¿Y qué hace usted para vivir?

Alfonso Villalva Peniche (*)

La filosofía de un taxista madrileño

¿Y qué hace usted para vivir?, me pregunto el taxista madrileño mientras daba diestros volantazos para sortear de mejor manera el tráfico de María de Molina que aprieta sobre las dos de la tarde, justo con rumbo hacia el Barrio de Salamanca.

Para ese momento, yo ya me había acostumbrado a los decibeles con los que escuchaba los lamentos por soleares de la música Sevillana que lo animaba y -según su propia versión-, le acompañaba prácticamente las veinticuatro horas del día, por lo que no tuve reparo en elaborar, con un dejo de autosuficiencia, la descripción conceptual y sintética de mis actividades cotidianas que en mayor, menor o nula medida, transformo en monedas para comprar algo de pan y vino para la mesa, los trajes y corbatas que constituyen el uniforme de faena, junto con una docena de artículos fatuos, frívolos, y francamente innecesarios.

¡Que no, que no! ¡co..! Para vivir. Así de claro. Mire usted, por ejemplo yo, para vivir dedico tres tardes por semana a la valoración de los resultados del Atleti, y las posibilidades que tiene de retornar a la senda del triunfo y la gloria total. Hago cuentas de la posibilidad de beneficio financiero si la directiva del club decide vender a tal o cual jugador que en la cancha es un paquete y solamente estorba a la hora de aspirar a la cosecha de goles. Diseño con los colegas el planteamiento táctico que sería infalible frente al Madrid, al Barça o al Sevilla, y especulo sobre las posibilidades de recambios al segundo tiempo.

Eso lo hago en la barra del bar de Filemón -continuó el taxista-, donde con mis contertulios también discuto el destino de la humanidad, por ejemplo. Temas fundamentales que van desde la crisis del agua, los abusos del Kadhafi este, hasta la banalidad de la vida disoluta de la Ana Obregón, o los amores de la Penélope Cruz.

Discuto hasta la saciedad de la ira, la calidad de los vinos de importación que nada tienen que ver con un Rioja que fue creado para la gente de bien; la tendencia en la medición de caderas de las estrellas de televisión, la apoteosis o desgracia en turno de los toreros españoles en el mundo, y especialmente en los Sanfermines y en la Feria de San Isidro, y el fracaso del gobierno de zapatero y tal y tal, y las perspectivas de Rajoy. Todo eso con cientos de cafés cortos y de vez en vez, algunos chatos de Fino o de Manzanilla.

Y verá usted, agregó -casi gritando para asegurar que su voz ronca y aguardientosa no fuese minimizada por la voz de José Merce que en ese momento cantaba “Lo digo y lo voy a hacer…”-, para vivir, vivir, pues la música y mi novia, mi amante y los viernes al bar de Pigmaleón. Los sábados el cochinillo y los domingos la paella familiar. Y dos paseos por las calles del centro y por el Retiro, y por el parque de caza de los viejos reyes, y cuando se puede a la playa, así, topless, y me río con los amigos, y hago crucigramas, y me cabreo con los programas televisivos de opinión, y genero teorías infalibles respecto de las formas más audaces de las madrileñas que caminan por la Gran Vía, y me acuerdo de los muertos de los diputados que solo piensan en vivir bien y cobrar mas impuestos.

Y pues bueno, cuando no estoy en eso, pues al taxi, ¡que de algún sitio tiene que salir para sufragar tantos lujos, macho! Venga, tío -me dijo-. Así las cosas, dígame ya ¿qué es lo que usted hace para vivir?

En ese momento supe que estaba liquidado. No tenía oportunidad argumentativa ante el taxista que muy campechano meneaba su melena y se rascaba con los dientes la mano de los cambios de velocidad, que ostentaba un tatuaje de un dragón lanzando fuego a una luna que parecía estar en cuarto menguante.

¡Jolin! Para vivir. según mis convicciones vigentes hasta ese momento, yo trabajaba durísimo, y me montaba en aviones de aquí para allá, y atendía reuniones importantísimas de las que nadie salía sabiendo más y a las que había que dar puntual seguimiento, creando el memorándum específico y enviándolo a una lista de distribución interminable de personas que quizá jamás hubiera visto, pero que tendrían algo que aportar en la siguiente reunión, conferencia o web meeting; y hacía notas sesudas, y enviaba email, y mensajes por la BlackBerry o el iPhone, desde donde también alimentaba a distancia interfronteriza las relaciones personales que se vuelven patentes en una lista de contacto electrónica de manera seductoramente virtual.

Liquidado, así quedé, cuando el taxi se detuvo en la esquina del domicilio al que me dirigía y al cobrarme el producto de sus servicios, sonrió, moviendo ese bigote tupido, fiero, amarillento de nicotina, y me dijo, pues nada., que le vaya bien, hombre, y si tiene tiempo, haga algo para vivir.- México, D.F.

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*) Escritor

Sonrió, moviendo ese bigote tupido, fiero, amarillento de nicotina, y me dijo, pues nada., que le vaya bien, hombre, y si tiene tiempo, haga algo para vivir


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