Tiempos mejores

Silvia Loret deMola Vadillo (*)

Las mujeres por delante

Cómo llegan a la mente recuerdos tan lejanos en el tiempo, pero cercanos en la memoria. Tiempos felices, de amor, de alegría, de risas y cantos.

En estos días en que las calles se alumbran con luces y colores, en que la temperatura baja para invitarnos a arroparnos un poco, con la calidez de alguna ropa gruesa haciendo las veces de un abrazo y dejando en nosotros esa sensación, vienen a mi mente gratas imágenes de tiempos mejores.

Recorríamos los cinco hermanos, mamá y papá aquella carretera sinuosa la primera noche de las vacaciones de invierno. El auto, un Mercedes 64, con la cajuela llena de lo necesario para pasar las fiestas dicembrinas. Unos cuantos juguetes metidos en ella a hurtadillas, para no ser sorprendidos por los ojos curiosos de aquellos cinco niños que deseaban llegar a su destino, Los Duendes, en Avándaro.

Una Navidad papá, que se encargaba siempre de sorprendernos con la magia de la ilusión, se encargó de mandar a poner focos de colores en los cuatro pequeños pinos delanteros de la casa y a rodear la cabaña con los mismos focos. Después de dos horas y media de viaje que transcurría con cuentos, poesía, plática, adivinanzas o pequeños ratos de sueño, llegamos a esa maravillosa casa, que pareciera salida de un cuento de navidad.

Nos esperaba una chimenea ardiendo, unos sabrosos chilaquiles con frijoles bayos elaborados en ollas de barro. Una calidez en aquellos cierzos inviernos que se han perdido en el tiempo y guardado en el alma.

No había en apariencia nada que hacer, pero en la espera de la Navidad no había un minuto de aburrimiento, solo contábamos con el límite de nuestra imaginación. Hacíamos fuertes con la paja de los pinos, para jugar combate, funciones de teatro, concursos de lectura, hacíamos un gran nacimiento junto al tronco de un enorme pino con figuras del pueblo (valle de Bravo). No éramos esclavos de la comunicación, de los videojuegos, del alcohol, ni los excesos.

La noche de Navidad caminábamos en aquel oscuro y frío bosque hasta la iglesia, eran un par de cuadras donde por iluminación solo existía un cielo lleno de estrellas, donde por supuesto se encontraba la estrella de Belén. Cálidas misas de gallo, cantos y alabanzas al niño que nace. Al llegar a la casa ya estaba la mesa puesta, la chimenea prendida y una deliciosa cena que se había preparado durante el día. Y al amanecer unos cuantos juguetes distribuidos bajo el zapato de cada uno, para identificar al dueño de esto. Eran regalos bonitos, sencillos que llenaban de alegría nuestro amanecer del 25 de diciembre.

Todo eso se ha perdido, la sociedad de consumo en la que vivimos hoy día nos lleva a vivir sin tregua, sin despegarnos de un teléfono que más parece una prolongación de nuestra mano, la televisión, el DVD, películas violentas, series llenas de sangre, niños jugando enajenados en equipos electrónicos en los cuales ya no interactúan con el ser humano sino con una maquina llena de escenas violentas. El frenesí en las calles por adquirir todo. Ruido, música estruendosa, ríos de alcohol, comida en exceso, llenan hoy en día las fiestas de navidad.

Las noches de Avándaro donde sólo se oía el canto de los grillos y el crujir de la madera en la chimenea jamás volverán; pero su recuerdo me hace pensar que siempre hay una vida mejor.- Mérida, Yucatán.

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*) Escritora




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