple de su edad.

No uno, sino cuatro peces fuera del agua. ¿Qué puede ser más gracioso que eso?” El problema no es la abundancia o carencia de humor, sino que sus mejores chistes son demasiado blandos para causar verdadero impacto.

Tan convencionales que se ven venir a kilómetros de distancia; aparentemente ignorando que un ingrediente que le da sazón a lo cómico es el elemento sorpresa.

Cuando se reúne y compromete a tanto talento actoral nunca es demasiado pedir que se le dé algo mejor que decir o hacer además de alusiones a sus caderas, a sus pastillas de viagra, a su presión arterial, a lo tonto que uno de ellos se ve con su sombrero (DeNiro y Klein sostienen una elaborada discusión alrededor de este punto; la idea que un niño de ocho años tendría sobre lo que constituye dialogo humorístico) o al hecho de que el mismo sujeto tiene permiso de su esposa para “echarse una canita al aire” durante el viaje y que a la menor provocación presuma de tener un condón en su bolsillo con la emoción de un perrito que acaba de aprender un truco nuevo (otro momento “mordaz” de la película, por cortesía del personaje interpretado por Klein).

Cuando se trata de cubrir o disimular sus evidentes huecos argumentales, “Último Viaje a Las Vegas” cuenta con la sutileza de una cucaracha caminando sobre un tapete blanco. Como ejemplo de lo anterior me remito a una escena donde, luego de tener dificultades para encontrar un hotel, el supervisor de un casino les regala a los personajes una suite de lujo por ninguna razón más que debido a que quedó impresionado por las extraordinarias habilidades de Morgan Freeman en el blackjack.

Si ya es malo que una comedia sólo te haga reír una vez, que el escritor del guión no sea capaz de hallar una solución creíble, entretenida y (dicho sea de paso) graciosa para un conflicto tan simple como el de hallar alojamiento es todavía peor.

Los cuatro protagonistas transmiten la impresión de haber tenido toneladas de diversión en el rodaje. De hecho, quizás la producción de esta película fue sólo un pretexto para que pudieran hartarse durante todo un fin de semana con habitaciones de lujo, alcohol, mujeres hermosas y maquinas tragamonedas. Es una lástima que a nadie se la haya ocurrido la idea de un documental sobre eso. Tal vez de esa manera se habría logrado la hazaña de hacer reír a este crítico dos veces. Con poco de suerte, hasta tres.

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