Una vida para siempre imitar

María de los Ángeles Matos González (*)

El padre Fernando Castro

¿Cómo olvidarlo? A este hombre de Dios es imposible olvidarlo, especialmente a quienes en algún momento de nuestras vidas nos tocó el alma.

Hace varios años, cuando mi teléfono sonaba, recuerdo el temor de que fuera el padre Fernando para pedirme que lo llevara a la terapia, porque era imposible decirle no, era una odisea, entre el ángel que lo cuidaba y una servidora teníamos que subirlo y bajarlo del auto; no siempre había alguna persona que nos ayudara y era de temer porque se nos podía caer.

Lo conocí en el Rogers, escuela donde estudiaban mis hijos; junto con el director, Erick Díaz, promovían la devoción a Nuestra Señora de Schoenstatt.

Una amiga que pasaba por momentos difíciles de su vida me pidió que la acompañara a la charla sobre la Virgen; quedé fascinada y enamorada de la imagen. Hasta hoy la traigo en mi cartera, me acompaña y siempre rezo la oración. He tenido la gran oportunidad de estar en el Santuario de Querétaro, un lugar hermoso de oración.

A veces nos pedía invitarlo a comer a casa, había que preparar alimentos para una docena de personas porque siempre llegaba bien acompañado, lo cual lejos de enojarnos lo disfrutábamos mucho.

Pero lo difícil era llegar a la iglesia por él para llevarlo a la terapia y de pronto escuchar en el altavoz, “les presento a María de los Ángeles que está llegando en estos momentos, después de que regresemos de la terapia nos dará una charla, están todos invitados…”, sobre algún determinado tema que se le ocurría en el momento. Aquí sí me ponía a temblar y pensaba “No vuelvo… juro que no vuelvo…”. Pero nunca pude decirle no y le doy gracias a Dios por no dejarme hacerlo.

El padre renunció a mi ayuda cuando una vez se nos pasó a caer en la clínica, fue pavoroso, me acababa de enterar que esperaba a mi tercer hijo, lo que lo puso feliz, pero yo me sentía muy mal, las náuseas eran impresionantes y él prudentemente me dijo: “Creo que voy a tener que buscar a otro chofer”.

Al paso del tiempo lo encontraba en diferentes lugares y siempre nos reíamos mucho de las anécdotas vividas juntos. Y fiel a él, un grupo de ángeles que siempre lo cuidaban.

Hoy, a unas horas de dejar esta Tierra al encuentro con el Padre, alzo la mirada al Cielo para darle gracias a Dios por esta maravillosa vida que, a pesar de los dolores, su corazón y su amor creció día a día, al igual que el dolor físico.

Alzo la mirada al Cielo para darle gracias a la Virgen Madre, Reina y victoriosa, tres veces admirable de Schoenstatt por cuidarlo siempre.

Y desde aquí les doy a gracias a todas las personas que siempre lo atendieron, porque gracias a ustedes pudimos disfrutar de su presencia.

Sabemos que está ahora junto al Amor Eterno al que todos los que tenemos fe aspiramos.

Una vida como ésta no es para llorar, es para dar gracias a Dios por permitir disfrutar de un pedazo del Cielo en la Tierra y es especialmente para imitar.- Mérida, Yucatán.

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*) Instituto Peninsular de Formación para Laicos

»Hoy, a unas horas de dejar esta Tierra al encuentro con el Padre, alzo la mirada al Cielo para darle gracias a Dios por esta maravillosa vida cuyo corazón y amor creció día a día




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